José Luis Parra

 

Todavía no arranca formalmente la carrera por 2027 y en la pista ya se escuchan rechinar los frenos, rugir los motores y, sobre todo, crujir las alianzas. La política mexicana tiene esa mala costumbre de anunciarse como ciencia de Estado y terminar actuando como mercado ambulante: todos regatean, todos presumen fuerza y casi nadie enseña la mercancía completa.

El PAN, por ejemplo, ya sacó el discurso de la pureza. Jorge Romero insiste en que su partido debe ir sin alianzas, con la bandera de la identidad propia y la promesa de abrirse a la ciudadanía. Muy bonito el empaque. El problema es que una cosa es la doctrina en la dirigencia nacional y otra la realidad en los estados, donde varios panistas ya entendieron que enfrentar a Morena con romanticismo opositor puede ser una forma muy elegante de perder. Romero ha sostenido esa línea en semanas recientes, particularmente al hablar de Nuevo León.

Y ahí aparece la primera cirugía sin anestesia: en política, quien no entiende la geografía electoral termina dando discursos nacionales para sepultar derrotas locales. Nuevo León no es Sonora. Chihuahua no es Querétaro. San Luis Potosí no cabe en el mismo molde que la capital del país. Pero en los partidos mexicanos todavía hay dirigentes que creen que una sola receta sirve para todos los pacientes. Luego vienen las hemorragias.

Del otro lado, Morena hace lo que mejor sabe hacer cuando percibe ruido interno: reorganizar el mando, mover piezas y vender la maniobra como si se tratara de un acto de unidad. El nombramiento de Citlalli Hernández al frente de la Comisión Nacional de Elecciones no es un trámite burocrático; es el reconocimiento de que la elección de 2027 ya empezó dentro del propio oficialismo y de que alguien tiene que sentarse a apagar incendios con PT y PVEM antes de que la casa huela a ruptura. La propia dirigencia morenista le encargó el seguimiento de las alianzas rumbo a 2027.

Morena, pues, no se está fortaleciendo: se está blindando. Que no es lo mismo.

Porque cuando un partido en el poder habla tanto de unidad, normalmente es porque ya escuchó demasiado el ruido de las costuras. Y si encima en la ecuación aparece Andy López Beltrán, con el desgaste que arrastra su nombre, sus polémicas y los costos políticos de una operación territorial que no ha resultado infalible, entonces el problema no es sólo de organización. También es de lastre.

Mientras tanto, el Verde hace lo que siempre ha sabido hacer con notable eficacia: cobrar caro su amor. En San Luis Potosí ya dejó claro que, si Morena decide jugar a la superioridad moral con el tema del nepotismo o pretende vetar perfiles competitivos, entonces el PVEM puede ir solo y medir fuerza propia. Karen Castrejón, Manuel Velasco y la propia Ruth González han empujado esa idea en días recientes: el Verde no quiere llegar a 2027 como comparsa, sino como socio que amenaza con pararse de la mesa si no lo tratan con respeto.

Traducido al castellano político: no están discutiendo principios, están discutiendo precio.

Y eso vuelve especialmente interesante el tablero. Porque mientras el PAN debate si puede sobrevivir sin coaliciones, Morena intenta impedir que sus aliados le cobren factura por adelantado y el Verde presume que ya no necesita permiso para jugar solo. Todos están hablando de músculo. Todos están enseñando encuestas. Todos están vendiendo fortaleza. Señal inequívoca de que todos, en el fondo, traen miedo.

También empiezan los destapes, esa costumbre tan mexicana de disfrazar una campaña anticipada con nombres creativos, cargos territoriales o ejercicios de “posicionamiento”. Nadie dice “ya empezó”, pero todos actúan como si la boleta ya estuviera imprimiéndose. Y ahí está el verdadero mensaje: 2027 no será una elección de estructuras solamente, sino de fracturas. Ganará no necesariamente el más fuerte, sino el que llegue menos roto.

Porque ése es el punto. La oposición no necesita únicamente unirse; necesita decidir para qué se uniría. Y el oficialismo no necesita únicamente disciplina; necesita evitar que sus aliados le recuerden que la suma no siempre es automática. En política, como en cirugía, no basta con que el paciente siga respirando. Hay que revisar si la infección ya se extendió.

Hoy todos se dicen listos. Todos se asumen competitivos. Todos juran que tienen con qué. Perfecto. Entonces que empiece el examen real.

Ya veremos cuántos partidos quieren alianza por convicción.

Y cuántos la quieren sólo porque solos les da frío.

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