El regreso de la Fonda de Chalío
FRANCISCO CHIQUETE
Muchos la consideraron muerta, pero la Fonda de Chalío volvió por sus fueros y retomó el viejo sitio como corazón de las Olas Altas
Este paseo tradicional de los mazatlecos mantiene la magia acumulada en décadas de fidelidad a su imagen, pese a las frecuentes amenazas de la modernidad.

Nada como un café y un desayuno frente al mar, con la brisa marina en los pulmones. O un atardecer de pinceladas rojizas con la cerveza a la mano, mientras se explora el horizonte en busca del legendario rayo verde. Ambas opciones están en la Fonda de Chalío, comandada personalmente por este hombre llegado casi adolescente de Él Recodo y que por sesenta años ha recorrido toda la escala del servicio restaurantero. Si a usted le preguntan por Rosalío Zamudio Lizárraga, seguramente no sabrá responder, pero por Chalío, el de la Fonda, cualquiera da referencias.
Algunos nos entristecimos cuando se anunció el cierre temporal de la Fonda. En la pandemia suspendieron actividades varios iconos de la convivencia, que ya no regresaron.
Antes de eso, un vecino que había hecho su sitio, el bar Puerto Viejo, cerró “temporalmente” en pos de un proyecto grandilocuente no concretado por cuestionamientos de la sociedad.
Otros puntos apreciados por la raza contemporánea también se marcharon, dejando grandes huecos: fueron los casos de El Doney, de doña Reyna Velarde y su hijo el arquitecto Alfonso Tirado, lugar de alta calidad gastronómica, y sede de destacadas cofradías de cafeteros; el Joncols, una de las primeras fuentes de soda en la ciudad, promotor del menú del día e idóneo para echarse el café vespertino en compañía del anfitrión, Pepe Álvarez; y La Copa de Leche, de Misús Rosete, sitio de postín y de gran calidez; o el Pekín, precursor del cosmopolitismo; o el Madrid, de don Julián Portugal, que emigró a la zona dorada con un hermoso concepto decorativo basado en la obra del pintor Joan Miró, y rebautizado como El Parador Español; o como El Avante, cantina antiquísima que se incendió, Por supuesto, son apenas unos ejemplos de lo que se ha perdido.
La rumurología hablaba de que la Fonda no volvía, que la remodelación del edificio era su sentencia de muerte. Incluso se dijo que una fuerte firma restaurantera pujó por la obtención del punto, pero don Jorge Rico
les habría dicho “no”, sosteniendo su compromiso formal y amistoso con Chalío
A la Fonda han acudido muchos personajes. En los setentas don Alfonso G Calderón reunía ahí a dirigentes sindicales para activar a la CTM, y después se iba a echar café al Doney para dejarse ver por la alta sociedad mazatleca, cuando buscaba la gubernatura.
También estuvo ahí el exgobernador Leopoldo Sánchez Célis, como irían Juan S. Millán, Jesús Aguilar Padilla (ambos antes y después de ser gobernadores) y Quirino Ordaz Coppel desde que era un joven inquieto que encabezaba a su pandilla de alumnos del ICO, mucho antes de cualquier sueño gubernativo o diplomático.
Ahí entrevistamos al pintor José Luis Cuevas y a varios de los artistas que vinieron a los festivales culturales de Francisco Labastida.
Empresarios, políticos, artistas, turistas, gente común o destacada, ha pasado por ahí, como el personaje que en su modestia es el infaltable Luis Alonso Enamorado con sus 36 años de publicar MazTurismo.
La mesa más famosa en la historia de la Fonda es la de Los Faisanes, que en su momento encabezó Antonio Toledo Corro, quien cada sábado dejaba a tiempo su despacho del tercer piso en Culiacán, para alcanzar los camarones ostiones y caracoles del marisquero que ahí operaba como servicio asociado. Este cabrón pide tus estados financieros antes de servirte un plato de callos, se quejaban los faisanes.
La mesa, recuerda Chalío, estaba dividida en tres categorías; los faisanes, encabezados por los ricos y poderosos como Toledo Corro, Quirino Ordaz padre y algunos empresarios más; les seguían los Guajolotes, que gorgoreaban a todas las muchachas, pero morían en la víspera de la conquista; y cerraban los tomasines, los que tomaban sin pagar, pero eran aceptados. Chalío, respetuoso de la clientela, no quiso identificar a estos últimos.
Es tan respetuoso, que mejor se ríe al recordar el caso del Químico Benítez, quien duró toda una vida asistiendo a diario, ya fuese a desayunar, comer o cenar. Cuando el Químico llegó a la alcaldía, no se olvidó de la Fonda. Tan no se olvidó, que una de las primeras acciones de su gobierno fue ordenar el retiro de mesas y sillas de los restaurantes de Olas Altas que estuviesen sobre la banqueta, esas que siempre habían tenido permiso y en las que el nuevo alcalde había convivido por décadas. Ante las protestas generalizadas, se dio marcha atrás, y el Químico pudo volver a esas mesas cuando lo corrieron de la Presidencia Municipal.
Cuatro o cinco meses después de un trabajo intenso, preciosista y práctico del arquitecto Sergio Wong, la Fonda está de regreso para ofrecer el café de la mañana, la cerveza y pescado frito del mediodía, o para disfrutar los atardeceres de ópalo que conquistaron al joven Chalío hasta convertirlo en personaje perenne de Olas Altas.

