EL CORAZÓN QUE SIGUE LLAMANDO
BITÁCORA INQUIETA
Historia, memoria y esperanza del Sagrado Corazón de Jesús en tiempos de incertidumbre
JESÚS OCTAVIO MILÁN GIL
Hay corazones que laten.
Y hay corazones que atraviesan los siglos.
El primero sostiene la vida.
El segundo sostiene la esperanza.
Hace dos mil años, en una pequeña provincia del Imperio Romano, un hombre caminó entre pescadores, viudas, enfermos y excluidos hablando de algo que parecía imposible: amar incluso cuando el mundo enseñaba a odiar.
Desde entonces, imperios enteros han caído.
Ciudades consideradas eternas han desaparecido.
Reyes, generales y gobernantes que alguna vez creyeron controlar el destino de los pueblos terminaron convertidos en nombres olvidados por la historia.
Pero aquel corazón sigue hablando.
No un corazón de carne.
No uno que pueda medirse con la precisión de la ciencia.
Sino un corazón convertido en símbolo.
El Sagrado Corazón de Jesús.
Ese que millones de personas han contemplado en iglesias, hogares, hospitales, escuelas, talleres, oficinas y campos de cultivo.
Ese corazón rodeado de espinas, herido y ardiente al mismo tiempo.
Ese corazón que parece repetir, generación tras generación:
“Todavía estoy aquí.”
La historia de esta devoción comenzó mucho antes de que las estampas religiosas recorrieran el mundo católico.
Comenzó en el Evangelio.
En aquel predicador galileo que hablaba de misericordia cuando el mundo exigía castigos.
Que perdonaba cuando la multitud pedía condenas.
Que abrazaba cuando otros expulsaban.
Que compartía la mesa con pecadores mientras los poderosos defendían privilegios.
Los primeros cristianos no veneraban una imagen.
Veneraban una forma de vivir.
El corazón era una metáfora.
La representación visible de una verdad invisible.
Con el paso de los siglos, aquella espiritualidad encontró una expresión concreta.
Particularmente a partir de las experiencias místicas de Santa Margarita María de Alacoque, quien afirmó haber recibido revelaciones de Cristo mostrando su corazón como símbolo del amor divino hacia la humanidad.
La Iglesia acogió aquella tradición.
Los papas la impulsaron.
Las familias la llevaron a sus hogares.
Los pueblos la incorporaron a sus fiestas, procesiones y plegarias.
Y así, lentamente, el corazón se convirtió en refugio.
Pero la verdadera pregunta no es histórica.
Es humana.
¿Por qué sigue conmoviendo una imagen nacida hace siglos?
¿Por qué continúa ocupando un lugar en la memoria colectiva de millones de personas?
Quizá porque el mundo moderno posee casi todo excepto aquello que más necesita.
Nunca habíamos estado tan conectados y tan solos.
Podemos hablar instantáneamente con cualquier punto del planeta, pero cada vez resulta más difícil conversar con quien se sienta a nuestro lado.
Compartimos fotografías de felicidad mientras aumentan la depresión, la ansiedad y la sensación de vacío.
Acumulamos información a una velocidad nunca vista.
Pero seguimos teniendo dificultades para comprendernos.
Construimos redes globales.
Y, sin embargo, muchas veces nos sentimos profundamente aislados.
Quizá por eso el símbolo del Sagrado Corazón conserva vigencia.
Porque recuerda una verdad incómoda:
el progreso puede fabricar máquinas extraordinarias, pero sigue siendo incapaz de fabricar amor.
Como escribió Octavio Paz, la modernidad resolvió innumerables problemas materiales, pero dejó intacta la antigua pregunta sobre el sentido de la existencia.
Y es precisamente ahí donde el Sagrado Corazón continúa hablando.
No porque ofrezca soluciones mágicas.
No porque elimine el dolor humano.
Sino porque recuerda que la compasión sigue siendo indispensable.
Que la inteligencia sin amor puede convertirse en arrogancia.
Que la fuerza sin misericordia puede transformarse en violencia.
Que el éxito sin propósito termina produciendo vacío.
Gabriel García Márquez habría reconocido en esta devoción una de esas historias que sobreviven al tiempo porque están hechas de memoria colectiva.
América Latina está llena de pueblos donde las campanas todavía dialogan con los recuerdos.
Y en esos pueblos, desde México hasta la Patagonia, la imagen del Sagrado Corazón continúa observando silenciosamente desde una pared, una sala, un altar familiar o una pequeña capilla.
No vigila.
Acompaña.
No amenaza.
Espera.
Mario Benedetti quizá habría encontrado en ella una de esas resistencias íntimas que ayudan a los seres humanos a sobrevivir a los días difíciles.
Porque la esperanza también necesita un lugar donde descansar.
Y Juan Rulfo, desde los silencios inmensos de Comala, habría comprendido que los seres humanos nunca dejamos de buscar una voz que nos diga que no estamos completamente solos.
Tal vez por eso tantos enfermos miran una imagen del Sagrado Corazón antes de entrar a una cirugía.
Tal vez por eso tantas madres la colocan junto a las fotografías de sus hijos.
Tal vez por eso tantos ancianos siguen pronunciando una oración aprendida en la infancia.
No buscan espectáculos sobrenaturales.
Buscan compañía.
Buscan consuelo.
Buscan esperanza.
En nuestros días, ese mensaje encuentra resonancia en el pontificado de León XIV, quien ha insistido en la necesidad de construir una Iglesia cercana, capaz de escuchar antes de juzgar, de acompañar antes de condenar y de tender puentes en un mundo cada vez más dividido.
Porque al final, el corazón que aparece rodeado de llamas y espinas no representa únicamente una devoción religiosa.
Representa una pregunta.
Una pregunta que atraviesa generaciones, culturas y fronteras.
¿Qué hacemos con nuestra capacidad de amar?
¿Qué hacemos con el sufrimiento ajeno?
¿Qué hacemos con la indiferencia que parece instalarse cómodamente en nuestras sociedades?
El propósito profundo de esta devoción quizá no sea contemplar una imagen.
Quizá sea intentar parecernos un poco más a ella.
Aprender a perdonar.
Aprender a comprender.
Aprender a servir.
Aprender a escuchar.
Aprender a reconocer en el otro a un ser humano antes que a un adversario.
Porque los corazones de piedra construyen muros.
Los corazones indiferentes construyen silencios.
Pero los corazones capaces de amar construyen civilizaciones.
Tal vez el verdadero milagro del Sagrado Corazón no consista en alterar las leyes de la naturaleza.
Tal vez el verdadero milagro sea otro.
Seguir despertando compasión en un mundo que premia la indiferencia.
Seguir inspirando esperanza en tiempos de desencanto.
Seguir recordándonos que la grandeza de una persona no se mide por lo que posee, sino por aquello que es capaz de entregar.
Porque al final de la vida, cuando el ruido del poder se apaga, cuando los aplausos desaparecen y cuando las ideologías pasan, sólo queda una pregunta.
No cuánto acumulamos.
No cuánto vencimos.
No cuánto mandamos.
Sino cuánto amamos.
Y quizá por eso, después de dos mil años, aquel corazón sigue latiendo en la memoria de la humanidad.
No como un símbolo del pasado.
Sino como una invitación permanente al futuro.
Sagrado Corazón de Jesús: en Vos confío. ❤️

