DESCARRILAMIENTO, CREDIBILIDAD Y EL FUTURO DEL TREN INTEROCEÁNICO
BITÁCORA INQUIETA
Jesús Octavio Milán Gil
Un ferrocarril que se descarrila no es solo un hecho técnico: es una fisura en el relato con el que el Estado vende progreso, conectividad y desarrollo estratégico.
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El descarrilamiento del Tren Interoceánico ocurrido la mañana del 28 de diciembre de 2025 en la comunidad de Nizanda, Oaxaca, cuando la unidad circulaba con 241 pasajeros y 9 tripulantes a bordo, dejó una estela de dolor que superó lo estrictamente material. El tren —parte de la Línea Z que conecta el Pacífico con el Golfo de México— se salió de las vías mientras sorteaba una curva, activando protocolos de emergencia y movilizando a cientos de rescatistas para atender el desastre.
El saldo humano actualizado por las autoridades es el siguiente:
– 13 personas fallecidas, confirmadas por la Secretaría de Marina y la Presidencia de la República tras las labores de rescate.
– 98 personas con lesiones de diversa gravedad. De ellas, 36 permanecen hospitalizadas para recibir atención médica especializada.
– 5 de los hospitalizados se encuentran en estado grave o crítico, según reportes oficiales.
– 139 personas que fueron valoradas y atendidas in situ o en centros de salud no presentaron lesiones físicas de gravedad y se encuentran fuera de peligro.
El accidente no solo interrumpió el viaje físico de un tren, sino también el trayecto simbólico de una obra que el Estado había convertido en emblema de progreso, conectividad y desarrollo estratégico.
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¿Qué representa este tren para México?
El Corredor Interoceánico del Istmo de Tehuantepec (CIIT) no es un tramo de vía ferroviaria más: es, en teoría, la gran apuesta económica y geopolítica de México para el siglo XXI. El proyecto se propone conectar el Pacífico con el Atlántico, competir con rutas tradicionales como el Canal de Panamá, integrar zonas históricamente marginadas y atraer inversión industrial a estados como Oaxaca y Veracruz.
Su expansión contempla múltiples líneas ferroviarias interconectadas, puertos modernizados, polos de desarrollo, y la aspiración de convertir el sur del país en un centro logístico global con impacto en cadenas productivas y comercio internacional.
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Plan México
En la superficie, la idea es potentísima. En los hechos, su ejecución es una montaña rusa de compromisos, plazos, inversión pública y debates no resueltos.
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Política y credibilidad
Los gobiernos que impulsaron este proyecto —desde anteriores administraciones hasta la actual— han colocado al Tren o Corredor Interoceánico en el centro de su narrativa de modernización. La obra vendría a significar:
Desarrollo para regiones olvidadas,
Conectividad estratégica para el comercio exterior,
Alternativas a cuellos de botella globales,
Creación de empleos y polos industriales locales.
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Pero el descarrilamiento golpea esa narrativa. Cuando una obra de tal perfil opera con fallas operativas, la pregunta deja de ser técnica para volverse política: ¿qué confianza puede generar un proyecto que se promociona como moderno si —en realidad— tropieza con un talud y envía vagones fuera de la vía?.
El riesgo no es solo mediático; es de credibilidad institucional. La rapidez y la claridad con la que las autoridades comuniquen causas, responsable técnico y plan de remedio será tan importante como la rehabilitación misma de la vía.
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Economía: oportunidad vs. riesgo
Un corredor interoceánico bien gestionado puede transformar patrones logísticos y atraer inversiones que hoy evitan a México por cuellos de botella u opacidad. Sin embargo, la operación segura de infraestructura es la base de cualquier economía confiable.
Un accidente, por más que sea “local”, incrementa la percepción de riesgo, lo cual puede traducirse en:
– Costos adicionales de seguros y logística para empresas
– Menor disposición a utilizar la ruta para carga o pasajeros
– Presión para renegociar cláusulas de contratos o subsidios
La infraestructura de talla global solo se valida cuando puede cumplir sus funciones de forma recurrente y segura. En otras palabras: una sola falla puede tener efectos multiplicadores sobre inversiones futuras.
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Impacto social real y latente
Detrás de cualquier número hay personas reales: familias, trabajadores, comunidades. El descarrilamiento deja, además de lesionados, historias de miedo, frustración y desconfianza hacia el servicio.
Las expectativas sociales sobre el corredor están polarizadas:
– Para algunos, es una oportunidad histórica de empleo y progreso.
– Para otros, es una obra impuesta, con impactos ambientales, tensiones sobre tierras y cambios socioeconómicos bruscos.
La confianza social se construye con resultados tangibles y con respuestas humanas, más allá de los comunicados oficiales. Ignorar ese componente emocional y comunitario solo profundiza la brecha entre el proyecto y la gente que vive donde pasa la vía.
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Seguridad: más allá de lo operativo
Hay dos dimensiones de seguridad que este accidente pone en evidencia:
– Seguridad Operacional
El descarrilamiento se investiga con lupa técnica: motivos, condiciones de vía, velocidad, mantenimiento y diseño. Aquí, si la causa principal es un defecto de infraestructura o un error operativo, se deben extraer lecciones inmediatas, no parches superficiales.
– Seguridad Pública
El corredor transcurre por zonas donde la presencia de grupos criminales y extorsionadores ha sido registrada (por ejemplo, células delincuenciales que han sido objeto de operativos especiales semanas atrás).
Aunque no hay indicio de que este accidente sea un acto de violencia deliberada, la realidad es que infraestructura crítica sin protección efectiva se convierte en objetivo de actores que buscan beneficiarse de su importancia económica.
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Una metáfora de nuestra política pública
La historia de este tren —sus promesas, inauguraciones, avances y ahora este accidente— funciona como una metáfora de la política pública moderna mexicana:
– Promesas estratégicas sin un anclaje sólido de credibilidad técnica.
– Narrativas políticas de “gran obra” pero con capacidad operativa insuficiente.
– Expectativas sociales altas que chocan con realidades locales complejas.
Si algo demanda este proyecto hoy, no es solo reparar la vía, sino reconstruir confianza: con la población, con empresas, con inversionistas y con la comunidad internacional. Esa reconstrucción exige tres cosas:
1.- Transparencia total del proceso investigativo técnico.
2.- Compromisos públicos claros con plazos y estándares de seguridad.
3.- Diálogo constante con las comunidades locales, no solo a través de oficinas gubernamentales sino con presencia real en territorio.
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El tren que descarrila puede ser un aviso
Un accidente como este no es meramente un evento desafortunado: es un punto de inflexión. Puede convertirse en la excusa para desmantelar el proyecto o en el catalizador para mejorarlo con rigor y profesionalismo. Lo que está en juego no es solo un tren que vuelve a la vía, sino la credibilidad del Estado para concebir, ejecutar y sostener proyectos de largo plazo en un México que quiere competir en la economía global sin renunciar a justicia social ni seguridad ciudadana.
Un corredor interoceánico puede ser una gran obra si, y solo si, todas sus piezas —técnicas, sociales y políticas— funcionan con precisión. Hoy, ese ideal está en revisión pública. Y la ciudadanía está observando.
El saber no descansa, la lectura provoca y el pensamiento sigue. Nos vemos en la siguiente columna.
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