Educación de discurso
José Luis Parra
En los muros de la SEP, donde Diego Rivera y David Alfaro Siqueiros pintaron la educación como redención colectiva, hoy se administra una promesa que sigue sin graduarse. La escena es potente: historia, épica, ideología… y, en medio, la realidad.
Porque mientras Mario Delgado presume cobertura casi universal en educación básica, el sistema hace agua justo donde más duele: la educación media superior. Ahí, donde los jóvenes dejan de ser estadística y empiezan a ser problema.
El diagnóstico oficial es terso: “se garantiza el derecho a la educación”. El diagnóstico real, menos cómodo: se garantiza la entrada, pero no la permanencia. Y en política pública, entrar no es lo mismo que quedarse.
La apuesta del gobierno de Claudia Sheinbaum es clara: becas, más espacios, menos exámenes. Eliminar el filtro para facilitar el acceso. Suena bien. El problema es que abrir la puerta no evita que muchos se salgan por la ventana.
Porque el abandono no es académico, es estructural. Pobreza, violencia, desinterés, entornos rotos. Factores que no se corrigen con discursos ni con nuevos nombres rimbombantes como “Bachillerato Nacional”. Cambiar el lenguaje no cambia la realidad.
Y luego está la joya de la corona: la Nueva Escuela Mexicana. Reforma profunda, dicen. Aceptación magisterial, aseguran. Resultados… en proceso. Es decir, fe sin evidencia. Un acto de confianza en un sistema que decidió evaluarse a sí mismo. Nada más cómodo que diseñar el examen y también calificarlo.
Mientras tanto, el gobierno se mueve en terreno resbaloso: rechaza pruebas estandarizadas, pero tampoco presenta indicadores claros. Evaluación “formativa”, le llaman. Traducido: cada maestro mide como puede. O como quiere.
Así, la educación mexicana avanza entre la retórica y la buena intención. Como esos murales que denuncian desigualdades… pero que no logran borrarlas.
Y en paralelo, el otro frente: el magisterio. La CNTE amenaza con escalar protestas incluso en plena Copa del Mundo 2026. Delgado minimiza. Dice que hay diálogo. Siempre lo hay… hasta que deja de haberlo.
Porque en México, la educación nunca ha sido solo educación. Es política, poder, negociación. Y a veces, chantaje.
El secretario le pone calificación al sistema: 8.5. Generoso. Tal vez demasiado. Porque si el foco rojo sigue siendo el mismo de siempre —la media superior—, entonces el problema no es de décimas… es de fondo.
Al final, la frase es impecable: “que la educación sea un derecho, no un privilegio”. Nadie podría estar en contra.
El detalle es que en México, los derechos suelen existir en el discurso… y escasear en la práctica.
Y entre mural y mural, la pregunta sigue pintada en la pared:
¿Estamos educando… o solo administrando expectativas?

