BITÁCORA INQUIETA
El nuevo reporte eleva el almacenamiento de las presas de Sinaloa al 54.6 % de su capacidad de conservación. Detrás de ese promedio hay presas casi llenas y otras que apenas alcanzan una cuarta parte. El agua mejora el presente; la memoria debe orientar lo que hagamos después.
Jesús Octavio Milán Gil
Hay noticias que invitan a respirar con un poco menos de angustia. En Sinaloa, una de ellas llega en forma de cifra: el conjunto de trece presas aparece este 28 de septiembre con 9,193.7 millones de metros cúbicos almacenados, equivalentes al 54.6 % de su nivel de aguas máximas ordinarias, el NAMO.
Cuatro días antes, el dato que dio origen a mi columna «Las presas medio llenas y la memoria casi vacía» era de 8,864.2 millones de metros cúbicos, o 52.7 %. Puestas una junto a la otra, las cifras muestran 329.5 millones de metros cúbicos más y una diferencia de 1.9 puntos porcentuales. Es una variación que merece atención. También exige cuidado: antes de tratarla como un balance exacto de entradas y salidas, habría que comprobar que ambos reportes abarcan las mismas presas, con la misma capacidad de referencia y el mismo corte de información.
El nuevo reporte presenta un total mayor, aunque aún debemos verificar que ambos cortes sean comparables. Esa cautela tampoco debería hacernos perder de vista la pregunta de fondo. ¿Qué hacemos cuando vuelve el agua? ¿Administramos mejor el recurso o simplemente dejamos de hablar de él hasta la próxima sequía?
El promedio estatal es útil, pero tiene una facultad engañosa: reúne realidades que no se parecen entre sí. Huites, la presa Luis Donaldo Colosio, aparece al 78.4 % de su NAMO. La Miguel Hidalgo y Costilla, conocida como El Mahone, se encuentra al 26.8 %. La Josefa Ortiz de Domínguez, El Sabino, apenas al 15.2 %. En el mismo estado y bajo el mismo encabezado de «presas de Sinaloa», conviven situaciones muy distintas. ¿Qué decisiones exige una presa al 78 % y cuáles otra que apenas llega al 15 %? Ahí comienza la responsabilidad de explicar el dato y actuar de acuerdo con cada cuenca.
También hay contrastes en otras cuencas: la Adolfo López Mateos, El Varejonal, registra 42.8 %; Sanalona, 71.6 %; y Santa María, 90.6 %. No se trata de repartir felicitaciones a las presas que van adelante ni reproches a las que van atrás. Sus cuencas, dimensiones, aportaciones y usos son distintos. Se trata de entender que una cifra estatal no puede sustituir las decisiones particulares que reclama cada sistema.
Miremos, por ejemplo, Huites y la Josefa Ortiz de Domínguez. Sus porcentajes son muy diferentes, pero incluso comparar porcentajes exige conocer el tamaño de cada vaso. Huites almacena 2,510.4 millones de metros cúbicos; El Sabino, 78.7. Un porcentaje indica cuánto se ocupa de la capacidad ordinaria de una presa. Un volumen indica cuánta agua hay. Ninguno de los dos, por separado, responde cuánto podrá distribuirse, a quién llegará o durante cuánto tiempo alcanzará.
En Picachos, el reporte señala 326.8 millones de metros cúbicos, 101.5 % de su NAMO. Conviene leer esa cifra sin alarmismo y sin ligereza. El NAMO es una referencia de operación y conservación; rebasarlo ligeramente no prueba por sí mismo que exista un desbordamiento ni una situación de emergencia. Para valorar riesgos se necesitan datos de operación, pronósticos, desfogues y comunicaciones de las autoridades responsables. La precisión importa porque una palabra mal empleada puede producir una tranquilidad falsa o un miedo innecesario.
El mapa incorpora además una distinción que vale la pena mirar. De los 9,193.7 millones de metros cúbicos totales, 8,131.9 corresponden al sistema identificado como Sinaloa y 1,061.8 al Baluarte–Presidio, donde están Picachos y Santa María. Sumarlos permite ver el conjunto; distinguirlos permite entender que el agua no se traslada con una operación aritmética de una cuenca a otra ni resuelve automáticamente las necesidades de todos los distritos y poblaciones.
Por eso escribí sobre la memoria. No porque ignoremos las sequías; las conocemos demasiado bien. La memoria que nos falta es la que convierte la experiencia en decisiones verificables. Cada temporada de lluvia debería llevarnos a preguntar por el estado de los canales, las pérdidas en las redes urbanas, la medición del consumo, el mantenimiento de la infraestructura y los acuerdos de distribución. También por los acuíferos, por la calidad del agua y por las comunidades que quedan fuera de las celebraciones del promedio.
La lluvia puede llenar una presa. No repara por sí sola una tubería rota, no moderniza un canal, no elimina una descarga contaminante ni garantiza que el agua llegue al último usuario. Son tareas humanas, presupuestales y públicas. Requieren cifras abiertas, responsables identificables y explicaciones que cualquiera pueda entender. Si esperamos a que el nivel vuelva a bajar para pedirlas, habremos desperdiciado el momento en que todavía era posible prepararnos.
Tampoco basta con decir «ahorremos agua» y dejar toda la carga sobre las familias. En una casa se puede cerrar una llave y cuidar cada cubeta; en una red de distribución o un distrito de riego, las decisiones de inversión, mantenimiento y vigilancia tienen otra escala. Ambas responsabilidades existen. Confundirlas sirve para repartir culpas sin precisar quién puede resolver cada problema.
Al terminar septiembre, el dato merece una lectura honesta: hay una mejoría en el almacenamiento agregado que presenta el nuevo reporte, pero persisten diferencias profundas entre presas. No conocemos el futuro de las lluvias por mirar una sola fecha, ni podemos convertir un porcentaje en garantía para el siguiente ciclo agrícola o para el abasto de cada ciudad.
Celebremos el agua que llegó. Hagámoslo sin borrar el mapa de las carencias. Una presa puede subir en unos días; la confianza pública tarda mucho más en construirse. Nace cuando el dato se explica, cuando la obra se mantiene, cuando las pérdidas se reconocen y cuando alguien responde por lo que se hizo mientras había tiempo.
Las presas ya nos dieron una noticia. Falta saber si nosotros, esta vez, sabremos escucharla.

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