BITÁCORA INQUIETA

Jesús Octavio Milán Gil

La lealtad no se proclama: se camina, aun cuando el suelo esté ardiendo.

El 19 de febrero de 1913 no fue un desfile. Fue un presagio.

Mientras la Ciudad de México olía a pólvora y traición, un presidente constitucional avanzaba entre el estruendo de los cañones. No iba solo. Lo escoltaban jóvenes cadetes del Heroico Colegio Militar, muchachos con uniforme recién planchado y convicciones aún sin cicatrices. Caminaban detrás de Francisco I. Madero, sin saber que marchaban también hacia una lección amarga de la historia nacional.

La escena es sencilla y brutal: el Castillo de Chapultepec, la mañana fría, la capital sitiada por la conspiración. La llamada Decena Trágica llevaba días desangrando la ciudad. El estruendo de los obuses no era sólo ruido militar; era el anuncio del quiebre institucional.

Y sin embargo, esos jóvenes decidieron caminar.

No por Madero hombre. No por Madero político. Sino por la investidura. Por la Constitución. Por la República.

Esa es la esencia de la Marcha de la Lealtad.

Porque la lealtad auténtica no es obediencia ciega ni servilismo cortesano. No es la sumisión al poder en turno ni el aplauso automático al jefe de la plaza. La lealtad que se honra cada 19 de febrero es la que se ejerce hacia el orden constitucional. La que entiende que el uniforme no protege individuos, sino instituciones.

Paradójicamente, mientras aquellos cadetes marchaban con dignidad, en los salones oscuros ya se urdía la traición. El general Victoriano Huerta, que juraba fidelidad, afilaba la daga política que terminaría con la vida del presidente días después, el 22 de febrero de 1913.

Ahí está la herida.

Porque la Marcha de la Lealtad es también el espejo de la deslealtad.

Es el contraste brutal entre el honor juvenil y la ambición adulta. Entre el deber y la conspiración. Entre el juramento y el cálculo.

En términos históricos, aquel episodio marcó el derrumbe de un gobierno democráticamente electo y abrió un nuevo capítulo de violencia revolucionaria. Pero en términos morales dejó algo más profundo: la certeza de que las instituciones sobreviven no por la fuerza de las armas, sino por la ética de quienes las portan.

Hoy, más de un siglo después, cada presidente encabeza la ceremonia en Chapultepec. Las bandas tocan, los discursos evocan la historia y las cámaras registran el ritual republicano. Pero la pregunta sigue intacta:

¿Lealtad a quién?

¿Al proyecto personal?
¿Al partido? ¿Al líder? ¿O a la Constitución?

En tiempos donde la polarización política convierte la discrepancia en traición y la crítica en enemistad, la Marcha de la Lealtad adquiere una vigencia incómoda. Porque recordar ese 19 de febrero no es celebrar un paseo militar; es confrontar el compromiso ético del poder.

La lealtad democrática exige algo incómodo: decirle la verdad al gobernante, incluso cuando molesta. Defender la ley, incluso cuando estorba. Respetar los límites, incluso cuando el poder seduce.

Si la lealtad se convierte en obediencia sin pensamiento, degenera en autoritarismo. Si la lealtad se vuelve silencio cómplice, erosiona la República. Si la lealtad abandona la Constitución, se transforma en traición.

Aquellos cadetes no salvaron a Madero. La historia fue más cruel. Pero salvaron algo más importante: el símbolo del deber institucional. Demostraron que el honor no siempre triunfa, pero siempre deja huella.

Y quizá ahí radica la lección más poderosa para nuestro tiempo.

México no necesita lealtades personales. Necesita lealtades constitucionales.

No necesita marchas ceremoniales vacías. Necesita convicciones firmes cuando la legalidad tambalea.

Porque la verdadera Marcha de la Lealtad no ocurre cada 19 de febrero. Ocurre todos los días, cuando un funcionario respeta la ley, cuando un ciudadano exige rendición de cuentas, cuando una institución resiste la tentación de someterse al capricho.

La lealtad no es un desfile. Es una decisión diaria.

Colofón

La historia ya nos enseñó que la traición puede vestir uniforme y la lealtad puede tener apenas veinte años.

La pregunta no es si marchamos.
La pregunta es hacia dónde —y hacia quién— camina hoy nuestra lealtad.
Nos vemos en la siguiente columna.
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