BITÁCORA INQUIETA
La crisis del ingreso a la UNAM reveló algo más profundo que las irregularidades de una evaluación: una generación que aprendió a competir por oportunidades que el país todavía no ha construido en cantidad suficiente.
Jesús Octavio Milán Gil
Hay derrotas que caben en una pantalla.
Un joven escribe su número de folio.
Una muchacha vuelve a revisar los datos porque teme haberse equivocado.
Una madre espera detrás.
Un padre pregunta desde otra habitación:
—¿Ya salió?
Durante meses hubo libros abiertos sobre la mesa, simuladores de examen, apuntes, noches de estudio, fines de semana sacrificados y una palabra repitiéndose en las conversaciones familiares:
UNAM.
Para miles de jóvenes mexicanos, esas cuatro letras representan mucho más que una universidad.
Representan una posibilidad.
La oportunidad de estudiar medicina, derecho, ingeniería, arquitectura, ciencias, filosofía.
La posibilidad de convertirse en el primer universitario de una familia.
Una puerta hacia otra vida.
Finalmente aparece el resultado.
Y algunas veces basta una frase para modificar el paisaje:
No seleccionado.
Entonces llegan las explicaciones.
Faltaron puntos.
La carrera tuvo demasiada demanda.
El puntaje aumentó.
Había demasiados aspirantes.
Pero detrás de todas esas respuestas existe otra que pocas veces pronunciamos con suficiente claridad:
no había lugar para todos.
Y quizá allí comienza la verdadera historia.
Porque la crisis del proceso de admisión de la Universidad Nacional Autónoma de México en 2026 no termina en una computadora.
Comenzó con un examen digital sometido a cuestionamientos.
Pero detrás de la tecnología permanece un problema mucho más antiguo que cualquier plataforma:
la enorme distancia entre quienes quieren entrar y los lugares disponibles.
Por primera vez, el examen para ingresar a licenciatura mediante Concurso de Selección se realizó completamente en línea.
La UNAM informó que utilizó mecanismos tecnológicos para verificar identidades, registrar conductas durante la evaluación y complementar la supervisión humana.
La intención tenía sentido: permitir que aspirantes de distintas regiones del país e incluso del extranjero pudieran presentar el examen sin trasladarse hasta una sede.
Pero aparecieron irregularidades.
La propia Universidad informó sobre exámenes bloqueados, comportamientos atípicos y conductas contrarias a las reglas establecidas.
Posteriormente confirmó que aproximadamente dos por ciento de quienes presentaron la evaluación vieron cancelado su proceso de ingreso por incumplimientos a la convocatoria y a la Legislación Universitaria.
Y ocurrió algo todavía más grave.
El 3 de julio, la UNAM presentó una denuncia penal ante las autoridades competentes por posibles prácticas ilegales de personas y empresas que, según la institución, engañaron a familias y ofrecieron servicios fraudulentos relacionados con la presentación del examen.
Las dudas no desaparecieron.
El rector Leonardo Lomelí ordenó entonces elaborar un informe detallado e integrar una Comisión Técnica de especialistas para revisar el procedimiento, los datos y los resultados.
Después fueron suspendidas provisionalmente las inscripciones de primer ingreso.
Finalmente, la Comisión recomendó aplicar un examen de control presencial y con supervisión humana a determinados aspirantes conforme a los criterios establecidos por la propia Universidad.
Hay aquí una precisión indispensable.
La Comisión dejó claro que ser convocado a ese examen no presupone que el aspirante haya cometido una falta.
Su propósito es verificar resultados y recuperar certeza, objetividad, equidad e imparcialidad.
La distinción es fundamental.
Porque una anomalía estadística jamás debería convertirse automáticamente en una acusación individual.
Quien hizo trampa debe responder.
Quien vendió mecanismos fraudulentos debe ser investigado.
Quien presentó honestamente su examen merece que su esfuerzo sea protegido.
Y la UNAM tiene la obligación de garantizar que todos compitan bajo las mismas reglas.
Hasta allí, la discusión parece clara.
Pero quedarnos solamente en el fraude sería observar el incendio sin preguntarnos por qué el terreno estaba tan seco.
Porque detrás de la controversia aparece una cifra que debería inquietarnos tanto como las irregularidades.
Para el Concurso de Selección de Ingreso a Licenciatura 2026 se inscribieron 191 mil 306 aspirantes.
Presentaron efectivamente el examen 158 mil 712.
Los lugares previstos mediante esa vía eran 21 mil 962.
Detengámonos allí.
No hace falta inteligencia artificial.
No hace falta un algoritmo.
No hace falta una comisión técnica.
Basta una división.
Veintiún mil 962 lugares frente a 158 mil 712 sustentantes equivalen aproximadamente a 14 lugares por cada cien personas que presentaron el examen.
