SINALOA: CUANDO LA GUERRA SE IMAGINA DESDE WASHINGTON
Cuando Washington imagina una guerra que México no quiere
Jesús Octavio Milán Gil
Hay momentos en la historia en que un país comienza a ser narrado desde afuera antes de entenderse desde adentro. México vive uno de esos momentos. Y Sinaloa —tierra de mar, valles fértiles y sierras profundas— vuelve a aparecer en el mapa internacional no por su cultura ni por su economía, sino por la sombra larga del narcotráfico.
Desde Washington, el discurso ha empezado a adquirir un tono cada vez más bélico. El presidente Donald Trump ha planteado nuevamente la posibilidad de combatir a los cárteles mexicanos con instrumentos militares. La idea no es nueva, pero esta vez ha sido pronunciada con la contundencia de quien cree que la guerra contra las drogas ya no puede seguir siendo una metáfora.
El planteamiento es simple en apariencia: si los cárteles operan como ejércitos, entonces deben enfrentarse como ejércitos.
Pero la geopolítica rara vez es tan simple.
En México, la propuesta provoca una reacción casi automática: rechazo. Las encuestas nacionales muestran que cerca de ocho de cada diez mexicanos se oponen a cualquier intervención militar extranjera. No es una cifra menor. Es la expresión de una memoria histórica larga, marcada por invasiones, presiones diplomáticas y una frontera que ha sido más cicatriz que línea.
México aprendió hace mucho que la soberanía no es un concepto abstracto: es una forma de supervivencia.
Sin embargo, en el noroeste del país, en el estado de Sinaloa —un territorio de tres millones de habitantes donde el narcotráfico ha tejido redes durante décadas— el cansancio social empieza a abrir grietas en ese consenso.
La violencia no es nueva aquí. Desde hace generaciones, el poder del Cártel de Sinaloa ha moldeado la vida económica y social del estado. Lo que sí es nuevo es la fragmentación interna de ese poder.
Las facciones que durante años convivieron bajo un mismo paraguas han comenzado a disputarse territorios, rutas y liderazgo. Cuando los imperios criminales se fracturan, el resultado suele ser predecible: más violencia, más incertidumbre, más miedo.
Las patrullas militares recorren las calles. Algunos negocios bajan la cortina antes de que caiga la noche. Hay familias que han decidido marcharse. Otras simplemente aprenden a convivir con la tensión permanente.
Es en ese clima donde surgen frases que luego viajan por el mundo convertidas en titulares: “si alguien puede acabar con esto, que lo haga”. Son palabras nacidas de la desesperación, no de un proyecto político.
Y sin embargo, en la arena internacional esas frases adquieren otra dimensión. En Washington, algunos estrategas las interpretan como la señal de que México estaría dispuesto a aceptar una intervención.
Nada más lejos de la realidad.
La historia mexicana está llena de advertencias contra ese tipo de soluciones. Cuando el revolucionario Pancho Villa cruzó la frontera hacia Columbus en 1916, Estados Unidos respondió con la llamada expedición punitiva. Durante meses, tropas norteamericanas penetraron territorio mexicano persiguiendo a Villa. No lo encontraron. Pero dejaron una lección histórica: las guerras extranjeras en suelo mexicano rara vez resuelven los problemas mexicanos.
Un siglo después, la tentación de repetir la historia vuelve a aparecer.
Pero el narcotráfico no es una guerra convencional. No tiene frentes claros ni ejércitos uniformados. Es una red económica global que conecta plantíos, laboratorios clandestinos, rutas marítimas, bancos internacionales y mercados de consumo en el norte.
La crisis del fentanilo que hoy golpea a Estados Unidos es, en buena medida, el resultado de esa red.
Por eso la idea de resolver el problema con bombarderos o drones suena más a narrativa política que a estrategia viable.
México enfrenta un desafío enorme: reconstruir la seguridad sin sacrificar su soberanía. Estados Unidos enfrenta otro: reconocer que la demanda de drogas dentro de su propio territorio es parte central del problema.
Mientras tanto, Sinaloa continúa viviendo su realidad cotidiana: un estado complejo donde conviven universidades, agricultura de exportación, ciencia marina, cultura popular y, sí, también crimen organizado.
No es un territorio marginal. Según estimaciones recientes, Sinaloa tiene más de 3.1 millones de habitantes y se encuentra entre los principales productores agrícolas de México. Sus valles generan cada año millones de toneladas de maíz, tomate, chile, pepino y hortalizas que se exportan a Estados Unidos, Canadá y Asia. El estado alberga instituciones académicas como la Universidad Autónoma de Sinaloa, la Universidad Autónoma de Occidente, con decenas de miles de estudiantes, además de centros de investigación marina y pesquera en el Golfo de California.
Reducir a Sinaloa únicamente a un campo de batalla sería un error histórico.
Porque Sinaloa no es solo la geografía del narcotráfico. Es también la geografía de millones de personas que siguen trabajando, estudiando y criando familias en medio de la incertidumbre.
Y detrás de esta tensión late un problema que ningún discurso militar puede ocultar, la crisis del fentanilo que hoy sacude a Estados Unidos. Cada año, decenas de miles de estadounidenses mueren por sobredosis vinculadas a opioides sintéticos, una tragedia sanitaria que ha empujado a Washington a buscar culpables más allá de su frontera. En ese mapa de responsabilidades, Sinaloa aparece con frecuencia como punto de origen de laboratorios clandestinos y rutas de tráfico. Pero la realidad es más compleja, el fentanilo es el resultado de una cadena global que incluye precursores químicos producidos en Asia, redes criminales transnacionales y, sobre todo, un mercado de consumo enorme dentro del propio Estados Unidos. Pretender resolver esa crisis únicamente con presión militar sobre territorio mexicano equivale a tratar una epidemia con cañones.
Colofón
Las guerras imaginadas desde lejos siempre parecen sencillas.
Pero las guerras reales —las que se libran en pueblos, calles y hogares— no se resuelven con discursos ni con drones.
Se resuelven con Estado, justicia y futuro.
Y ese futuro, le guste o no a Washington, tendrá que construirse en México.
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