¿CUÁLES LOGROS?
BITÁCORA INQUIETA
Cuando la política pide aplausos, la ciudadanía tiene derecho a pedir cuentas
JESÚS OCTAVIO MILÁN GIL
A las primeras horas de la mañana apareció en mi teléfono celular un mensaje breve, directo y políticamente optimista:
“LA HONESTIDAD DA RESULTADOS, CELEBREMOS LOS LOGROS DE LA PRESIDENTA CLAUDIA SHEINBAUM A 2 AÑOS DE NUESTRO TRIUNFO. DOM 31, 10 AM EXPLANADA EDIF. DE GOBIERNO.”
Los mensajes políticos suelen durar unos segundos en la pantalla de un teléfono.
Las preguntas que provocan pueden durar años.
Porque cada generación termina enfrentando la misma disyuntiva:
creer en la propaganda,
creer en la oposición,
o creer en los hechos.
Y la historia demuestra que, tarde o temprano, siempre terminan imponiéndose los hechos.
Lo leí una vez.
Y luego me detuve en una frase.
“Celebremos los logros.”
Entonces surgió una pregunta tan simple como legítima.
¿Cuáles logros?
No como consigna.
No como ataque.
No como descalificación.
Sino como ejercicio elemental de ciudadanía.
Porque en una democracia madura los gobernantes tienen derecho a presumir sus resultados, pero los ciudadanos tienen el deber de preguntar cuáles son.
Los gobiernos no se evalúan por discursos.
Se evalúan por resultados.
Por cifras.
Por hechos.
Por la manera en que cambia —o no cambia— la vida cotidiana de las personas.
Quienes respaldan al actual gobierno suelen señalar avances concretos.
Hablan del fortalecimiento de los programas sociales.
Del incremento sostenido al salario mínimo.
De la continuidad de las pensiones para adultos mayores.
De las becas educativas.
De la inversión en infraestructura estratégica.
De la estabilidad económica que ha permitido mantener bajos niveles de desempleo en comparación con otras épocas.
También mencionan la llegada de inversiones extranjeras derivadas del fenómeno de relocalización industrial que vive América del Norte.
Y tienen razón en señalar esos elementos.
Existen.
Son medibles.
Forman parte de la realidad.
Pero una democracia sana no termina ahí.
Porque también existe otra realidad.
La de las familias que siguen viviendo bajo el miedo de la violencia.
La de las comunidades que observan desaparecer comercios por la inseguridad.
La de los hospitales donde aún persisten carencias.
La de quienes consideran insuficiente el crecimiento económico para mejorar sus condiciones de vida.
La de quienes creen que algunos problemas estructurales del país permanecen prácticamente intactos.
Y ellos también tienen derecho a señalarlo.
Porque gobernar no significa administrar únicamente los éxitos.
También implica asumir los pendientes.
La política moderna suele caer en una tentación peligrosa.
Convertir toda crítica en traición.
Y convertir todo apoyo en obediencia.
Pero la democracia funciona exactamente al revés.
La crítica fortalece.
La pregunta fortalece.
La rendición de cuentas fortalece.
Un gobierno seguro de sus resultados no teme a las preguntas.
Las responde.
Las documenta.
Las demuestra.
Las convierte en evidencia.
Por eso, cuando una convocatoria pública invita a celebrar logros, la pregunta ciudadana no debería interpretarse como una agresión.
Debería interpretarse como una oportunidad.
Una oportunidad para presentar balances.
Para comparar indicadores.
Para mostrar avances.
Para reconocer errores.
Para explicar pendientes.
Porque los gobiernos pasan.
Las instituciones permanecen.
Y la memoria histórica termina siendo mucho más exigente que cualquier oposición.
Dentro de veinte años nadie recordará los aplausos de una concentración política.
Pero sí recordará si el país fue más seguro.
Si fue más próspero.
Si fue más justo.
Si redujo la pobreza.
Si fortaleció la educación.
Si mejoró la salud pública.
Si consolidó el Estado de derecho.
Al final, la historia suele ser mucho menos ideológica que los políticos.
Y mucho más objetiva.
Por eso la pregunta sigue siendo válida.
No importa quién gobierne.
No importa el partido.
No importa la época.
Cada vez que el poder convoque a celebrar, la ciudadanía conserva un derecho irrenunciable:
Preguntar qué se logró, cuánto se logró y para quién se logró.
Porque la democracia no se alimenta de aplausos.
Se alimenta de respuestas.
Porque los gobiernos necesitan simpatizantes.
Pero las repúblicas necesitan ciudadanos.
Y un ciudadano no es quien aplaude.
Es quien pregunta.
Epílogo
La honestidad es una virtud indispensable en el ejercicio del poder.
Pero la honestidad, por sí sola, no constituye un resultado.
Los resultados se miden en seguridad, salud, educación, empleo, crecimiento económico y bienestar.
Y esos, precisamente esos, son los datos que los ciudadanos tienen derecho a conocer cuando se les invita a celebrar.
Frase de Bitácora Inquieta:
La democracia comienza cuando una sociedad aprende a preguntar antes de aplaudir.

