Salud Pública en Perspectiva 
Dr. Víctor Ruiz
dr.victor.ruiz.ruelas@gmail.com
El 2 de septiembre, un hombre de 34 años, instructor de deportes acuáticos, ingresó a un hospital de Mérida con deterioro neurológico acelerado y edema cerebral. Falleció días después. El 14 de septiembre, el Instituto de Diagnóstico y Referencia Epidemiológicos confirmó la causa: Naegleria fowleri, la llamada «ameba come cerebros», detectada tanto en el paciente como en el lago artificial de una plaza comercial del norte de Mérida donde trabajaba. Doscientas cuarenta y dos personas quedaron bajo vigilancia epidemiológica. El cuerpo de agua permanece cerrado.
Antes de continuar, vale la pena desmontar el miedo con precisión clínica, porque el apodo popular invita a imaginar algo distinto de lo que realmente es. Naegleria fowleri no se transmite de persona a persona ni se adquiere bebiendo agua contaminada. El único mecanismo de contagio documentado es que el agua entre por la nariz durante una actividad acuática —al nadar, sumergirse o zambullirse— y el organismo ascienda por el nervio olfatorio hasta el cerebro, donde provoca una meningoencefalitis amebiana primaria. Es, dicho sin rodeos, una de las infecciones más letales que existen: la mortalidad supera el 97%.
En Estados Unidos, que concentra el mayor número de casos documentados a nivel mundial, solo se han registrado 167 entre 1962 y 2024 —apenas tres por año en promedio—, y de ese total, únicamente cuatro personas sobrevivieron. En México se han reportado alrededor de 29 casos históricos, la mayoría concentrados en el noroeste del país.
La rareza estadística no debe confundirse con irrelevancia. Y aquí es donde este caso deja de ser una simple curiosidad médica y se convierte en una pregunta de salud pública genuina. México ya cuenta con una norma pensada exactamente para prevenir un escenario como este: la NOM-245-SSA1-2010, que establece los requisitos sanitarios y de calidad del agua en albercas. Entre sus disposiciones específicas, exige que cualquier alberca con temperatura del agua superior a 30 grados centígrados sea evaluada de forma periódica para detectar amebas de vida libre —incluida Naegleria fowleri, además de Acanthamoeba y Balamuthia—, las cuales deben estar completamente ausentes en las muestras. El Gobierno de Yucatán ya exigió a la empresa responsable del lago demostrar, mediante análisis de laboratorio, que el agua cumple con esta norma antes de considerar su reapertura.
Esto deja una pregunta que las autoridades todavía no han respondido del todo: ¿cómo un cuerpo de agua artificial, construido para uso recreativo dentro de una plaza comercial en pleno uso público, no estaba sujeto a este tipo de vigilancia rutinaria antes de que alguien muriera? Naegleria fowleri prolifera en agua cálida con poca circulación, condiciones que pueden presentarse en cualquier lago artificial con mantenimiento deficiente, particularmente en climas cálidos durante buena parte del año como el de Yucatán. No es un problema exclusivo de esa entidad: es el mismo patrón que ya hemos visto en esta columna con otros riesgos sanitarios —la norma existe, pero la vigilancia rutinaria de espacios recreativos no tradicionales, fuera del radar de una alberca convencional, suele fallar hasta que ya hay una defunción que lo justifique.
Las autoridades de otras entidades, como Nuevo León, han señalado con razón que el riesgo permanece bajo para la población general, mientras se sigan las recomendaciones sanitarias básicas, y que este caso corresponde a un cuerpo de agua específico, no a una propagación generalizada. Eso es cierto y no debe generar pánico. Pero tampoco debe traducirse en complacencia: cualquier lago artificial, alberca climatizada o cuerpo de agua recreativo de origen no natural que no reciba vigilancia sanitaria periódica representa, en principio, el mismo riesgo estructural que el de Mérida.
La lección de fondo no cambia de una columna a otra: la salud pública no falla por ausencia de normas, sino por la brecha entre lo que la norma exige y lo que realmente se vigila todos los días, en espacios que no siempre están donde esperamos encontrar un riesgo sanitario.

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