BITÁCORA INQUIETA
México aprendió a exportar como potencia; ahora necesita aprender a quedarse con una mayor parte del valor que produce
Jesús Octavio Milán Gil
Hay una pregunta que quedó caminando después de la última Bitácora.
Una pregunta mucho más incómoda que cualquier declaración de Donald Trump.
Si México y Estados Unidos están tan profundamente integrados que ninguno puede prescindir fácilmente del otro, ¿quién se queda realmente con la riqueza que esa integración produce?
Porque una cosa es comerciar.
Otra, producir.
Y otra muy distinta es capturar el valor.
México puede celebrar cifras extraordinarias de exportación. Puede convertirse en uno de los principales socios comerciales de Estados Unidos. Puede llenar carreteras de tractocamiones, ampliar puertos, construir parques industriales y recibir nuevas fábricas.
Pero detrás de cada automóvil, computadora, dispositivo médico, electrodoméstico o componente aeroespacial que cruza la frontera existe una segunda contabilidad.
La que casi nunca aparece en los discursos.
La contabilidad del valor.
¿Quién diseñó el producto?
¿Quién posee la patente?
¿Quién fabricó los componentes estratégicos?
¿Quién controla la marca?
¿Quién financió la operación?
¿Quién domina la plataforma tecnológica?
¿Y quién recibe finalmente la mayor parte de las utilidades?
Ahí comienza otra historia.
LA FRONTERA INVISIBLE
Durante décadas imaginamos la economía mundial como un mapa de fábricas.
Hoy deberíamos imaginarla como un mapa de cadenas de valor.
Una empresa puede diseñar un producto en California, financiarlo desde Nueva York, utilizar software desarrollado en distintos países, incorporar componentes fabricados en Asia, ensamblarlo en México y venderlo finalmente en Estados Unidos, Canadá o Europa.
Cuando el producto cruza la frontera aparece registrado como exportación mexicana.
Pero eso no significa que todo su valor económico sea mexicano.
Ésa es una diferencia fundamental.
Las estadísticas comerciales dicen desde dónde sale una mercancía.
No necesariamente dicen quién se queda con el conocimiento, la propiedad intelectual, el financiamiento, la marca y las ganancias.
México se convirtió en una extraordinaria plataforma manufacturera.
La pregunta para las próximas décadas es si puede convertirse también en una potencia tecnológica, empresarial y científica.
Porque ensamblar es importante.
Fabricar componentes es mejor.
Diseñar es todavía más valioso.
Y poseer la tecnología cambia completamente la ecuación.
EL MILAGRO Y LA PARADOJA
El Tratado de Libre Comercio de América del Norte, primero, y posteriormente el T-MEC transformaron profundamente la geografía económica del continente.
Las cadenas productivas comenzaron a atravesar fronteras.
Una pieza puede cruzar varias veces entre México, Estados Unidos y Canadá antes de convertirse en un producto terminado.
La frontera dejó de ser solamente una línea divisoria.
Se convirtió en una costura industrial.
Y México aprovechó esa transformación.
Automóviles.
Autopartes.
Electrónica.
Equipo médico.
Aeronáutica.
Electrodomésticos.
Maquinaria.
Agroindustria.
Millones de empleos mexicanos dependen directa o indirectamente de ese enorme sistema productivo norteamericano.
Negarlo sería absurdo.
La dimensión de esa integración puede medirse en dólares. México recibió 40 mil 871 millones de dólares de inversión extranjera directa durante 2025, la cifra anual más alta reportada hasta entonces. Pero el dato contiene un matiz revelador: 67.7 por ciento correspondió a reinversión de utilidades y solamente 18 por ciento a nuevas inversiones. Estados Unidos aportó 15 mil 877 millones de dólares, 38.8 por ciento del total. El capital sigue llegando, sí; pero la composición de ese capital también importa.
Son cifras oficiales de la Secretaría de Economía.
Pero también sería ingenuo suponer que el crecimiento de las exportaciones significa automáticamente que México captura proporcionalmente toda la riqueza generada.
Aquí aparece la paradoja.
