LA ESCUELA QUE TUVO QUE PEDIRLES SILENCIO A LOS TELÉFONOS
BITÁCORA INQUIETA
La SEP acordó restringir el uso de celulares durante toda la jornada en primarias y secundarias. La medida puede devolverle atención al aula, pero ninguna prohibición sustituirá al maestro, al libro ni a una clase capaz de despertar curiosidad.
Jesús Octavio Milán Gil
El maestro está explicando frente al grupo. Ha preparado la clase, escrito algunas palabras en el pizarrón y formulado una pregunta esperando que alguien levante la mano. Del otro lado, treinta o cuarenta estudiantes parecen mirarlo. Pero no todos están allí.
Uno siente la vibración del teléfono dentro del bolsillo. Otro observa discretamente la pantalla debajo del pupitre. Una alumna espera una respuesta que considera más urgente que la explicación. Alguien acaba de recibir un video de quince segundos y, mientras intenta contener la risa, pierde el hilo de la clase. El maestro continúa hablando, aunque sabe que una parte del salón se ha ido sin abandonar físicamente su asiento.
No es indisciplina en el sentido antiguo. Nadie arrojó un papel, rompió un vidrio ni salió corriendo. Es una ausencia silenciosa: el cuerpo permanece en el aula, pero la atención ha cruzado la pantalla.
La Secretaría de Educación Pública anunció que las autoridades educativas del país alcanzaron un acuerdo para restringir el uso de teléfonos celulares durante toda la jornada escolar en primarias y secundarias. La SEP prevé comenzar su aplicación en octubre; sin embargo, al 19 de septiembre de 2026 todavía se encuentran pendientes los lineamientos definitivos, la fecha precisa de entrada en vigor y las reglas que deberán seguir los planteles.
La decisión apunta hacia un problema verdadero. Pero sería un error creer que basta con apagar los teléfonos para encender la educación.
Durante años frente a grupo vi cambiar los pizarrones, los libros, los planes de estudio, los lenguajes juveniles y las formas de relacionarse con el conocimiento. Enseñé Química, Física, Biología y Ecología cuando la principal ventana hacia el mundo era una biblioteca; cuando investigar significaba buscar un libro, localizar un capítulo, leerlo y aprender a distinguir una explicación de una respuesta.
Después llegaron las calculadoras, las computadoras, internet y, finalmente, el teléfono inteligente. Ninguno de esos instrumentos fue malo por naturaleza. El problema comenzó cuando la herramienta dejó de estar al servicio del estudiante y el estudiante empezó a estar al servicio de la herramienta.
El teléfono ya no espera a ser consultado: llama, vibra, ilumina, interrumpe y promete una recompensa inmediata. Detrás de cada aplicación hay algoritmos diseñados para conocer nuestros impulsos, anticipar nuestras preferencias y prolongar nuestra permanencia frente a la pantalla. La escuela no compite solamente contra un aparato, sino contra una industria mundial que ha convertido la atención humana en mercancía.
La batalla es desigual. De un lado está el maestro, muchas veces con grupos numerosos y recursos insuficientes. Del otro, plataformas diseñadas para conseguir que nadie aparte la vista.
Por eso la restricción tiene sentido.
Aprender exige continuidad mental. Comprender una lectura, resolver un problema matemático o seguir una explicación científica requiere permanecer frente a una misma dificultad durante cierto tiempo. Exige paciencia, concentración y algo que comienza a escasear: la disposición para no recibir una recompensa inmediata.
Cada notificación rompe esa continuidad. El alumno no pierde únicamente los segundos empleados en mirar la pantalla; pierde también el hilo del razonamiento y el tiempo necesario para reconstruirlo. Cuando la interrupción se repite, la clase queda reducida a fragmentos que difícilmente forman conocimiento.
La consulta realizada por la SEP entre 565 mil 396 docentes mostró la magnitud del problema: 81 por ciento respaldó la creación de lineamientos; 40 por ciento señaló que los teléfonos dificultan mantener la atención; 38 por ciento dijo que interrumpen las actividades escolares y 38.7 por ciento advirtió que los conflictos originados en las redes sociales terminan trasladándose al aula.
Las cifras describen algo que cualquier maestro reconoce: el celular no solamente distrae. También introduce en la escuela burlas, fotografías sin consentimiento, grabaciones clandestinas, rumores, desafíos virales, amenazas y disputas iniciadas fuera del plantel. El conflicto digital atraviesa la puerta de la escuela escondido en un bolsillo.
Alejar temporalmente el teléfono puede recuperar tiempo de clase, favorecer la conversación durante el recreo y permitir que el aula vuelva a ser un lugar compartido, no una reunión de soledades conectadas.
Pero la SEP deberá someter la medida a un análisis serio de costo-beneficio. Aplicarla requerirá capacitación, protocolos de emergencia y reglas sobre pérdidas o daños. El costo mayor aparecería si la prohibición traslada al maestro una responsabilidad administrativa sin darle recursos.
Por eso no bastará contar celulares apagados. Habrá que medir cuánto mejoraron la atención, el aprendizaje y la convivencia, y comparar esos resultados con el dinero, el tiempo y los conflictos que exigió la medida. Una política educativa no se justifica por la firmeza de su anuncio, sino por los beneficios comprobables que produce.
Entre la decisión nacional y el aula se encuentra el maestro.
Será el docente quien enfrente al estudiante que se niegue a guardar el aparato, a la familia que exija comunicación permanente y al directivo que interprete los lineamientos de manera distinta. La norma deberá precisar dónde permanecerán los teléfonos, quién responderá si se extravían, qué ocurrirá durante una emergencia y qué excepciones existirán por razones pedagógicas, médicas o de discapacidad.
