BITÁCORA INQUIETA
Entre Groenlandia e Islandia ocurre una de las mayores caídas de agua conocidas. Nadie puede contemplarla desde la superficie, pero su pulso silencioso ayuda a regular el clima de la Tierra.
Jesús Octavio Milán Gil
Desde la cubierta de un barco, el Estrecho de Dinamarca no revela su secreto.
El mar parece una interminable planicie gris. El viento arrastra la espuma, las aves sobrevuelan las olas y, en la distancia, Groenlandia e Islandia levantan sus costas como dos centinelas de piedra y hielo. Nada anuncia un precipicio. No se escucha ningún estruendo. No aparece una cortina de agua rompiéndose contra las rocas.
Sin embargo, allá abajo, donde la luz nunca llega, el océano cae dentro del océano.
Una inmensa corriente de agua fría y densa, procedente de los mares nórdicos, atraviesa el estrecho y desciende por el relieve submarino hacia las profundidades del Atlántico Norte. No es una cascada como las del Niágara, Iguazú o el Salto Ángel. No tiene un borde visible ni gotas suspendidas en el aire. Es un río sumergido que resbala por una montaña oculta, se mezcla con las aguas circundantes y continúa avanzando en la oscuridad.
Por sus dimensiones, suele ser presentada como la mayor cascada submarina conocida.
Su nombre también puede engañarnos. El Estrecho de Dinamarca no se encuentra junto a la península danesa ni separa a Dinamarca de algún país vecino. Está situado entre Groenlandia e Islandia. La explicación es histórica: Groenlandia forma parte del Reino de Dinamarca, aunque posee un amplio gobierno autónomo. Sobre aquellas aguas permanece una antigua huella geográfica y política.
Pero la verdadera historia del estrecho no está escrita en los mapas. Está escrita en la densidad del agua.
Quienes enseñamos química sabemos que la materia puede parecer inmóvil y, sin embargo, encontrarse gobernada por fuerzas invisibles. Una pequeña diferencia de temperatura o de concentración puede poner en movimiento un sistema entero. En el océano sucede algo semejante.
El agua fría suele ser más densa que el agua caliente. La salinidad también modifica su densidad: en términos generales, el agua más salada pesa más por unidad de volumen que la menos salada. Cuando las aguas frías procedentes de los mares de Groenlandia, Islandia y Noruega se encuentran con aguas atlánticas relativamente más cálidas, esas diferencias contribuyen a ordenar su movimiento.
El agua más densa se hunde.
En el Estrecho de Dinamarca, parte de esa agua profunda rebasa una elevación del lecho marino conocida como el umbral Groenlandia-Islandia. El fondo del estrecho se encuentra allí aproximadamente a 600 metros bajo la superficie. Después de cruzarlo, la corriente desciende por una larga pendiente hasta alcanzar profundidades superiores a los 3,000 metros.
No se trata, por tanto, de una caída vertical y uniforme de 3,500 metros. La expresión “cascada submarina” es una metáfora útil, pero simplifica un proceso mucho más complejo: el agua baja por el relieve, se acelera, encuentra irregularidades, forma remolinos e incorpora agua circundante. Durante el recorrido cambian su temperatura, salinidad, volumen y velocidad.
No cae por el aire: cae dentro del agua.
Se calcula que el desbordamiento transporta del orden de tres millones de metros cúbicos por segundo. El caudal varía con las estaciones, los vientos y las condiciones oceánicas, pero su magnitud resulta difícil de imaginar: representa varias veces —y en estimaciones habituales, más de diez— el caudal medio del río Amazonas al desembocar en el Atlántico.
Mientras en la superficie los barcos enfrentan niebla, oleaje y bajas temperaturas, los científicos trabajan sobre una geografía que no pueden observar directamente. Bajan instrumentos sujetos a largos cables para medir la temperatura, la salinidad, la presión y la velocidad de las corrientes. También dejan anclajes con sensores cerca del fondo marino y regresan meses después para recuperarlos.
De esas mediciones, repetidas durante años, surge el retrato de un océano que nunca permanece quieto. Cada registro es apenas una ventana abierta por unos instantes hacia una corriente que puede cambiar de posición, intensidad y composición. La cascada submarina no fue descubierta por un explorador que llegara a su orilla. Ha sido reconstruida mediante termómetros, medidores de corriente, boyas, barcos, satélites y modelos matemáticos.
Su importancia no termina en el estrecho.
Este desbordamiento aporta aguas profundas a la Circulación Meridional de Vuelco del Atlántico, conocida por sus siglas en inglés como
Atlantic Meridional Overturning Circulation (AMOC). Podemos imaginarla, con las debidas precauciones, como una parte del sistema circulatorio del Atlántico: transporta aguas cálidas y saladas hacia el norte por las capas superiores y devuelve aguas frías hacia el sur por las profundidades.
La imagen de una banda transportadora ayuda a comprenderla, pero tampoco debe tomarse literalmente. La AMOC es una circulación tridimensional compleja, impulsada por las diferencias de densidad, los vientos, las mareas, la rotación de la Tierra y la forma de las cuencas oceánicas.
Tampoco es sinónimo de la corriente del Golfo. Esta última es una corriente superficial, cálida y rápida, relacionada con el sistema atlántico, pero impulsada también por los vientos y la rotación terrestre. La AMOC abarca intercambios mucho más amplios entre la superficie y las profundidades.
El desbordamiento del Estrecho de Dinamarca es uno de sus grandes aportes de agua profunda, no el motor único de toda la circulación.