Podemos exportar más sin necesariamente desarrollar suficientes empresas nacionales capaces de controlar los eslabones más rentables de las cadenas productivas.
Podemos fabricar productos cada vez más sofisticados sin ser propietarios de una proporción equivalente de las tecnologías que los hacen posibles.
Podemos atraer miles de millones de dólares de inversión extranjera sin garantizar que una parte suficientemente grande de esa inversión termine creando proveedores nacionales, centros de investigación, patentes mexicanas y capital empresarial propio.
La integración genera riqueza.
La verdadera discusión es cómo se distribuye.
EL VIAJE DEL DINERO
Imaginemos una fábrica instalada en México.
Contrata trabajadores mexicanos.
Compra electricidad.
Utiliza carreteras mexicanas.
Paga algunos impuestos.
Contrata proveedores.
Genera actividad económica alrededor de la comunidad.
Todo eso es real.
Todo eso beneficia al país.
Pero después aparece otra corriente.
Las utilidades pueden distribuirse hacia los propietarios del capital.
Las regalías pueden pagarse por tecnologías desarrolladas en otros países.
Las licencias pueden corresponder a empresas extranjeras.
El software estratégico puede pertenecer a corporaciones internacionales.
Las decisiones financieras pueden tomarse fuera de México.
Y una parte de los componentes de mayor valor puede continuar importándose.
El propio cierre de 2025 dejó una fotografía extraordinariamente clara de ese movimiento. Durante el cuarto trimestre se registró un flujo de IED de menos 5 mil 26 millones de dólares, explicado principalmente por pagos de dividendos y operaciones financieras entre empresas mexicanas y sus afiliadas en el exterior. No significó una fuga de empresas ni una cancelación masiva de inversiones; mostró, simplemente, algo que suele desaparecer detrás de las grandes cifras: el capital entra, produce, obtiene rendimientos y una parte de ellos vuelve a cruzar la frontera.
No hay nada extraordinario en ello.
Así funciona buena parte de la economía global.
El problema aparece cuando un país permanece demasiado tiempo en los segmentos donde el margen económico es menor y depende del exterior para los segmentos donde se concentra el conocimiento.
Porque entonces ocurre algo curioso:
las mercancías salen del país,
pero una parte importante del valor económico asociado a ellas viaja en dirección contraria.
LA TRANSFERENCIA DE CAPITAL
Aquí aparece un concepto que merece entrar en la conversación pública mexicana: la transferencia de capital.
No debe entenderse como si toda salida de utilidades fuera una pérdida ilegítima para México.
El capital extranjero invierte precisamente porque espera obtener rendimiento.
Sin esa posibilidad, buena parte de la inversión simplemente no llegaría.
La pregunta seria es otra:
¿qué capacidad nacional queda después de que ese capital obtiene su rendimiento?
Existe una cifra que obliga a mirar el fenómeno con otros ojos. Una estimación del Banco de México, construida con la matriz insumo-producto de INEGI y los indicadores de comercio en valor agregado de la OCDE, calculó que 48 por ciento del valor agregado incorporado en las exportaciones manufactureras mexicanas era de origen nacional; 19 por ciento provenía de Estados Unidos, 10.2 por ciento de China, 1.2 por ciento de Canadá y 21.5 por ciento del resto del mundo. Es decir: exportar desde México y producir íntegramente valor mexicano no son la misma cosa.
La estimación corresponde a estructuras productivas de 2018 y, por tanto, no debe leerse como una fotografía exacta de 2026, sino como una radiografía de la composición estructural de las cadenas manufactureras mexicanas.
Quedan empleos.
Queda infraestructura.
Quedan impuestos.
Queda conocimiento adquirido por trabajadores y técnicos.
Quedan cadenas de proveedores.
Pero deberían quedar también más empresas mexicanas capaces de competir internacionalmente.
Más investigación.
Más ingeniería.
Más patentes.
Más tecnología propia.
Más capital nacional.
Más proveedores capaces de convertirse mañana en multinacionales mexicanas.
Ésa debería ser la verdadera medida del éxito.
