LA NIÑA QUE ENFRÍA EL MUNDO
BITÁCORA INQUIETA
Cuando el océano guarda silencio, la Tierra cambia de rumbo
JESÚS OCTAVIO MILÁN GIL
Hay fenómenos que llegan haciendo ruido.
Y otros que transforman el mundo en voz baja.
La Niña pertenece a los segundos.
No anuncia su llegada con trompetas.
No ocupa portadas.
No genera discursos presidenciales.
Simplemente aparece.
Y cuando aparece, el planeta comienza a comportarse de manera diferente.
Como si el océano respirara más profundo.
Como si el viento cambiara de dirección.
Como si la Tierra recordara que aún conserva secretos capaces de sorprender a quienes creen haberla comprendido.
Mientras El Niño calienta las aguas del Pacífico ecuatorial, La Niña hace exactamente lo contrario.
Las enfría.
Pero la palabra “enfría” resulta engañosa.
Porque no se trata solamente de una disminución de temperatura.
Se trata de una alteración gigantesca en el sistema climático planetario.
Una modificación capaz de afectar lluvias, sequías, huracanes, cosechas, pesquerías y ecosistemas enteros.
Todo por unos cuantos grados.
La naturaleza tiene esa capacidad extraordinaria.
Mover montañas mediante pequeñas variaciones.
Cambiar destinos a partir de detalles aparentemente insignificantes.
Los pescadores lo saben.
Los agricultores lo saben.
Los ganaderos lo saben.
Y, sin embargo, las ciudades suelen olvidarlo.
Quizá porque las ciudades aprendieron a confiar más en los calendarios que en las estaciones.
Más en las pantallas que en las nubes.
Más en las estadísticas que en el horizonte.
Pero el campo conserva otra memoria.
Una memoria más antigua.
La memoria de quienes saben que la lluvia sigue siendo un milagro.
Que el agua continúa siendo la forma más elegante de la esperanza.
Y que el océano nunca deja de participar en nuestras vidas, aunque vivamos lejos de la costa.
La Niña no es una visitante nueva.
Ha recorrido los siglos sin que la mayoría de los seres humanos notara siquiera su presencia.
Sin embargo, detrás de algunas de las mayores anomalías climáticas registradas en la historia moderna aparece su huella.
Ha acompañado sequías devastadoras que transformaron paisajes enteros.
Ha coincidido con inundaciones memorables en América del Sur.
Ha favorecido temporadas de huracanes extraordinariamente activas en el Atlántico.
Y ha influido en ciclos agrícolas que determinaron la prosperidad o la dificultad de millones de personas.
Su nombre parece pequeño.
Sus consecuencias rara vez lo son.
En México, y particularmente en Sinaloa, esa realidad adquiere una dimensión especial.
Aquí la lluvia no es únicamente un dato meteorológico.
Es economía.
Es alimento.
Es empleo.
Es bienestar.
Es futuro.
Cada ciclo agrícola depende de conversaciones invisibles entre el océano y la atmósfera.
Cada presa cuenta una historia de lluvias.
Cada cosecha guarda la memoria de una temporada climática.
Cada productor sabe que una nube puede significar esperanza o preocupación.
Y cada pescador entiende que el Pacífico es mucho más que un paisaje.
Es trabajo.
Es identidad.
Es sustento.
Es vida.
Durante los años dominados por La Niña, algunas regiones reciben más lluvia.
Otras padecen sequías prolongadas.
Algunas temporadas de huracanes se vuelven más activas.
Y los patrones meteorológicos comienzan a reorganizarse como piezas de un gigantesco rompecabezas planetario.
Nada ocurre por casualidad.
Todo está conectado.
La nube que descarga agua sobre una montaña.
El río que alimenta una presa.
La presa que riega un cultivo.
El cultivo que alimenta una familia.
Y el océano que inició toda la cadena mucho antes de que alguien lo notara.
Tal vez por eso la gran lección de La Niña no sea meteorológica.
Sea filosófica.
Nos recuerda que vivimos en un mundo profundamente interdependiente.
Que la frontera entre naturaleza y sociedad es, en gran medida, una ilusión.
Que el clima no es un asunto ajeno a nuestra vida cotidiana.
Y que cada generación recibe prestado un planeta que deberá entregar a la siguiente.
Pero existe una reflexión todavía más incómoda.
Tal vez el error de nuestra época consiste en creer que dominamos la naturaleza porque aprendimos a medirla.
Tenemos satélites capaces de observar cada rincón del planeta.
Supercomputadoras que procesan millones de datos por segundo.
Modelos matemáticos que anticipan lluvias, sequías y tormentas.
Centros de investigación distribuidos por todo el mundo.
Y, sin embargo, seguimos dependiendo de una lluvia que no podemos fabricar.
De una nube que no podemos ordenar.
De un océano que no podemos controlar.
La tecnología nos permite prever el clima.
La humildad nos permite comprenderlo.
Quizá por eso fenómenos como La Niña continúan despertando fascinación.
Nos recuerdan que la naturaleza sigue conservando la última palabra.
Que la Tierra no responde a calendarios políticos.
Que el océano no distingue fronteras.
Y que existen fuerzas mucho más antiguas que cualquier ideología.
Mario Benedetti habría comprendido esa paradoja.
Porque escribió sobre las pequeñas cosas que terminan cambiando la vida.
Y pocas cosas parecen tan pequeñas —y al mismo tiempo tan inmensas— como una ligera disminución en la temperatura de una inmensa extensión del océano Pacífico.
La Niña nos obliga a mirar hacia afuera.
Hacia el horizonte.
Pero también hacia adentro.
Nos recuerda nuestra fragilidad.
Nuestra dependencia del agua.
Nuestra condición inevitable de pasajeros sobre una nave llamada Tierra.
Y nos recuerda que el progreso auténtico no consiste solamente en construir más tecnología.
Consiste también en aprender a convivir con los límites que la naturaleza nos impone.
Cuando yo era niño, los viejos no hablaban de anomalías oceánicas.
No mencionaban índices climáticos.
No conocían términos científicos sofisticados.
Hablaban del viento.
Del color del cielo.
Del comportamiento de las aves.
Del aroma de la tierra antes de la lluvia.
Del silencio extraño que a veces precedía a las tormentas.
Sin saberlo, estaban leyendo el mismo libro que hoy consultan los científicos.
El libro de la naturaleza.
Tal vez por eso los viejos pescadores de Altata, Yameto, Dautillos, El Conchal, Las Aguamitas o Teacapán nunca necesitaron satélites para comprender la importancia del mar.
Les bastaba observar el amanecer.
La dirección del viento.
La textura de las olas.
El comportamiento de las mareas.
Sabían que el océano siempre está hablando.
Lo difícil era encontrar quién quisiera escucharlo.
Quizá nuestros nietos hereden satélites más precisos.
Computadoras más poderosas.
Modelos climáticos más sofisticados.
Y sistemas de inteligencia artificial capaces de anticipar fenómenos con una precisión que hoy apenas imaginamos.
Pero espero que también hereden algo más valioso.
La capacidad de escuchar.
Escuchar al campo.
Escuchar a los pescadores.
Escuchar a la lluvia.
Escuchar a los ríos.
Escuchar al mar.
Porque cuando el océano habla, no está describiendo únicamente el estado del tiempo.
Está contando la historia del futuro.
Y el futuro, como las mareas, siempre termina llegando a la orilla.
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