LA UNIVERSIDAD QUE SOBREVIVIÓ AL RÉGIMEN QUE LA INAUGURÓ
BITÁCORA INQUIETA
El 22 de septiembre de 1910, Porfirio Díaz la presentó como una obra de su gobierno. Menos de dos meses después comenzó la Revolución. La actual UNAM cumple 116 años de demostrar que los gobiernos pasan, pero las preguntas permanecen.
Jesús Octavio Milán Gil
La Ciudad de México amaneció vestida para que la historia la mirara.
La efeméride admite dos cuentas que no deben confundirse. La Universidad Nacional de México, hoy UNAM, fue fundada el 22 de septiembre de 1910 y cumple 116 años. Su raíz histórica se remonta al 21 de septiembre de 1551, cuando una cédula firmada por el príncipe Felipe, en nombre de Carlos V, creó la Real Universidad de México, que abrió sus puertas en 1553. Ese antecedente colonial cumple 475 años, pero no llegó intacto hasta el siglo XX: atravesó clausuras y reaperturas. Justo Sierra no pretendía restaurarlo, sino fundar una universidad nueva, nacional y moderna. Por eso la UNAM reconoce en aquella casa novohispana una raíz histórica, aunque su nacimiento institucional ocurrió en 1910.
Era jueves 22 de septiembre de 1910. Había banderas, arcos triunfales, carruajes y uniformes de gala. Los discursos estaban preparados para celebrar los cien años del inicio de la Independencia. El régimen de Porfirio Díaz quería mostrarle al mundo un país de ferrocarriles, electricidad y orden. Todo parecía firme. Hasta lo eterno, visto desde aquella mañana.
En el anfiteatro de la Escuela Nacional Preparatoria, en San Ildefonso, Justo Sierra se levantó ante Porfirio Díaz, funcionarios, académicos y representantes de universidades como París, Salamanca y Berkeley. Tenía 62 años y casi tres décadas de insistir en la misma idea. Aquella mañana, su proyecto dejaba de ser promesa: nacía la Universidad Nacional de México.
Menos de dos meses después, el 20 de noviembre, comenzaría la Revolución mexicana. Díaz creyó que inauguraba una obra destinada a engrandecer su gobierno. Sin saberlo, estaba abriendo una casa en la que también se discutiría ese gobierno y el país que dejaba. Las instituciones suelen tomar caminos que sus fundadores no imaginaron.
El gran impulsor fue Justo Sierra Méndez, secretario de Instrucción Pública y Bellas Artes, historiador, maestro y político que llevaba casi tres décadas defendiendo la necesidad de crear una universidad nacional. No proponía simplemente juntar escuelas bajo un mismo nombre. Quería organizar el conocimiento, formar profesionistas y, sobre todo, estudiar a México desde México.
La Ley Constitutiva de la Universidad Nacional fue promulgada el 26 de mayo de 1910. La nueva institución reunió a las escuelas nacionales Preparatoria, de Jurisprudencia, Medicina, Ingenieros y Bellas Artes, y creó la Escuela de Altos Estudios. La Universidad de 1910 respondió a otro Estado y a otro proyecto nacional.
También nació con límites evidentes.
No era autónoma. Dependía del gobierno. Tampoco era democrática ni estaba abierta a la mayoría de los mexicanos. En un país donde enormes sectores de la población no sabían leer ni escribir, la educación superior seguía siendo territorio de una minoría. Campesinos, obreros, indígenas y buena parte de las mujeres contemplaban aquella ceremonia desde una distancia social mucho mayor que la que separaba sus comunidades de la capital.
Pero las instituciones no siempre permanecen encerradas en las condiciones de su nacimiento. Algunas aprenden a discutirlas.
En su discurso inaugural, Justo Sierra rechazó que la nueva Universidad fuera heredera pasiva de la institución colonial. Quería una comunidad en movimiento, vinculada a la ciencia y a las necesidades nacionales. Ante el propio Díaz pronunció una frase que, leída hoy, parece contener la semilla de la autonomía: “el gobierno de la ciencia en acción debe pertenecer a la ciencia misma”. Una universidad encerrada en sí misma podría acumular títulos y bibliotecas, pero dejaría de ser verdaderamente nacional.
Diecinueve años después, en 1929, la Universidad conquistó su autonomía y adoptó el nombre con el que hoy la reconoce el mundo: Universidad Nacional Autónoma de México. La autonomía no significó vivir fuera de la nación ni quedar por encima de la ley. Le permitió gobernar su vida académica, defender la libertad de cátedra y evitar que cada cambio presidencial decidiera lo que debía enseñarse o callarse.
Ocho años antes, el 27 de abril de 1921, el Consejo Universitario había aprobado el escudo y el lema propuestos por el entonces rector José Vasconcelos: “Por mi raza hablará el espíritu”. No era, en su intención original, una proclama de superioridad biológica, sino la confianza en que los pueblos mestizos de América Latina podían levantar una cultura propia y hacer oír su voz ante el mundo. A 105 años de distancia, la palabra raza lleva consigo preguntas que aquella época no resolvió. En 2026, el lema sólo puede conservar su grandeza si ese espíritu habla en plural: por los indígenas y los mestizos, por las mujeres, por los jóvenes excluidos y por todas las voces de un México que ya no cabe en una sola definición.
Esa autonomía nunca fue un regalo terminado. Ha sido una conquista sometida constantemente a prueba.