La AMOC redistribuye calor, oxígeno, nutrientes y carbono. Influye en las temperaturas del Atlántico Norte, en los patrones de precipitación y en numerosos ecosistemas marinos. Lo que sucede entre Groenlandia e Islandia puede incorporarse a procesos que, con el paso del tiempo, alcanzan regiones situadas a miles de kilómetros.
El océano no es solamente una reserva de agua. Es una maquinaria climática.
Por eso los científicos observan con atención el calentamiento del planeta y el deshielo de Groenlandia. Al derretirse el hielo continental, una mayor cantidad de agua dulce llega al Atlántico Norte. Esa agua es menos densa que la salada. Si, además, la superficie del océano se calienta, también se vuelve más ligera y ofrece mayor resistencia al hundimiento.
La química vuelve a hablarnos desde el fondo del mar: temperatura, salinidad y densidad participan en el movimiento de las grandes corrientes.
Esto no significa que la cascada submarina vaya a detenerse mañana, ni que Europa esté condenada a congelarse repentinamente, como sugieren algunos titulares alarmistas. Tampoco existe una fecha científicamente aceptada para un colapso inevitable de la AMOC.
La evaluación del Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático señala que es muy probable que la AMOC se debilite durante el siglo XXI, aunque la magnitud de esa reducción continúa siendo incierta. También existe un debate científico legítimo sobre la proximidad de un posible punto crítico. Algunos estudios encuentran señales preocupantes; otros concluyen que los cambios podrían ser más graduales.
Los modelos no ofrecen una respuesta única y las mediciones directas abarcan todavía un periodo corto frente a la enorme variabilidad del océano.
La ciencia responsable no confunde una advertencia con una profecía.
Un debilitamiento considerable de la AMOC no detendría el calentamiento global. Podría moderar o modificar el calentamiento en algunas zonas del Atlántico Norte mientras el planeta, en conjunto, continuaría acumulando calor. También podría desplazar franjas tropicales de lluvia, modificar ciertos monzones, afectar ecosistemas y pesquerías y elevar el nivel regional del mar en partes de la costa atlántica de América del Norte.
¿Y México?
Nuestro país no se encuentra al margen del sistema climático atlántico. El Golfo de México y el Caribe intercambian calor y agua con la circulación oceánica de la región. Cambios importantes en la temperatura del Atlántico o en la distribución de las lluvias podrían repercutir indirectamente en ecosistemas, pesquerías, costas, agricultura y seguridad alimentaria.
Eso no permite afirmar que cada sequía, huracán o temporada de lluvias en México sea consecuencia de la AMOC. El clima mexicano depende también del Pacífico, de El Niño y La Niña, de los vientos, del relieve y de múltiples oscilaciones atmosféricas y oceánicas. No existe una línea recta entre el Estrecho de Dinamarca y una tormenta determinada en el Golfo de México.
Pero que la relación sea compleja no significa que sea inexistente.
Durante más de cuarenta años frente a un grupo enseñé que la ciencia comienza con una pregunta y crece con la capacidad de asombro. En el laboratorio, una gota podía cambiar de color al encontrarse con otra sustancia; un precipitado aparecía donde segundos antes sólo había transparencia; una pequeña diferencia de temperatura aceleraba una reacción.
Así aprendían los estudiantes que lo invisible también transforma la realidad.
El Estrecho de Dinamarca podría convertirse en una inmensa aula sumergida. Allí, la densidad deja de ser una fórmula escrita en el pizarrón y se vuelve una fuerza capaz de desplazar millones de metros cúbicos de agua. La salinidad deja de ser un número y participa en la regulación del clima. La temperatura deja de ser únicamente la lectura de un termómetro y se convierte en parte del lenguaje mediante el cual se comunican la atmósfera, el hielo y el océano.
La naturaleza nos enseña, pero no siempre lo hace en voz alta.
Hemos explorado la Luna, enviado instrumentos a Marte y fotografiado galaxias cuya luz tardó millones de años en alcanzarnos. Sin embargo, extensas regiones del fondo oceánico continúan siendo menos conocidas que la superficie de otros mundos. Observamos sus corrientes con sensores y satélites; reconstruimos sus movimientos mediante cálculos; intentamos escuchar la respiración profunda de un planeta que todavía no terminamos de comprender.
Quizá nuestra indiferencia hacia los océanos provenga de que su trabajo cotidiano no se ve. Los utilizamos como rutas comerciales, fuentes de alimentos, depósitos de residuos y paisajes para las vacaciones. Olvidamos que absorben la mayor parte del exceso de calor retenido por el aumento de los gases de efecto invernadero y una porción considerable del dióxido de carbono que emitimos.
El océano amortigua nuestras imprudencias, pero no puede hacerlo sin cambiar.
En la superficie del Estrecho de Dinamarca, un navegante sólo contempla olas, niebla y horizonte. Debajo de su embarcación, una corriente monumental cruza un umbral, se precipita hacia las profundidades y se incorpora a una circulación que comunica mares, continentes y generaciones.
Mientras la humanidad discute fronteras, libra guerras, extrae combustibles y calcula el valor de sus riquezas, bajo las aguas situadas entre Groenlandia e Islandia el océano continúa cayendo dentro de sí mismo. Lo hace sin aplausos, sin monumentos y sin pedirnos permiso.
La gran pregunta no es únicamente cuánto tiempo seguirá descendiendo de la misma manera. La pregunta es si comprenderemos, antes de alterar su pulso, que también nuestra respiración, nuestras lluvias y nuestro porvenir dependen de aquello que jamás alcanzamos a ver.

Leave a reply

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *