ENTRE LA DISPUTA, EL CIERRE DE FILAS O EL DESLINDE
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CHISPAZO | Felipe Guerrero Bojórquez
ENTRE LA DISPUTA, EL CIERRE DE FILAS O EL DESLINDE
Ni venganza ni perdón es un libro incómodo porque su trama viene desde las entrañas del poder. En este documento no habla un opositor; habla quien estuvo en el centro de las decisiones durante los primeros años de la 4T. Pero también habla quien en el fondo pretende deslindes, y quien ha considerado que la hora del ajuste de cuentas ha llegado.
Julio Scherer Ibarra describe un liderazgo concentrado, vertical, donde la palabra final recaía siempre en una sola figura. Un modelo donde la lealtad era condición de permanencia y la capacidad quedaba subordinada a la voluntad política.
Si el diseño concentrador fue lo que orientó a la administración de Andrés Manuel López Obrador, al final la responsabilidad y las consecuencias de lo que hicieron sus subordinados también son de él. Porque no hay que olvidar, en sus propias palabras, que
“Nada de que el presidente no sabe, no se enteró, de que el presidente no tiene buenos colaboradores, de que lo engañan. Mentira, el presidente de México se entera de todo”.
Pero hay algo más relevante aún: el libro aparece cuando el arquetipo de poder ya no está sostenido por el mismo control. Hoy el expresidente no tiene en la mesa a los operadores que conocieron las entrañas de sus decisiones. Algunos fueron desplazados, otros marginados, otros decidieron hablar.
Y el modelo comienza a mostrar fisuras.
Las tensiones públicas entre figuras del movimiento —desde disputas ideológicas hasta desencuentros legislativos y pugnas por control partidario— no son accidentes aislados. Son síntomas de una arquitectura política construida alrededor de una sola voluntad.
Quiérase o no AMLO ya no tiene el poder formal y su poder real ya no es el mismo, menos cuando Sheinbaum tiene igualmente que tomar decisiones en función de la presión de Estados Unidos. La influencia de AMLO ya no llega igual hacia el centro, y muchos de los que antes estaban en la periferia hoy pugnan por avanzar hacia el núcleo.
Lo que antes se resolvía por disciplina vertical, hoy se ha convertido en fricción horizontal porque el control se ha diluído, y porque los obradoristas que se siguieron de punta en el actual gabinete ya no tienen el mismo poder. Y justamente en la coyuntura preelectoral, esos roces no se esconden, la información se filtra y se convierte en la zancadilla que exhibe a una Cuarta Transformación rumbo a la implosión.
Y no se trata de afirmar que el movimiento colapsa. Se trata de observar que el liderazgo carismático contenía equilibrios que hoy ya no operan con la misma eficacia. El arquetipo fue el mando absoluto. La herencia, Sheinbaum, es una estructura que compite por inercia por ese mando. Cierto, encubre, enmienda planas y habla de continuidad estableciendo un segundo piso de la transformación, pero tampoco puede evitar el golpeteo y la denuncia desde dentro del movimiento, contra los actores que conformaron la primera línea del obradorismo. No es la derecha ni la oposición como gustan argumentar, es entre ellos pegándose con todo.
Y Garcia Harfuch, Secretario de Seguridad Ciudadana; Rosa Icela Rodríguez de Gobernación y Ernestina Godoy, Fiscal General, conteniendo el brote, cuidando tiburones y deteniendo charalitos, ajustando cuentas con el pasado neoliberal y creando cortinas de humo, aunque sin poder tapar el sol de la corrupción con un dedo, el huachicoleo infame de todo tipo y las consecuencias sangrientas de los abrazos y no balazos. Avanzando solo en el margen de cuidar, hasta donde se pueda, la espalda de Sheinbaum y la credibilidad de su proyecto. Saben que otros de adentro se encargarán de exhibir a AMLO y hacen lo que pueden. Doble juego en el fondo, porque defender al macuspano ya les cuesta trabajo.
Es que un sistema construido sobre la centralidad de un líder, ya relevado formalmente, por más esfuerzos que haga por seguir con el mando, le será dificil conservar la armonía porque, por lo mismo, esta se pierde en la emergencia natural de la disputa.
Y hoy esas diferencias presurizan la olla. Lo que pasa es que ya no hay una sola mano regulando la válvula. Está más que visto.
Seguirá la disputa. ¿Cuántos libros más? ¿Cuántas denuncias desde dentro? ¿ Cuántas filtraciones? ¿Cuántos ajustes de cuentas internos que le regresen la credibilidad a un movimiento que, desde luego, la ha perdido ante millones de ciudadanos? ¿Habrá castigo, cárcel, desafuero, destierro? .
O por lo contrario, el régimen decidirá cerrar filas a través de una reforma electoral que priorice la mayoría calificada y el autoritarismo obradorista, y no la unidad de los mexicanos a partir de los equilibrios y de los contrapesos que ocupa urgentemente el país.
¿Se animará Claudia a ser Claudia; a gobernar con el voto plural equitativo a partir del 2027 sin ver a los opositores como enemigos y a los ciudadanos libres como de derecha? Urge la estabilidad al país.
Sería muy peligroso para su gobierno, y para México, que la presidente le siguiera de frente, dividiendo aún más a la sociedad, bajo lineamientos desde La Chingada y aguantando las presiones de los radicales, de los obradoristas que crearon un entramado de corrupción, aliandose con grupos de facto. Pronto se sabrá.

