La casta del Congreso
José Luis Parra
En México hay políticos que ganan elecciones.
Y otros que se las asignan.
Los segundos abundan en el Congreso.
Hoy, tres de los seis dirigentes nacionales de partidos ocupan cómodamente un escaño o una curul gracias al viejo mecanismo de las listas plurinominales. No tuvieron que sudar en campaña, ni recorrer colonias, ni convencer votantes. Bastó con sentarse en la mesa donde se reparten los lugares. Y listo: boleto directo al Senado o a San Lázaro.
Alejandro Moreno, del PRI; Alberto Anaya, del PT; y Jorge Romero, del PAN, son ejemplos visibles de esa práctica. Dirigentes que, casualmente, terminan siendo beneficiarios de las listas que ellos mismos ayudan a confeccionar.
Negocio redondo.
Pero no son los únicos. En la actual legislatura abundan los perfiles reciclados: exgobernadores, exsecretarios de Estado, excandidatos presidenciales o dirigentes partidistas que encuentran en la representación proporcional una cómoda zona de aterrizaje político.
Una casta.
Una aristocracia partidista que no necesita votos para sobrevivir.
Frente a ese modelo, la presidenta Claudia Sheinbaum ha lanzado una propuesta que, de entrada, provoca urticaria en los partidos: eliminar los 32 senadores de lista nacional y modificar el sistema para elegir a los 200 diputados plurinominales.
El argumento presidencial es sencillo: que la pluralidad no sea producto de acuerdos entre cúpulas, sino de la voluntad popular.
Traducido al español político: quitarle a las dirigencias el control absoluto de las listas.
No es un cambio menor. De aprobarse, el Senado regresaría al esquema previo a 1997: 96 integrantes. Dos por mayoría relativa en cada estado y uno de primera minoría.
Adiós a los senadores de lista nacional.
Ese espacio que hoy funciona como zona VIP del sistema político.
Ahí conviven, por ejemplo, figuras de todos los colores: excandidatos presidenciales, exgobernadores, líderes partidistas y políticos en busca de fuero o reflectores.
La reforma también tocaría las diputaciones plurinominales. La mitad seguiría asignándose por porcentaje de votos, pero a partir de los “mejores perdedores” de cada partido. Y la otra mitad surgiría de listas abiertas votadas directamente por los ciudadanos.
Es decir, menos dedazo partidista y más exposición al voto.
La reacción de los partidos no se hizo esperar.
PRI, PAN, PT y PVEM ya dijeron que no.
Curioso.
Los mismos partidos que defienden la democracia… pero no cuando amenaza sus privilegios internos.
Porque detrás del discurso técnico hay una realidad mucho más simple: las plurinominales son el seguro de vida de las élites partidistas.
Sin ellas, muchos dirigentes tendrían que hacer algo que en política puede resultar peligroso.
Competir.
Salir a pedir el voto.
Y enfrentarse al pequeño detalle de la democracia: la voluntad de los ciudadanos.
No de las cúpulas.
Por eso la discusión apenas comienza.
Y será interesante ver quién defiende la representación ciudadana… y quién defiende su lugar en la lista.
Porque en política, como en la cirugía, cuando se habla de bisturí siempre hay alguien que teme terminar en la mesa de operaciones.