Dicho de otra manera:
alrededor de 86 de cada cien aspirantes no obtendrían un lugar mediante ese Concurso de Selección.
Y en ese instante el examen cambia de significado.
Porque deja de ser solamente un instrumento para medir conocimientos.
También se convierte en un mecanismo para administrar escasez.
Conviene hacer inmediatamente una precisión.
Quedar fuera de ese concurso no significa necesariamente quedarse fuera de la educación superior.
Tampoco significa que la UNAM reciba solamente 21 mil 962 estudiantes de primer ingreso.
La Universidad había previsto para este ciclo 50 mil 113 alumnos de nuevo ingreso a licenciatura: 21 mil 962 mediante Concurso de Selección y 28 mil 151 mediante Pase Reglamentado.
Además existen el Instituto Politécnico Nacional, la Universidad Autónoma Metropolitana, universidades públicas estatales, tecnológicos, universidades interculturales, instituciones privadas y distintas modalidades educativas.
Muchos jóvenes encontrarán otras puertas.
Otros volverán a intentarlo.
Algunos modificarán su elección profesional.
Y habrá quienes descubran oportunidades mejores de las que originalmente imaginaron.
Pero esa precisión no elimina el problema.
Lo coloca exactamente donde debe estar.
Porque entonces la pregunta deja de ser:
¿por qué la UNAM no acepta a todos?
Ninguna universidad puede hacerlo.
Toda institución tiene límites físicos, financieros, académicos y docentes.
La verdadera pregunta es otra:
si la UNAM no puede recibirlos a todos —y razonablemente no puede hacerlo—, ¿dónde están las suficientes alternativas públicas, accesibles y de calidad capaces de absorber esa demanda?
Ahí aparece el verdadero examen.
Y esta vez quien está sentado frente a la hoja de respuestas no es el estudiante.
Es México.
Sería injusto afirmar que el país no ha avanzado.
Durante décadas se construyeron universidades, tecnológicos y nuevos campus.
Crecieron las modalidades abiertas y a distancia.
Millones de jóvenes que hace medio siglo difícilmente habrían imaginado llegar a la educación superior hoy pueden hacerlo.
La propia UNAM incrementó para este ciclo su matrícula prevista de nuevo ingreso.
México ha avanzado.
Pero progreso no significa suficiencia.
Y existe una razón poderosa para que tantos jóvenes sigan buscando un lugar universitario.
La OCDE reporta que en México las personas con educación terciaria obtienen, en promedio, ingresos 56 por ciento superiores a quienes tienen como máximo educación media superior.
La universidad continúa siendo, por tanto, uno de los grandes elevadores de movilidad económica y social.
Por eso la multitud frente a sus puertas no debería sorprendernos.
No estamos observando simplemente jóvenes obsesionados con obtener un título.
Estamos viendo a una generación buscando herramientas para construir su futuro.
Y allí aparece una de las contradicciones más profundas de nuestra educación.
Desde niños les decimos:
Estudia.
Prepárate.
Esfuérzate.
No abandones la escuela.
Obtén buenas calificaciones.
Compite.
Durante años repetimos ese mensaje.
En las casas.
En las aulas.
En los discursos gubernamentales.
Les decimos que la educación transforma vidas.
Y es verdad.
Pero cuando finalmente miles de esos jóvenes llegan a la puerta de una de las universidades públicas más importantes del país descubren algo que nadie les explicó suficientemente:
la puerta es mucho más pequeña que la multitud.
Entonces aparece una palabra especialmente cruel.
Rechazado.
Quizá deberíamos utilizarla con mayor cuidado.
Porque parece depositar sobre los hombros del estudiante toda la responsabilidad.
Rechazado parece significar:
no fuiste suficientemente bueno.
Pero cuando 158 mil 712 personas presentan un examen para competir por 21 mil 962 lugares, la realidad es bastante más compleja.
Muchos jóvenes capaces necesariamente quedarán fuera de esa vía.
No porque carezcan de talento.
No porque sean incapaces de convertirse en excelentes profesionistas.
No porque hayan desperdiciado sus años de estudio.
Sino porque existen muchos más aspirantes que lugares.
Imaginemos cien jóvenes frente a una universidad.
Todos terminaron el bachillerato.
Todos quieren continuar estudiando.
Todos presentan el examen.
Hay aproximadamente catorce lugares disponibles mediante esa vía.
Catorce entrarán.
Los demás tendrán que buscar otra puerta.
Podemos construir entonces el examen más sofisticado del mundo.
Instalar reconocimiento facial.
Inteligencia artificial.
Cámaras.
Micrófonos.
Sistemas biométricos.
Algoritmos capaces de detectar movimientos sospechosos.
Podemos blindar cada computadora.
