BITÁCORA INQUIETA 
Jesús Octavio Milán Gil 
Las cifras son frías; los nombres, no.
Entré al 2026 como quien pisa un umbral con el oído pegado a la tierra. En Sinaloa, los años no comienzan con campanas sino con partes ministeriales. Y los partes, cuando vienen de la Fiscalía General del Estado (FGE), no son metáfora: son un conteo de vidas que ya no amanecieron.
El 1 de enero de 2026, la FGE reportó ocho homicidios dolosos en el estado. Ocho. No es una cifra redonda: es un rosario de ausencias. Un día antes, el 31 de diciembre de 2025, el mismo parte oficial había consignado cuatro homicidios. Doce vidas en dos días que cruzan de un calendario a otro sin pedir permiso. No son rumores ni proyecciones: son registros ministeriales que sostienen, con tinta y sello, la realidad que nos recibe.
Y, sin embargo, en la superficie de la ciudad —en Culiacán, sobre todo— hubo una calma extraña en la madrugada del Año Nuevo. Los medios locales hablaron de menor percepción de disparos al aire y de ausencia de heridos por balas perdidas hasta ese momento. Subrayo lo que la propia nota advierte: no había aún cifras oficiales consolidadas. La paz, cuando es verdadera, no necesita adjetivos; cuando es frágil, exige asteriscos.
Ahí, en esa contradicción —ocho homicidios confirmados por la FGE y una sensación urbana de quietud todavía preliminar— se abre el verdadero umbral de 2026. Porque Sinaloa no es una sola escena: es un mosaico de barrios que callan, sierras que sangran y oficinas donde se levantan actas con una regularidad que duele.
Yo miro ese parte diario como quien mira una fotografía en blanco y negro: cada número es una silueta que no volverá a cruzar la calle. La estadística no mata; normaliza. Y la normalización es la antesala del olvido. Por eso importa que digamos con precisión lo que ocurrió: ocho el primero de enero; cuatro el último de diciembre. No “muchos”, no “algunos”. Doce en el umbral.
Pero también importa decir lo que no sabemos aún. La calma de los cohetes no es la calma de las morgues. La nota que habló de menos disparos fue honesta al advertir que los datos eran preliminares. En un estado donde una bala puede tardar horas en encontrar su registro, la prudencia es una forma de respeto.
En mi Bitácora Inquieta, el tiempo no se mide en relojes sino en partes. El parte de hoy dice que el año nació con doce ausencias en cuarenta y ocho horas. Y que, pese a ello, algunas calles respiraron sin pólvora. ¿Contradicción? No: coexistencia. Así se vive aquí: con la vida intentando abrirse paso entre informes.
No escribo para dramatizar; escribo para no mentirle al papel. La verdad, cuando se sostiene en fuentes primarias, es un ancla. Y hoy el ancla se llama FGE. Si mañana corrigen o ajustan, así lo diremos. La ética no es infalible, pero sí verificable.
Sinaloa entra a 2026 como entra quien sabe que la esperanza no borra los registros, pero los desafía. Yo también cruzo este umbral con semillas en los bolsillos y una libreta en la mano. Porque mientras exista una cifra que nombrar y una vida que honrar, la escritura seguirá siendo una forma de vigilancia.
El año nuevo no nos prometió justicia; nos entregó datos. Y con ellos, la obligación de mirarlos de frente.
Que 2026 nos encuentre menos acostumbrados a contar muertos y más decididos a contar vidas.
El saber no descansa, la lectura provoca y el pensamiento continúa. Nos vemos en la siguiente columna.
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