EL VENENO QUE NO ENVEJECE
BITÁCORA INQUIETA
El plomo que respiramos o ingerimos puede permanecer durante años en los huesos. La ciencia investiga si aquella exposición puede alcanzarnos décadas después.
Jesús Octavio Milán Gil
Hay sustancias que se van con el humo. El plomo no.
Una mañana cualquiera, hace medio siglo, un automóvil avanzaba por una calle mientras un niño caminaba hacia la escuela. Del escape salía algo que nadie podía distinguir entre el polvo y la luz. La gasolina con plomo había servido al motor; después, sus residuos quedaban a disposición del aire, de la tierra y de los pulmones. El conductor seguía su camino. El niño también. Ninguno llevaba una cuenta de lo que había respirado.
Aquella gasolina tenía un ingrediente con nombre preciso: tetraetilo de plomo. Se añadía a la gasolina para evitar la detonación prematura en los motores y mejorar su funcionamiento, mientras sus emisiones extendían el plomo por calles y suelos. México también conoció la dependencia de ese aditivo: tras la expropiación petrolera de 1938, el boicot dificultó conseguirlo; en 1943, Pemex puso en marcha una planta para producirlo. La historia encierra una paradoja que hoy debemos mirar completa: resolver un problema de abastecimiento industrial no eliminaba el costo sanitario del compuesto utilizado.
La escena podría haber ocurrido en muchos países. Durante décadas se incorporó plomo a combustibles y productos de uso cotidiano. La contaminación se mezclaba con la vida ordinaria y podía entrar al organismo sin provocar síntomas visibles.
Un reportaje de The Washington Post, publicado el 28 de septiembre, recupera una pregunta inquietante: ¿puede la exposición al plomo de la infancia acompañarnos hasta la edad en que comenzamos a perder la memoria? La pregunta nace de investigaciones realizadas en Estados Unidos. No autoriza a diagnosticar a una generación entera, pero tampoco permite despachar el problema como un episodio concluido.
El plomo es un metal. No desaparece porque lo hayamos dejado de mirar. En el cuerpo puede llegar al cerebro, el hígado y los riñones; una parte se deposita en huesos y dientes. Allí puede acumularse durante años. La Organización Mundial de la Salud advierte que no se conoce un nivel de exposición exento de efectos nocivos. En la infancia, incluso concentraciones que no producen síntomas obvios pueden alterar el desarrollo cerebral, la atención y el aprendizaje.
El daño ambiental no siempre coincide con el calendario político. Una prohibición puede tener fecha; la exposición anterior no obedece el decreto que la terminó.
Un estudio publicado en Alzheimer’s & Dementia siguió datos de más de catorce mil personas de encuestas de salud estadounidenses, vinculados con registros de demencia y mortalidad durante un máximo de tres décadas. Sus autores examinaron el plomo medido en sangre y estimaciones del plomo acumulado en huesos. Encontraron asociaciones entre mayor exposición estimada y más casos posteriores de enfermedad de Alzheimer o demencia por distintas causas. En los grupos extremos, la diferencia fue considerable.
Conviene detenerse ahí. «Asociación» no equivale a prueba de que el plomo causó cada caso observado. El plomo óseo fue estimado mediante modelos; las personas también difieren en educación, condiciones de vida, otros riesgos ambientales y salud cardiovascular. Los investigadores ajustaron sus análisis, pero un estudio observacional no elimina toda incertidumbre. Tampoco convierte un resultado poblacional en pronóstico para una persona concreta.
La incertidumbre exige investigar más y prevenir desde ahora. Una exposición evitable puede tener consecuencias mucho después de que se elimina su fuente.
¿Y México?
Sería fácil tomar las cifras estadounidenses, cruzar la frontera con ellas y escribir que aquí ocurrirá lo mismo. Sería, además, una mala forma de ejercer el periodismo. La historia mexicana de fuentes, intensidades de exposición, vigilancia sanitaria y condiciones de vida requiere sus propios datos. El reportaje del periódico no presenta una estimación nacional de demencia atribuible al plomo en México.
Lo que sí sabemos es que la exposición no se extinguió con la gasolina. La Encuesta Nacional de Salud y Nutrición midió el problema en 2018-2019 y volvió a medirlo en 2022. El primer estudio estimó una prevalencia nacional de 17.4 % entre niñas y niños de uno a cuatro años con al menos cinco microgramos de plomo por decilitro de sangre. El segundo encontró 16.8 % en ese grupo de edad. Sus autores concluyeron que la prevalencia permaneció estable: la diferencia entre porcentajes no demuestra una reducción. La muestra de 2022 incluyó 1,158 menores y también identificó exposición ambiental y relacionada con el trabajo familiar, además del barro vidriado. Son estimaciones poblacionales, no un conteo de diagnósticos individuales ni una medición de 2026.