Pero ninguna tecnología puede resolver una ecuación elemental:
158 mil 712 aspirantes no caben en 21 mil 962 lugares.
Ese problema no se resuelve con software.
Se enfrenta con política educativa.
Con presupuesto.
Con profesores.
Con laboratorios.
Con bibliotecas.
Con universidades regionales.
Con conectividad.
Con investigación.
Con carreras vinculadas al desarrollo científico, tecnológico y económico del país.
Y, sobre todo, con instituciones capaces de ofrecer calidad más allá de las grandes universidades históricas.
Porque México no necesita simplemente más lugares.
Necesita más lugares buenos.
Abrir universidades sin profesores suficientes, laboratorios, investigación, bibliotecas, infraestructura y presupuesto no resuelve la desigualdad.
Solamente cambia su apariencia.
Formar un médico no consiste en habilitar una cuenta dentro de una plataforma.
Formar ingenieros exige laboratorios.
Formar científicos exige investigación.
Formar profesionales exige docentes preparados, instalaciones, tecnología y tiempo.
Por eso ampliar cobertura destruyendo calidad sería otra forma de engañar a los jóvenes.
El verdadero desafío puede resumirse en cinco palabras:
crecer sin empobrecer la educación.
Y quizá allí la crisis de la UNAM pueda convertirse, paradójicamente, en una oportunidad.
Porque mientras discutimos quién hizo trampa, qué ocurrió con el examen y cómo deberán organizarse las próximas evaluaciones, podríamos atrevernos a formular una pregunta mucho más grande:
¿por qué existe semejante presión sobre unas cuantas universidades públicas?
Parte de la respuesta está en su prestigio.
Parte en su historia.
Parte en su calidad académica.
Pero existe otra razón:
para millones de familias mexicanas, una universidad pública continúa representando una de las pocas posibilidades de obtener educación superior sin convertir el proyecto profesional de un hijo en una carga económica imposible.
Por eso una convocatoria universitaria puede convertirse en un acontecimiento familiar.
Y por eso también la escasez importa.
No justifica el fraude.
Jamás.
Pero ayuda a comprender la presión que rodea la competencia.
Cuando una oportunidad es escasa y al mismo tiempo puede cambiar una vida, su valor aumenta extraordinariamente.
Entonces aparecen también quienes intentan comprarla.
Manipularla.
Venderla.
Robarla.
El fraude encuentra terreno fértil alrededor de aquello que muchos desean y pocos pueden obtener.
Combatir al tramposo es indispensable.
Pero creer que con eso hemos resuelto el problema sería confundir el síntoma con la enfermedad.
La UNAM deberá aprender de 2026.
Tendrá que revisar tecnologías.
Protocolos.
Modalidades de evaluación.
Mecanismos de supervisión.
Responsabilidades.
Y tendrá que recuperar plenamente la confianza de quienes participaron honestamente.
Pero el Estado mexicano también tiene algo que aprender.
Una nación que consigue que cada vez más jóvenes concluyan el bachillerato debe prepararse para recibir una presión creciente sobre la educación superior.
De otra manera ocurre una paradoja absurda:
celebramos que lleguen hasta la puerta y después nos sorprendemos porque quieren entrar.
Dentro de algunos días, en alguna casa mexicana, volverá a repetirse aquella escena.
Una computadora.
Un número de folio.
Una familia esperando.
Un muchacho frente a la pantalla.
Tal vez aparezca finalmente:
Seleccionado.
Habrá abrazos.
Lágrimas.
Fotografías.
Mensajes.
Una madre llamará a los abuelos.
Un padre dirá orgulloso:
—Entró a la UNAM.
Pero en muchos otros hogares aparecerá otra respuesta.
Y entonces tendremos que ser cuidadosos antes de pronunciar la palabra fracaso.
Porque algunas veces no fracasa quien toca la puerta.
Fracasa el sistema que no construyó suficientes puertas.
El fraude debe castigarse.
La trampa debe impedirse.
La UNAM debe blindar sus evaluaciones.
Pero México tiene pendiente una tarea mucho más difícil que diseñar una plataforma invulnerable:
construir suficientes oportunidades para la generación que le creyó cuando le dijo que estudiara.
Porque el verdadero fracaso educativo no comienza cuando un joven no logra entrar a la universidad.
Comienza cuando una generación estudia, se prepara, persevera y finalmente llega hasta la puerta que durante toda su vida le enseñamos a buscar…
sólo para descubrir que detrás de ella no construimos suficientes lugares.
Una nación no desperdicia talento solamente cuando sus jóvenes abandonan la escuela.
También lo desperdicia cuando llegan preparados hasta la puerta y descubren, demasiado tarde, que hicimos la puerta más pequeña que sus sueños.

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