La sintonía entre la petrolera, Miraflores y el Departamento de Estado complica el giro hacia la democracia.

En la última presentación de resultados financieros de Telefónica en Madrid, hubo un breve paréntesis en el cual el titular de la compañía, Marc Murtra, conversó con su staff ejecutivo y uno de sus integrantes mencionó que, por la nueva situación política, la filial venezolana -que Murtra quiere vender- se había encarecido respecto al año pasado. Cuando se preguntó qué tanto más podía valer la operación, la respuesta fue ilustrativa: “No sabemos, pero tenemos un conocido en Chevron que tal vez nos pueda decir”.

 

La petrolera, con sede principal en Houston, se está convirtiendo en la gran articuladora de la transición que Donald Trump ensaya en Venezuela. En el entorno de María Corina Machado lo resumen sin demasiados eufemismos: “Nos equivocamos de empresa; era con Chevron, pero nos hicimos amigos de Exxon. Si hubiéramos acertado, tal vez ya estaríamos en Caracas”.

 

Chevron, cuyo hombre fuerte en América Latina es, desde 2024, Javier La Rosa, tiene una posición privilegiada porque, además de facilitar -según dicen cerca de Machado- el vínculo entre el Departamento de Estado y Jorge Rodríguez (hermano de la actual mandataria), la empresa tiene una infraestructura funcional y un conocimiento sumamente acabado de las reservas petroleras y del management de la estatal PDVSA.

 

Es tan fuerte esa relación que, según cuentan en Houston, Chevron tuvo un papel crucial para la terminación, el mes pasado, de 19 contratos que PDVSA firmó en los últimos tiempos de Nicolás Maduro en el poder. Exxon, por su parte, tiene su infraestructura devaluada tras la expropiación y, además, le reclama al chavismo una deuda que va de los 12.000 a los 20.000 millones de dólares, la cual en la economía actual es impagable y cuya gran apuesta era el gobierno de Machado.

 

El despliegue de Chevron en Caracas incluye también a su exejecutivo Ali Moshiri, quien, desde sus buenos nexos en Washington, busca canalizar inversiones de distinto tipo hacia Venezuela, ya no solo en el rubro petrolero. Ayer sábado, The Wall Street Journal reveló que Moshiri fue durante años colaborador de la CIA. Como sea, esta semana Moshiri le contó a un ejecutivo del sector energético con oficina en Buenos Aires que está colaborando en la llegada de interesados en el sector minero, de la construcción y hasta en el acuerdo que este mes firmaron Shell y PDVSA, rubricado el mismo día que Venezuela retomaba las relaciones diplomáticas con Estados Unidos, rotas desde hacía siete años.

 

En paralelo, el financiero mexicano David Martínez, que supo tener relaciones con el chavismo en el plano financiero, también estaría recomendando en diversas reuniones apostar por el plan de Estados Unidos para la economía venezolana, concretamente ante la necesidad de generar una nueva infraestructura.

 

La permanencia de Delcy Rodríguez en Miraflores se está convirtiendo, con el paso de los días, en un factor de certidumbre para la generación de un nuevo capitalismo. Así lo entendió el titular de Repsol, Josu Jon Imaz, que fue el pasado lunes a Nueva York a sondear una colocación de deuda para financiar su apuesta por Venezuela: en ninguna de las reuniones se habló de la necesidad de que Machado asuma la presidencia o que se llame a elecciones antes de diciembre.

 

Lo mismo sucede en Colombia, donde Gustavo Petro espera recibir el permiso de Washington para que Ecopetrol pueda importar gas venezolano. Un acuerdo que, con un cambio de sistema político, quedaría condicionado. Por lo pronto, esta semana Petro habló por teléfono media hora con Trump y a finales de abril se reunirá con Delcy Rodríguez en Maracaibo.

 

Vladimir Padrino, máximo responsable de las Fuerzas Armadas Nacionales Bolivarianas, es quien cierra el círculo porque garantiza la seguridad de todos los acuerdos entre Miraflores y el sector energético. Un papel, desde ya, con el visto bueno del Departamento de Estado, donde los mensajes más corrosivos tienen por destinatario a Diosdado Cabello, actualmente fuera de la ecuación de gobierno.

 

Otro detalle: el frente judicial de Padrino en Estados Unidos se ha relajado desde que perdió hándicap, en los tribunales de Nueva York, toda la trama referida al Cártel de los Soles, presuntamente dirigido por la jerarquía militar chavista.

 

Para desventura de Machado, el esquema actual de Venezuela le aporta a Trump una certidumbre que no encuentra en otras latitudes. El efecto bumerán, desde ya, podría llegar en las elecciones de medio término de noviembre, especialmente si los votantes republicanos de Florida -estado clave donde los demócratas van en ascenso- castigan que la remoción de Maduro no abra la senda a la democracia en Caracas. Pero el invierno es un horizonte lejano. Mientras tanto, un equipo del Departamento de Energía de Estados Unidos ya ocupa un piso entero en las oficinas de PDVSA.

 

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