EL NIÑO QUE DESPIERTA AL OCÉANO
BITÁCORA INQUIETA
Cuando el Pacífico cambia de temperatura, el mundo entero escucha una historia escrita en agua
JESÚS OCTAVIO MILÁN GIL
Hay años en que la historia parece escribirse en los palacios.
Y hay años en que se escribe en el océano.
No en los discursos.
No en las elecciones.
No en las guerras.
Sino en una franja invisible de agua tibia que se extiende miles de kilómetros sobre el Pacífico ecuatorial y que, sin pedir permiso a nadie, es capaz de alterar cosechas, incendiar sequías, multiplicar tormentas y cambiar el destino de millones de personas.
Ese fenómeno tiene un nombre engañosamente inocente:
El Niño.
Hay noticias que llegan acompañadas de conferencias de prensa, declaraciones oficiales y titulares estridentes.
Y hay noticias que llegan en silencio.
Esta pertenece a la segunda categoría.
No ocupa los primeros lugares de las tendencias digitales.
No provoca debates encendidos en los congresos.
No llena estadios.
No gana elecciones.
Pero tiene la extraña capacidad de alterar cosechas, modificar lluvias, cambiar temporadas de huracanes y transformar la vida cotidiana de millones de personas.
Los pescadores de las costas de Sudamérica lo bautizaron hace siglos porque aparecía cerca de la Navidad, cuando los cristianos celebran el nacimiento del Niño Jesús.
Nadie imaginó entonces que aquella observación empírica terminaría convirtiéndose en una de las claves para entender el comportamiento climático de la Tierra.
Porque el océano habla.
Y cuando habla, el planeta entero escucha.
El problema es que los seres humanos aprendimos a escuchar el ruido, pero olvidamos escuchar los murmullos.
Nos enteramos de una tormenta cuando derriba árboles.
Nos preocupamos por una sequía cuando vacía las presas.
Nos alarmamos por una inundación cuando el agua invade las casas.
Pero rara vez prestamos atención a los cambios silenciosos que comienzan miles de kilómetros mar adentro.
Allá, en las inmensas aguas del Pacífico ecuatorial, se está escribiendo una historia que probablemente influirá en buena parte del clima de los próximos meses.
Los científicos observan cómo las condiciones oceánicas están transitando gradualmente desde la influencia de La Niña hacia el desarrollo de El Niño.
Traducido al lenguaje cotidiano significa algo aparentemente simple: una enorme masa de agua comienza a calentarse más de lo habitual.
Pero en la naturaleza las cosas simples suelen producir consecuencias extraordinarias.
Una variación de apenas unos grados en la temperatura superficial del océano puede modificar patrones atmosféricos que abarcan continentes enteros.
Es una lección de humildad.
Mientras los seres humanos discutimos fronteras, ideologías y presupuestos, el clima sigue obedeciendo leyes mucho más antiguas que cualquier gobierno.
El océano no vota.
No milita.
No protesta.
No negocia.
Simplemente cambia.
Y cuando cambia, todos terminamos adaptándonos a sus decisiones.
Pero existe una diferencia fundamental entre el El Niño de nuestros abuelos y el que hoy observan los científicos.
El escenario ha cambiado.
La atmósfera terrestre registra concentraciones de dióxido de carbono que no tienen precedente en toda la historia de la civilización humana.
Los océanos absorben más del 90 por ciento del exceso de calor generado por el calentamiento global.
En consecuencia, cada nuevo episodio de El Niño ocurre sobre un planeta más cálido que el anterior.
Es como si la naturaleza estuviera interpretando la misma partitura, pero con los amplificadores encendidos.
Por eso los especialistas ya no observan únicamente el fenómeno en sí mismo.
Observan también el contexto.
Un océano más caliente.
Una atmósfera más energética.
Glaciares que retroceden.
Mares que ascienden lentamente.
Eventos extremos cada vez más frecuentes.
El Niño sigue siendo el mismo fenómeno.
Pero el mundo donde aparece ya no es el mismo.
En México, la llegada de un episodio de El Niño suele despertar preguntas inevitables.
¿Habrá más calor?
¿Lloverá más?
¿Llegarán huracanes más intensos?
La respuesta científica tiene la honestidad de las cosas complejas: depende.
Depende de la intensidad del fenómeno.
Depende de la región.
Depende de la interacción con otros procesos atmosféricos.
Pero existe algo que sí sabemos con certeza.
Los extremos climáticos suelen hacerse más visibles.
Las olas de calor encuentran condiciones favorables.