No cuánto capital entra.
Sino cuánto desarrollo queda.
EL SALARIO TAMBIÉN CUENTA
Existe además otro componente que rara vez aparece cuando hablamos de competitividad.
Los salarios.
Durante muchos años México construyó parte de su atractivo industrial alrededor de una ventaja sencilla: producir cerca del mercado estadounidense con costos laborales considerablemente menores.
Funcionó.
Pero ninguna nación debería aspirar a competir eternamente porque su trabajo es barato.
Ésa es precisamente una de las contradicciones mexicanas: durante décadas hemos trabajado muchas horas sin convertir necesariamente ese esfuerzo en una productividad equivalente a la de las economías más avanzadas. La ventaja sostenible no puede consistir en ofrecer más horas de trabajo a menor precio, sino en elevar el valor generado durante cada una de esas horas. Productividad y salario, en una economía madura, deberían terminar caminando en la misma dirección.
El verdadero salto ocurre cuando comienza a competir porque su conocimiento es caro.
Ingenieros.
Investigadores.
Programadores.
Diseñadores.
Químicos.
Biólogos.
Especialistas en semiconductores.
Expertos en inteligencia artificial.
Científicos de materiales.
Técnicos altamente especializados.
Cuando una economía aumenta el conocimiento incorporado en sus productos, cambia también la distribución del valor.
Entonces el trabajador deja de ser solamente una pieza de la cadena productiva.
Comienza a convertirse en creador de la cadena.
NEARSHORING: LA SEGUNDA OPORTUNIDAD
La reorganización de las cadenas globales abrió una oportunidad extraordinaria para México.
La cercanía con Estados Unidos.
El T-MEC.
La infraestructura industrial existente.
La experiencia manufacturera acumulada.
Una población laboral considerable.
Y una ubicación geográfica imposible de trasladar.
México tiene algo que muchas economías desearían comprar y no pueden:
geografía.
Estamos al lado de uno de los mayores y más sofisticados mercados de consumo del planeta.
Pero la geografía solamente abre la puerta.
No garantiza el desarrollo.
Si el nearshoring significa únicamente trasladar fábricas desde Asia hacia territorio mexicano, habremos ganado inversión y empleo.
Será importante.
Pero insuficiente.
La verdadera transformación ocurrirá cuando alrededor de esas fábricas aparezcan empresas mexicanas capaces de diseñar componentes, desarrollar tecnología, producir maquinaria, crear software industrial y competir como proveedores globales.
Entonces el nearshoring dejará de ser solamente relocalización.
Se convertirá en desarrollo.
EL ESLABÓN QUE NOS FALTA
México tiene universidades.
Tiene investigadores.
Tiene ingenieros.
Tiene empresarios.
Tiene centros tecnológicos.
Tiene una enorme experiencia manufacturera.
Lo que todavía no hemos construido con suficiente escala es el puente que conecte todas esas capacidades.
Universidad.
Empresa.
Investigación.
Capital.
Industria.
Gobierno.
Cuando esas seis fuerzas trabajan separadas, un país ensambla.
Cuando trabajan juntas, un país innova.
Y cuando un país innova, comienza a capturar una proporción mayor del valor que produce.
Ésa es la frontera económica que México todavía necesita cruzar.
No está en Tijuana.
No está en Ciudad Juárez.
No está en Nuevo Laredo.
Está entre la manufactura y el conocimiento.
TRUMP MIRA LA BALANZA EQUIVOCADA
Donald Trump suele observar la relación económica con México desde la balanza comercial.
Cuánto compra Estados Unidos.
Cuánto vende.
Cuánto déficit existe.
Pero esa fotografía es incompleta.
Las empresas estadounidenses también participan en las cadenas productivas mexicanas.
Invierten.
Venden maquinaria.
Proveen tecnología.
Financian operaciones.
Cobran licencias.
Obtienen utilidades.
Y utilizan México como parte de su propia estrategia competitiva mundial.
Por eso resulta demasiado simple describir la relación como una competencia donde un país gana exactamente lo que el otro pierde.
México y Estados Unidos producen juntos.