El dato rompe una comodidad. Podemos decir que la gasolina con plomo quedó atrás y, al mismo tiempo, servir comida en un recipiente cuyo esmalte la contamina. También existen riesgos asociados a actividades mineras, fundición, reciclaje de baterías, polvo o agua contaminados, según la OMS. El mapa de exposición cambia de lugar y de oficio; no se borra por haber corregido una sola fuente.
¿No se había eliminado ya el plomo de las pinturas para casas y de los juguetes? México comenzó a restringirlo en 1994: una norma prohibió determinados compuestos de plomo en esos productos, y otras disposiciones fijaron límites y métodos de prueba para juguetes. Fue un avance, pero una prohibición escrita no demuestra por sí sola que todos los artículos en venta cumplan la norma ni retira la pintura antigua que aún pueda desprenderse como polvo en una vivienda. La pregunta pendiente es concreta: ¿qué inspecciones, retiros de productos y mediciones en hogares permiten comprobar que la exposición infantil disminuyó?
Hay aquí una injusticia difícil de aceptar. El niño no elige el combustible de los autos, el material de las tuberías, el manejo de los residuos ni el esmalte de los utensilios en que come. Sin embargo, su organismo puede conservar las consecuencias de decisiones ajenas. Si con los años aparece un problema de aprendizaje o de salud, rara vez habrá una etiqueta que diga de dónde vino cada daño. Esa invisibilidad es precisamente una razón para prevenir, medir y corregir.
Desde mi oficio de maestro de química, me interesa también la lección que suele faltar en el pizarrón. Podemos enseñar el símbolo Pb, su número atómico 82 y algunas propiedades del metal. Pero la clase queda incompleta si no preguntamos quién respiró sus partículas, qué ocurre al incorporarse al cuerpo y por qué una innovación útil para una industria pudo convertirse en un costo para generaciones enteras. La tabla periódica no sustituye a la historia social de los elementos.
En 2019 el Consejo de Salubridad General incorporó un programa de acción inmediata contra la exposición al plomo a su política de gestión de sustancias químicas. En 2020 instruyó a instituciones federales de salud y exhortó a otras a emplear un protocolo clínico para menores de quince años y mujeres embarazadas o lactantes. Medir, establecer un programa y aprobar un protocolo son pasos reales; la comparación de las encuestas no acredita todavía una caída de la exposición infantil. Prevenir exige identificar las fuentes, retirar los materiales peligrosos y publicar resultados que permitan comprobar avances. ¿Qué autoridades sanitarias y ambientales se harán responsables de esa vigilancia? ¿Con qué frecuencia informarán a las familias y a las escuelas? En el caso del barro vidriado, ¿quién garantizará a las personas artesanas esmaltes sin plomo que sean accesibles, seguros y útiles para su trabajo? La tradición no es la culpable. El problema está en el plomo del esmalte y en dejar a productores y consumidores sin una alternativa comprobada.
Al hablar de demencia hay que evitar otra trampa: sugerir que toda pérdida de memoria tiene una sola causa. Envejecer, la presión arterial, la salud vascular, la educación y muchas otras circunstancias intervienen en el riesgo. Precisamente por esa complejidad, vale la pena reducir aquello que sabemos tóxico. Nadie tiene que esperar una certeza imposible sobre cada enfermedad individual para impedir una exposición evitable.
La investigación estadounidense mira hacia atrás, hacia la gasolina que ardió cuando millones de personas eran niñas. En México, la medición repetida mostró que la exposición infantil seguía prácticamente en el mismo nivel en 2022. Son dos historias que se iluminan sin confundirse. Una pregunta por las consecuencias tardías; la otra exige explicar por qué no se ha reducido una exposición que todavía podemos prevenir.
Tal vez ésa sea la pregunta que una sociedad responsable debe hacerse frente a cualquier contaminante persistente: ¿en qué momento empieza a pagar el cuerpo una decisión que otros tomaron por él? A veces, de inmediato. A veces, cuando ya nadie recuerda quién autorizó el riesgo.
El plomo no tiene memoria. Nosotros sí deberíamos tenerla.