La Universidad creció, se extendió y levantó Ciudad Universitaria sobre la piedra volcánica del sur. Entre 1949 y 1952, decenas de arquitectos, ingenieros y artistas construyeron un campus donde la modernidad conversó con la historia prehispánica. Allí quedaron los murales, la Biblioteca Central, el Estadio Olímpico, las facultades y los espacios abiertos. No era solamente arquitectura. Era una esperanza hecha piedra: que el conocimiento público tuviera una casa digna en un país desigual.
Después llegaron las contradicciones, los conflictos y las heridas.
En 1968, los estudiantes universitarios salieron a las calles para exigir libertades democráticas. El Ejército ocupó Ciudad Universitaria y el rector Javier Barros Sierra defendió la autonomía con una dignidad que todavía ilumina. La Universidad descubrió entonces que la libertad de pensamiento no es una frase inscrita en un escudo. A veces hay que pagar un precio por defenderla.
La UNAM ha formado médicos y abogados, científicos, maestros, artistas, ingenieros y escritores. Sus investigadores han estudiado desde los volcanes y las epidemias hasta la pobreza, las lenguas indígenas y el universo. Sus brigadas han auxiliado a la población durante terremotos y emergencias. Por sus aulas han pasado jóvenes que fueron los primeros de sus familias en ingresar a la educación superior.
Pero cumplir 116 años no concede una patente de perfección.
La Universidad enfrenta problemas que no deben ocultarse bajo la celebración: restricciones presupuestarias, desigualdad en el acceso, violencia de género, burocracia, grupos de poder, instalaciones deterioradas y precariedad laboral. Además, la demanda supera por mucho los espacios disponibles. Cada año, miles de jóvenes quedan fuera. Para ellos, la Universidad Nacional puede parecer menos una puerta abierta que una promesa observada desde la banqueta.
Defender a la UNAM no significa afirmar que todo funciona bien dentro de ella. Una universidad que no admite la crítica traiciona su propia razón de existir. Su grandeza no está en fingirse libre de contradicciones, sino en mantenerlas a la vista y discutirlas públicamente.
La Universidad que en 1910 debía ayudar a México a conocerse enfrenta ahora un desafío distinto. Vivimos rodeados de información, pero eso no quiere decir que comprendamos más. La velocidad puede parecer inteligencia y la repetición termina disfrazándose de verdad. La pregunta de 2026 no es solamente qué ha hecho la UNAM durante 116 años, sino para qué la necesita México ahora.
La necesita porque la mentira suele recorrer las redes sociales antes de que la verdad termine de reunir sus pruebas. Un algoritmo decide buena parte de lo que miramos; la inteligencia artificial redacta respuestas impecables, incluso cuando no comprende lo que afirma, y la política convierte cualquier dato incómodo en un ataque partidista. Frente a eso, la Universidad debe investigar y verificar, pero también enseñar algo más elemental: a desconfiar de las respuestas demasiado fáciles.
También debe preguntarse si puede seguir llamándose nacional mientras tantos jóvenes permanecen fuera. Si su dependencia de los recursos públicos debilita o no su autonomía. Si defiende de verdad la pluralidad cuando tolera dogmatismos internos. Y si su misión termina al entregar un título o apenas comienza allí.
Después de más de cuarenta años frente a grupos de estudiantes y maestros, he aprendido que una clase no cambia cuando el maestro termina de explicar, sino cuando un joven levanta la mano y formula la pregunta que nadie había previsto. A veces esa pregunta incomoda; otras veces obliga al propio profesor a reconocer que no tiene la respuesta. En ese instante comienza la educación verdadera. Por eso una universidad pública no existe únicamente para entregar títulos. Existe para que nadie tenga miedo de preguntar quién se beneficia de una decisión, quién paga sus costos y qué voces quedaron fuera.
Allí aparece también el México profundo, el que llega tarde a los libros porque antes tuvo que trabajar, sobrevivir o vencer distancias.
La Universidad debe escuchar esas voces.
Su carácter nacional no proviene solamente del nombre ni de su presencia en distintos estados. Se justifica cuando el conocimiento que produce regresa a la sociedad; cuando sirve para atender una enfermedad, proteger un bosque, comprender una injusticia o mejorar una escuela. También cuando evita que el poder convierta su versión en la única versión posible.
Han pasado 116 años desde aquella ceremonia. Porfirio Díaz dejó el poder y murió en el exilio. La Revolución derribó un régimen, creó instituciones y produjo sus propias élites. Cambiaron los presidentes, los partidos, las constituciones y las formas de comunicarnos. La Universidad permaneció, aunque nunca idéntica a sí misma.
Volvamos a aquella mañana de 1910. Las bandas han dejado de tocar, los carruajes se alejan y los funcionarios guardan los discursos. El país todavía no sabe que está a pocas semanas del primer estruendo revolucionario. Dentro de las aulas queda, sin embargo, algo que ningún gobierno puede controlar por completo: una pregunta.
Los presidentes abandonan el Palacio, los monumentos envejecen y las ceremonias terminan. Una universidad permanece mientras exista un estudiante dispuesto a preguntar por qué.
Hace 116 años, México abrió una casa para la inteligencia, la inconformidad y la esperanza. Desde entonces, cada vez que alguien intenta imponerle silencio, la Universidad recuerda para qué nació: para que el país nunca deje de pensarse.