El problema es que no necesariamente capturan el mismo tipo de valor.
Estados Unidos conserva enormes ventajas en capital, tecnología, propiedad intelectual, universidades, investigación y empresas globales.
México aporta manufactura, ubicación, trabajadores, infraestructura industrial y una creciente capacidad técnica.
La relación es complementaria.
Pero no perfectamente simétrica.
Y reconocerlo no significa rechazar la integración.
Significa querer mejorar nuestra posición dentro de ella.
LA PREGUNTA QUE MÉXICO DEBE HACERSE
Tal vez hemos formulado mal el debate durante demasiado tiempo.
La pregunta no debería ser:
¿queremos inversión extranjera?
Por supuesto que sí.
Tampoco:
¿queremos exportar más?
Naturalmente.
Ni siquiera:
¿queremos mantener nuestra integración con Estados Unidos?
La realidad económica ya respondió esa pregunta hace décadas.
La pregunta verdaderamente importante es otra:
¿cómo utilizamos esa integración para construir capacidad mexicana?
Cada fábrica que llegue debería convertirse también en una oportunidad para formar proveedores.
Cada inversión tecnológica debería acercarnos a crear tecnología propia.
Cada planta industrial debería alimentar programas universitarios.
Cada cadena productiva debería abrir espacio para nuevas empresas mexicanas.
Cada peso invertido debería dejar algo más que una nave industrial.
Debería dejar conocimiento.
EL CAPITAL MÁS IMPORTANTE
Hay capital financiero.
Hay capital industrial.
Hay capital tecnológico.
Pero existe uno todavía más importante.
El capital humano.
Una máquina puede importarse.
Una fábrica puede construirse.
Una empresa puede cambiar de país.
El conocimiento acumulado por una sociedad permanece.
Y allí aparece probablemente nuestra mayor debilidad. México destina a investigación y desarrollo una proporción de su economía muy inferior al promedio de las economías de la OCDE. No es solamente una diferencia presupuestal: es una diferencia en capacidad futura. Porque cada laboratorio que no construimos, cada investigador que no formamos y cada patente que no generamos termina apareciendo años después en otro lugar: en las tecnologías que tenemos que importar.
Por eso la gran batalla económica del siglo XXI no será solamente por atraer inversiones.
Será por producir inteligencia.
Los países que controlen ciencia, tecnología, inteligencia artificial, biotecnología, energía avanzada, semiconductores y nuevos materiales controlarán también una parte creciente del valor mundial.
México tiene que decidir dónde quiere estar en esa geografía.
Porque existe una enorme diferencia entre ser el lugar donde se fabrican las cosas y ser el país donde se inventan.
EL VERDADERO DESAFÍO
Trump puede criticar a México.
Puede amenazar con aranceles.
Puede reclamar déficits.
Puede utilizar la frontera como argumento político.
Pero detrás del ruido permanece una realidad mucho más poderosa.
México y Estados Unidos ya están unidos por millones de pequeñas conexiones económicas que ningún discurso puede borrar fácilmente.
La primera Bitácora terminaba señalando que Washington puede criticar a su vecino, pero difícilmente puede ignorarlo.
Ahora debemos completar aquella idea.
México tampoco puede conformarse con ser indispensable solamente porque fabrica.
Debe aspirar a ser indispensable porque diseña.
Porque investiga.
Porque innova.
Porque patenta.
Porque crea empresas.
Porque produce conocimiento.
Durante más de treinta años aprendimos a integrarnos a la economía más poderosa del planeta.
El siguiente paso será mucho más difícil.
Aprender a convertir esa integración en poder económico propio.
Porque al final la riqueza de una nación no se mide solamente por las mercancías que cruzan sus fronteras.
Se mide también por cuánto conocimiento queda dentro de ellas.
Y quizá ésa sea la pregunta que México tendrá que responder cuando desaparezca el ruido de Trump: después de tantas fábricas, tantos tratados, tantos camiones y tantos miles de millones de dólares cruzando la frontera, ¿cuánto México hemos sido capaces de construir dentro de México?

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