“Es un 72% más probable que se enamore entre sí la gente que se conoce en los aeropuertos que la gente que se conoce en cualquier otro lugar”, sostiene Jennifer E. Smith en su libro “La probabilidad estadística del amor a primera vista”.

El dato intriga al visitar el Aeropuerto Internacional Felipe Ángeles, inaugurado hace varios días en Santa Lucía, Estado de México. ¿Será correcto? ¿Se convertirá este ex aeródromo militar en volátil nodriza de mil flechazos amorosos? ¿Tendrá el AIFA un destino demográfico inadvertido? ¿O esconde otros secretos igualmente humanos?

Desde lejos, la torre de control se yergue bella y elegante. La terminal de pasajeros es la de esperar en un aeropuerto algo grande, que no ostenta la franquicia de lujo Norman Foster®️ ni avasalla con la enormidad imponente del Beijing Daxing, pero es correcta para un emergente hub de transportación que, al menos en el corto y el mediano plazos, no será más que complementario para el viejo Benito Juárez de Ciudad de México, un buen alivio para la descongestión, como un licor decente.

A falta de autoridad técnica, sólo puedo acogerme a la del viajero que ha transcurrido por las salas de —en recuento veloz— al menos 114 aeropuertos de 55 países en todos los continentes. El que aprendió en propia piel que la auténtica y más espiritual felicidad aeroportuaria se busca en las posibilidades de pasar las horas de espera durmiendo en asientos o en el piso, el acceso a enchufes de electricidad y a internet, la disponibilidad de cambio de divisas o de cajeros automáticos, la oferta de bebidas y alimentos y las facilidades de transporte a la ciudad.

Todo esto en la áspera asepsia del aire de reciclaje y ojalá —implorando a las deidades del lugar— a precios no tan celestiales.

Smith añade a lo anterior la comparativamente favorable probabilidad de enamorarnos. Y otras personas me recordarán que, para ellas, los aeropuertos internacionales representan una apreciada oportunidad de hacer compras, de adquirir lo del país a un gozoso sobreprecio o mejor, encontrar las marcas globales que encontramos en todos los aeropuertos globales.

Marcas que, por cierto, en este momento no han llegado aún al Felipe Ángeles, como han señalado quienes creen que es vergonzoso inaugurar un aeropuerto en el cual despegan y aterrizan aviones, pero que carece de boutiques de lujo, se anuncia un Starbucks que no funciona y hay una señora sin stilettos que vende tlayudas.

Mundo aeropuerto

De lo básico, el transporte es la carencia más significativa. Hoy cuatro jóvenes de Guadalajara que se lanzaron a la aventura pionera de aterrizar en el AIFA descubrieron que no, las alternativas de movilización colectiva, fácil y asequible no están disponibles aún.

Desde arriba y afuera, la estación del Tren Suburbano se ve muy moderna y ya exhibe anuncios del servicio, pero no empezará a funcionar hasta septiembre de 2023.

El sistema de autobuses articulados Mexibús no los lleva directo a la capital sino que hay que recorrer tres de sus rutas, con transbordos en lugares de nombre extraño, antes de llegar a la estación Indios Verdes, en el extremo norte de una larga línea de Metro. Les sonó a horas de confusión en regiones desconocidas y peligrosas. Como alternativa, las amables vendedoras del servicio concesionado de taxis les plantearon pagar 680 pesos por llevarlos al centro, más 58 pesos de la cuota de autopista.

Pero esto eventualmente será otra anécdota del pasado. Como también la temprana falta de cajeros, cafeterías y boutiques. Sospecho que varios de los que critican que se haya inaugurado el aeropuerto sin estas comodidades, hubieran criticado una postergación de algunos meses sólo porque todavía no las hay, a pesar de que las capacidades fundamentales de aterrizaje y despegue ya estaban aseguradas.

Quienes por bola de cristal saben ya que el AIFA jamás recibirá certificaciones internacionales ni podrá realizar conexiones aéreas, se quejan también por que en los locales comerciales no hay más que anuncios de “se renta”, pues las duty free shops en plena actividad son indiscutiblemente tan imprescindibles como las pistas. ¿Se harán presentes algún día Dior, Gucci, Hermès, Vuitton y Prada para satisfacer el consumismo de los que tienen y las ilusiones de los que no?

