LAS PRESAS MEDIO LLENAS Y LA MEMORIA CASI VACÍA
BITÁCORA INQUIETA
Sinaloa cerró el 24 de septiembre con 8,864.2 millones de metros cúbicos almacenados, equivalentes al 52.7% de su capacidad de conservación. Es una recuperación que merece celebrarse, pero no una licencia para olvidar que el agua continúa distribuida de manera desigual y que cada litro de hoy ya tiene comprometido su mañana.
Jesús Octavio Milán Gil
En Sinaloa hemos aprendido a mirar el cielo como quien espera una respuesta.
Durante meses levantamos la vista buscando nubes, seguimos la trayectoria de cada tormenta y convertimos el nivel de las presas en una conversación cotidiana. El agua dejó de ser un asunto exclusivo de técnicos, agricultores o funcionarios: entró a las casas, las escuelas, los mercados y la preocupación de las familias. Cuando escasea, descubrimos de golpe que casi todo lo que somos depende de ella.
El reporte correspondiente al 24 de septiembre de 2026 ofrece, por fin, una imagen menos angustiosa. Las trece presas consideradas en los sistemas Sinaloa y Baluarte-Presidio almacenaban en conjunto 8,864.2 hectómetros cúbicos —la misma cantidad en millones de metros cúbicos—, equivalentes al 52.7% de su capacidad al Nivel de Aguas Máximas Ordinarias.
Los datos proceden del reporte de la Comisión Nacional del Agua, presentado y sistematizado por el Dr. Jesús Enrique López Avendaño, de la Facultad de Agronomía de la Universidad Autónoma de Sinaloa, con información disponible al 24 de septiembre.
La cifra es alentadora. Después de temporadas en que vimos retroceder los embalses hasta descubrir tierras agrietadas, antiguos caminos y restos de poblaciones que el agua había ocultado, superar la mitad de la capacidad parece un respiro. Y lo es. Pero un respiro no es todavía la curación.
El promedio, como sucede tantas veces, cuenta una verdad y al mismo tiempo esconde varias.
El sistema de presas de Sinaloa propiamente dicho se encontraba al 49.8%, con 7,809.7 millones de metros cúbicos. En cambio, Baluarte-Presidio alcanzaba 93.1%, con 1,054.5 millones. Es decir, mientras el sur del estado presenta vasos muy recuperados, las grandes reservas que sostienen buena parte de la agricultura sinaloense continúan alrededor de la mitad de su capacidad.
Picachos aparecía al 101% de su NAMO, lo cual significa que rebasaba ligeramente su nivel ordinario de conservación, sin que ese porcentaje, por sí solo, permita concluir que existía una situación de emergencia. Santa María se encontraba al 89.9%; Eustaquio Buelna, también al 89.9%, y El Salto, al 85%. Son datos que hablan de lluvias generosas en determinadas cuencas. Sin embargo, en el otro extremo, la Josefa Ortiz de Domínguez apenas registraba 15.3%; Miguel Hidalgo, 27.3%, y Juan Guerrero Alcocer, 33.3%.
Entre una presa que rebasa su nivel ordinario y otra que no alcanza siquiera una tercera parte cabe toda la geografía del agua en Sinaloa.
También están los gigantes, cuya situación merece una lectura cuidadosa. Huites almacenaba 2,329 millones de metros cúbicos, el 72.7%. Bacurato llegaba al 60.7%. El Varejonal se ubicaba en 40.6%; El Comedero, en 47.2%, y Sanalona, en 70.3%. Cada porcentaje tiene detrás un territorio diferente, una cuenca, una superficie de riego, comunidades, cultivos y decisiones que no pueden resolverse con una sola cifra estatal.
Por eso sería un error anunciar que el problema del agua está resuelto. Las presas no son vasos colocados sobre una mesa que puedan comunicarse a voluntad. El agua acumulada en una región no necesariamente puede trasladarse hacia otra donde hace falta. Una presa llena en el sur no elimina automáticamente las restricciones agrícolas del norte ni garantiza por sí sola el abastecimiento futuro del centro del estado.
Además, el agua almacenada no es agua disponible en su totalidad. Deben considerarse los volúmenes destinados al consumo humano, al riego, al equilibrio ambiental, a la generación de energía y a la seguridad de las propias obras. También cuentan la evaporación, la sedimentación, las pérdidas en los canales y la incertidumbre de la próxima temporada de lluvias. La aritmética hidráulica nunca es tan sencilla como restar lo que sale de lo que entra.