Una disposición ambigua puede convertir la escuela en un campo de discusiones. Y el maestro no debe transformarse en vigilante, custodio de aparatos o inspector de bolsillos. Su tarea es enseñar.
Jaime Torres Bodet entendió que educar no consiste únicamente en transmitir conocimientos, sino en formar seres humanos libres y responsables. Al frente de la SEP impulsó la Campaña Nacional contra el Analfabetismo, el Plan de Once Años, la construcción de escuelas, la formación de maestros y los libros de texto gratuitos. Para él, la educación no era una oficina administradora de matrículas, sino un instrumento para integrar y elevar a México.
Frente al problema actual, probablemente habría comprendido que proteger la atención del alumno es necesario, pero que la autoridad educativa también debe merecerla: con buenos maestros, libros abiertos, aulas dignas y lecciones capaces de demostrar que el conocimiento puede ser más fascinante que cualquier pantalla. Una disciplina que no conduce al entendimiento produce obediencia temporal, no autonomía.
José Vasconcelos habría reconocido algo más profundo que un problema disciplinario. Cuando llevó libros, maestros y bibliotecas hasta los rincones apartados del país, la oscuridad provenía de la falta de información. Un siglo después, también puede surgir de su abundancia sin jerarquía: millones de imágenes, mensajes y opiniones que pasan ante los ojos sin convertirse en conocimiento.
Antes había que acercar el mundo al estudiante; ahora debemos enseñarle a no perderse dentro de él.
Narciso Bassols habría añadido una advertencia incómoda: retirar una pantalla sin ofrecer libros, laboratorios y buenos maestros puede imponer silencio, pero no garantiza conocimiento. Para numerosos estudiantes, el teléfono es su única cámara, calculadora, biblioteca y conexión a internet. Si la escuela lo retira sin proporcionar alternativas, castigará con mayor fuerza a quienes menos tienen.
Hay otro peligro: confundir silencio con aprendizaje.
Un salón puede estar completamente callado y, sin embargo, intelectualmente vacío. Retirar los celulares no volverá interesante una clase monótona, no resolverá las deficiencias de comprensión lectora ni sustituirá laboratorios, bibliotecas o formación docente. Si después de guardar el teléfono el alumno solamente debe copiar páginas enteras, memorizar sin comprender y repetir respuestas, habremos eliminado una distracción, pero no recuperado su curiosidad.
El teléfono agrava algunas debilidades de la educación mexicana; no las inventó.
La evidencia internacional obliga a evitar los extremos. En PISA 2022, los estudiantes que utilizaban dispositivos digitales con fines educativos hasta una hora diaria obtuvieron, en promedio, 14 puntos más en matemáticas que quienes no los utilizaban. La OCDE advierte, sin embargo, que esa relación no demuestra por sí sola que la tecnología haya causado el mejor desempeño. También señala que las prohibiciones pueden disminuir las distracciones, pero dificultar el desarrollo del autocontrol si no se acompañan de educación digital.
La lección no consiste en expulsar toda tecnología, sino en aprender a gobernarla.
La regulación necesita, por tanto, una puerta pedagógica: el celular deberá permanecer apagado y guardado, pero podrá utilizarse excepcionalmente bajo la dirección del maestro y con una finalidad definida. No para llenar el tiempo ni sustituir la explicación, sino para documentar un experimento, consultar una fuente confiable, registrar una observación o realizar una actividad planeada.
Prohibir durante la jornada puede ser necesario. Educar para toda la vida es indispensable.
El adolescente volverá a encontrarse con su teléfono al salir de la escuela. Si durante seis horas solamente obedeció una orden, pero nunca aprendió a reconocer la manipulación de los algoritmos, distinguir información de propaganda, proteger su intimidad y apartarse voluntariamente del aparato, la escuela habrá ganado el salón, pero habrá perdido la formación.
La estrategia “El ABC de las Emociones” será útil si se convierte en conversación auténtica. La salud emocional no se fortalece repartiendo folletos, sino construyendo confianza, atendiendo la violencia digital y enseñando que pedir ayuda no es una debilidad.
También las familias tendrán que mirarse en el mismo espejo. No se puede exigir a los hijos que abandonen el teléfono mientras los adultos comen, caminan, conversan y conducen pendientes de sus pantallas. La primera educación digital no comienza en el reglamento escolar. Empieza en la mesa de la casa.
Estoy a favor de restringir el uso de celulares durante toda la jornada en primarias y secundarias. Pero apoyo una restricción razonada, con excepciones justificadas, responsabilidades claras, alternativas tecnológicas y evaluación periódica.
Después de seis meses, la SEP no debería informar cuántos teléfonos fueron retenidos, sino cuánto mejoraron la atención, la lectura, la participación, la convivencia y el aprendizaje. El éxito no puede medirse por el número de pantallas apagadas, sino por el número de inteligencias que volvieron a encenderse.
La escuela mexicana ya libró otras batallas: contra el analfabetismo, la exclusión, la desigualdad y el abandono. Ahora enfrenta una disputa más silenciosa: recuperar la atención de una generación acostumbrada a recibir estímulos antes de formular preguntas.
Los maestros sabemos algo elemental: ninguna pantalla sustituye el instante en que un alumno levanta la mirada porque, finalmente, ha comprendido.
Que los teléfonos guarden silencio.
Pero que la escuela aproveche ese silencio para volver a hablar con inteligencia, despertar asombro y sembrar preguntas. Porque el propósito no es formar jóvenes que obedezcan durante unas horas, sino seres humanos capaces de gobernar su propia atención.
Entonces la medida habrá valido la pena: no cuando el estudiante aprenda a esconder el teléfono, sino cuando pueda tenerlo frente a sí y posea la libertad interior para apagarlo, levantar la mirada y pensar por cuenta propia.

