Por: Nuria González Elizalde, directora general de Mexicanos Primero Sinaloa
X/Twitter: @MexicanosloSin @GlezNu.

La discusión sobre la posible reducción o cierre anticipado del ciclo escolar en México dejó ver algo importante: la escuela sostiene mucho más de lo que a veces alcanzamos a reconocer.

Más allá del debate educativo, muchas madres y padres comenzaron a hacerse una pregunta profundamente cotidiana y urgente, “¿Y dónde vamos a dejar a nuestros hijos?”

La reacción no tardó. También aparecieron voces señalando que la escuela “no es guardería”. Y quizá esa frase, aunque intenta defender el valor pedagógico de la escuela, termina alejándose de la realidad que viven miles de familias todos los días.

Porque sí, la escuela no es solamente un lugar donde niñas, niños y adolescentes (NNA) permanecen mientras sus madres y padres trabajan. Pero tampoco se puede ignorar que, para muchísimas familias, representa uno de los espacios más importantes de cuidado, estabilidad y tranquilidad en la vida cotidiana.

Tal vez durante mucho tiempo la escuela se entendió solamente como un lugar para aprender contenidos curriculares, como matemáticas, español o ciencias. Sin embargo, basta mirar un poco más de cerca la vida diaria de cualquier familia para reconocer que la escuela significa mucho más.

La escuela es también un espacio donde niñas, niños y adolescentes conviven, construyen vínculos, desarrollan hábitos, encuentran orientación, organizan sus rutinas y participan en experiencias que les ayudan a comprender el mundo y a relacionarse con otras personas. También permite que muchas familias puedan trabajar con cierta tranquilidad y ayuda a detectar cambios emocionales, ausencias o dificultades que a veces pasan desapercibidas.

En una época donde cada vez más las infancias y adolescencias pasan horas frente a una pantalla, la escuela sigue ofreciendo algo difícil de reemplazar, interacción cara a cara y sentido de comunidad. En contextos cada vez más complejos, la escuela adquiere todavía más valor.

Eso no es poca cosa. En estados como Sinaloa, donde durante meses hemos enfrentado suspensiones de clases por violencia, problemas climáticos, fallas operativas e incluso condiciones inseguras en el entorno escolar, esa función social de la escuela se vuelve todavía más visible.

Por eso preocupa tanto cuando se interrumpe. Porque cuando una escuela cierra antes de tiempo, no solamente se pierden horas de clase; también se altera la organización de miles de hogares, se rompen rutinas, aumentan las preocupaciones y se reducen espacios de convivencia para NNA.

La evidencia lleva años advirtiendo algo importante, las trayectorias educativas no se rompen de un día para otro. Primero aparecen pequeñas señales, ausencias frecuentes, desconexión emocional, dificultad para sostener rutinas o pérdida de interés. Después viene algo más profundo: el alejamiento progresivo de la escuela y, con ello, de oportunidades futuras.

Por eso hoy la discusión no debería centrarse en descalificar a las familias que necesitan de la escuela. Al contrario. Tal vez valdría la pena escuchar con más atención lo que realmente están diciendo.

Porque cuando una madre pregunta dónde dejará a sus hijos, en el fondo también está hablando de la necesidad de contar con espacios seguros, confiables y humanos que permitan a NNA crecer con mayor estabilidad, convivencia y cercanía.

Y justamente ahí está una de las razones más poderosas para defender la escuela. No porque resuelva por sí sola la violencia, la desigualdad o los problemas económicos. No porque mágicamente transforme la realidad. Sino porque debilitar a la escuela también termina debilitando las condiciones que permiten a NNA sostener sus trayectorias de vida, su bienestar y sus posibilidades de futuro.

También sería injusto pensar que toda esta responsabilidad recae únicamente sobre las escuelas o sobre las maestras y maestros. Ninguna escuela puede sola frente a fenómenos como la violencia, la ansiedad, el abandono escolar o la fragmentación social.

Si hoy entendemos que la escuela importa por muchas más razones de las que imaginamos, entonces también tendríamos que entender que cuidarla y fortalecerla es una responsabilidad compartida.

La escuela necesita estar acompañada por instituciones, familias, comunidad y sociedad civil, pero sobre todo por gobiernos capaces de asumir su responsabilidad principal, garantizar condiciones para que NNA estén, aprendan y participen. El bienestar y el aprendizaje no pueden recaer únicamente en las escuelas ni en las maestras y maestros.

Porque cuando una sociedad deja sola a su escuela, también termina dejando solos a sus niñas, niños y adolescentes.

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