Las lluvias pueden concentrarse en periodos más cortos y volverse más intensas.
Los agricultores observan el cielo con una mezcla de esperanza y preocupación.
Los ganaderos miran las presas.
Los pescadores miran el mar.
Y todos entienden algo que las ciudades suelen olvidar: la naturaleza sigue siendo la gran administradora de nuestro destino.
En Sinaloa esa lección tiene un significado especial.
Aquí la lluvia no es únicamente un fenómeno meteorológico.
Es economía.
Es alimento.
Es empleo.
Es esperanza.
Cada verano miles de ojos observan las nubes con una atención que ningún informe gubernamental consigue despertar.
Porque detrás de cada temporal se encuentra el futuro de los cultivos, de los hatos ganaderos, de las comunidades rurales y de las familias que dependen de la tierra.
Los agricultores saben leer señales que no aparecen en las pantallas.
Saben distinguir el olor de la primera lluvia.
Reconocen el color del horizonte antes de una tormenta.
Entienden que el campo conversa permanentemente con el cielo.
Y ahora ese diálogo vuelve a depender, en parte, de lo que ocurra en las aguas lejanas del Pacífico.
Sinaloa es una tierra que aprendió desde hace mucho tiempo que el clima no es una estadística.
Es una forma de destino.
Cuando las lluvias faltan, los campos lo resienten.
Cuando llegan con exceso, los ríos lo recuerdan.
Y cuando el océano cambia de temperatura, toda la región comienza a mirar hacia el horizonte con la prudencia de quien sabe que la naturaleza siempre tiene la última palabra.
Mario Benedetti escribió alguna vez que la incertidumbre también forma parte de la vida.
Y pocas cosas representan mejor esa verdad que el clima.
Nadie puede negociar con una nube.
Nadie puede ordenar la llegada de una tormenta.
Nadie puede decretar una buena temporada agrícola.
La naturaleza conserva una autonomía que el poder humano jamás ha conseguido domesticar.
Tal vez por eso fenómenos como El Niño resultan tan fascinantes.
Nos recuerdan algo que la modernidad intenta ocultar.
Seguimos siendo una especie profundamente dependiente de los ciclos naturales.
Dependemos del agua.
Dependemos de la lluvia.
Dependemos del océano.
Dependemos de una atmósfera invisible que sostiene cada respiración.
Y dependemos, sobre todo, de la capacidad de comprender que no estamos por encima de la naturaleza, sino dentro de ella.
Quizá la verdadera noticia no sea que El Niño regresa.
Quizá la verdadera noticia sea que seguimos creyendo que el clima es un asunto lejano.
Que los cambios del océano ocurren en otra parte.
Que las corrientes marinas pertenecen a los científicos.
Que los fenómenos atmosféricos son temas reservados para especialistas.
Nada más equivocado.
El océano vive también en nuestros campos, en nuestras ciudades, en nuestros alimentos y en nuestras presas.
Vive en cada vaso de agua.
Vive en cada cosecha.
Vive en cada tormenta.
Y vive, aunque pocas veces lo recordemos, en el futuro de nuestros hijos.
Porque al final todo desemboca en el mar.
Los ríos.
Las lluvias.
Las esperanzas.
Los errores.
Y también las decisiones humanas.
Por eso, cuando el Pacífico comienza a calentarse, no es únicamente una noticia científica.
Es una advertencia.
Una lección.
Y quizá una invitación.
La invitación a volver a mirar el horizonte con la humildad de quienes comprenden que la Tierra no nos pertenece.
Somos nosotros quienes pertenecemos a ella.
Tal vez por eso los viejos pescadores de Altata, Yameto, Dautillos, El Conchal o Teacapán nunca necesitaron satélites para comprender la importancia del mar.
Les bastaba observar el color del amanecer.
El vuelo de las aves.
La dirección del viento.
El comportamiento de las mareas.
Sabían que el océano siempre está hablando.
Lo difícil es encontrar quién quiera escucharlo.
Porque cuando el Pacífico cambia de temperatura, no sólo cambia el clima.
Cambia la historia silenciosa de quienes viven de la tierra.
De quienes viven de la pesca.
Y de quienes heredarán este litoral cuando nosotros ya no estemos.
Algún día nuestros nietos caminarán por estas playas.
Mirarán el mismo horizonte azul que hoy contemplamos.
Y quizá entonces descubran que la pregunta más importante nunca fue cuánto se calentó el océano.
La pregunta será otra:
¿Qué hicimos nosotros cuando el mar comenzó a advertirnos que el futuro estaba llegando?.