Quinametzin

“A final de cuentas, las tiendas de aeropuerto todavía son parte de la cultura nacional; pero una parte sin riesgos, atenuada y totalmente adaptada al consumo global. Para el viajero que termina su viaje, son como un hogar a medio camino, menos interesante y menos atemorizante que el resto del país”.

No soy fan del escritor Michel Houellebecq, pero este párrafo de su novela “Plataforma”, explica la desazón de cierto tipo de pasajero ante los locales sin rentar del AIFA, entre los que busqué sin éxito la pronosticada anunciación de lo romántico. O al menos un secreto, una señal de lo que necesitamos los viajeros.

Pero no estaba adentro, sino en el exterior del aeropuerto.

Y rompe con todo lo que he aprendido en recintos similares de todo el mundo, reviviendo una necesidad largo tiempo olvidada.

Hasta hace no muchas décadas se reivindicaban la plaza, el mercado al aire libre, el ágora bajo el cielo donde se hacían el baile, el intercambio, la política. El capitalismo de posguerra ha venido eliminando los espacios abiertos para sustituirlos con los entornos enclaustrados del centro comercial, el mall, el colorido laberinto de la compra sin fin.

 “Tengo la corazonada de que el mundo se parecerá cada vez más a un aeropuerto”, dice Houellebecq: ámbitos sin definiciones locales, sin particularidades de la identidad.

¿Cómo han disminuido mi espíritu los aeropuertos que de ellos sólo pido un piso frío, un cajero automático y un restaurante para poder malgastar el dinero que retiré, aspirando aire de reciclaje?

Pero tal vez, el AIFA trata de parecerse más al mundo. En el nivel inferior, saliendo de la terminal de pasajeros, hay una zona peatonal, con partes ajardinadas y, al fondo, un monumento a los ingenieros militares, o a les ingenieres, diríamos entre amigues, porque da la impresión de que las personas de uniforme verde que idearon este lugar están al día en el debate sobre la correcta visibilización de las mujeres, pues las estatuas representan a un hombre y a una mujer militares, colaborando en aparente condición de igualdad.

Así que en el Felipe Ángeles se puede salir a caminar tranquilamente, hay césped para recostarse, y ¡aire fresco para respirar! Parece tonto celebrarlo, pero en tantos años de ir y venir por aeropuertos, nunca he respirado aire fresco porque no hay donde hacerlo, nadie piensa en que la gente viajante puede necesitar algo tan sencillo. Y sin tener que pagar por ello.

Muy cerca, además, hay cultura. Y también es gratis. Un tren presidencial, un tren militar, un Museo de la Aviación y una colección de hallazgos arqueológicos de la zona: “Tierra de Gigantes Quinametzin”, donde guardan el esqueleto completo de un mamut de nueve metros de altura, cráneos humanos y osamentas de perezosos, caballos, tigres y osos de cuando este árido territorio era un sistema lacustre, en la no tan remota antigüedad.

Ahora descubro que no es inevitable aburrirse o gastar tontamente en una espera de aeropuerto.

Todavía más desconcertante es que el techo del estacionamiento no es todavía más espacio para carros, como mandan los cánones, sino que es una plaza pública. Una plaza. Y pública.

Los locales sin rentar del interior algún día estarán rentados y con suerte, quienes la necesiten encontrarán en ellos la homogénea globalidad comercial, pero otros podremos escapar por las rampas del nivel superior a la plaza, al sol, al viento, con una vista amplísima hacia los espectaculares aterrizajes y despegues de aeronaves. E imagino que también, eventualmente, a exposiciones, música, baile y eventos públicos, populares, que se podrán organizar ahí. Que acaso molestarán a los que conciben el aeropuerto como un cerco de separación de clases y exhibición del privilegio. Pero en el que encontrará un buen sitio cualquier persona. Como la señora de las tlayudas.

No sé si las probabilidades de enamorarse efectivamente son 72% más altas dentro de un aeropuerto, pero al aire libre, se multiplican por dos. Aunque rompan las matemáticas.

 

 

Con información de Milenio

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