Sinaloa conoce bien esta lección. Nuestra grandeza agrícola fue construida alrededor de ríos, presas, canales y distritos de riego. El agua transformó los valles y permitió que una tierra de lluvias irregulares se convirtiera en uno de los principales graneros y proveedores de alimentos de México. Lo que ocurra con las presas sinaloenses no se queda en Sinaloa: termina reflejándose en la superficie sembrada, el empleo rural, la disponibilidad de granos y hortalizas y, finalmente, en los precios que pagan las familias mexicanas. Pero aquel modelo nació en otra época, bajo condiciones demográficas y climáticas diferentes. Hoy necesita eficiencia, medición y responsabilidad.
No basta con pedirle más agua al cielo si seguimos perdiéndola en la tierra.
Hay canales que requieren rehabilitación y tecnificación; parcelas donde todavía puede mejorarse el riego; redes urbanas con fugas persistentes; cultivos cuya rentabilidad debe evaluarse también por su demanda hídrica, y ciudades que actúan como si abrir la llave fuera un derecho desligado de cualquier obligación. La cultura del agua suele aparecer durante la sequía y desaparecer con la primera tormenta. Ese olvido es otra forma de desperdicio.
A eso me refiero cuando hablo de una memoria casi vacía. No es la memoria de las presas, sino la nuestra: durante la sequía aprendemos a cuidar cada litro, pero apenas regresan las lluvias comenzamos a olvidar las fugas, el desperdicio y las decisiones aplazadas. Los embalses pueden recuperar su nivel en una temporada; la conciencia colectiva, en cambio, parece vaciarse con una rapidez preocupante.
Tampoco se trata de enfrentar a la ciudad con el campo. El consumo humano es prioritario y la agricultura es indispensable. Sin agua en los hogares no hay vida digna; sin agua para producir alimentos tampoco hay seguridad alimentaria ni economía. El verdadero desafío consiste en asignarla mediante reglas claras, información pública, criterios técnicos y vigilancia social, sin convertir cada ciclo agrícola en una negociación de emergencia.
Las autoridades deben explicar cuánto volumen es realmente utilizable, qué superficie puede sembrarse sin comprometer el abasto, qué cultivos son sostenibles en cada distrito y cuánto líquido se pierde antes de llegar a las parcelas.
Los módulos de riego deben rendir cuentas. Los productores necesitan certidumbre, apoyos para tecnificar y decisiones oportunas. Los ciudadanos, por nuestra parte, debemos abandonar la cómoda costumbre de exigir eficiencia al campo mientras toleramos la fuga doméstica, la banqueta lavada con manguera o el jardín regado a mediodía.
El dato de 52.7% debe recibirse con serenidad. No es una catástrofe, pero tampoco representa una abundancia que permita bajar la guardia. Es una reserva valiosa después de años difíciles; un capital natural que debe administrarse para atravesar el próximo ciclo, no una invitación a gastar como si la siguiente temporada estuviera garantizada.
En el laboratorio aprendí que una cifra aislada dice poco si no conocemos las condiciones en que fue obtenida. Con el agua ocurre lo mismo. El promedio estatal mejora, pero la distribución revela vulnerabilidades. Hay presas vigorosas, otras a media capacidad y algunas todavía en niveles preocupantes. La fotografía completa exige mirar cada cuenca, no solamente el número grande colocado al pie del mapa.
Quizá la enseñanza más importante de esta temporada sea sencilla: la lluvia puede aliviar una crisis, pero no sustituye una política hídrica.
Las nubes hicieron su parte. Ahora corresponde a los gobiernos, agricultores, organismos operadores y ciudadanos hacer la nuestra. Medir mejor, reparar, tecnificar, transparentar y ahorrar no son consignas reservadas para los años secos; son obligaciones permanentes en un estado cuya economía y vida cotidiana dependen del agua.
Hoy las presas de Sinaloa están, en conjunto, un poco más que a la mitad.
La pregunta no es solamente cuánto logramos almacenar, sino cuánto tiempo seremos capaces de conservarlo y qué futuro decidiremos sembrar con esa agua.
Porque una presa medio llena puede ser una buena noticia.
Lo peligroso sería volver a tener la memoria casi vacía.
