BITÁCORA INQUIETA
Memoria de un monólogo… y de un maestro que aún no se ha ido
Jesús Octavio Milán Gil
Hay despedidas que no terminan una vida… sino una forma de sostener el mundo.
Hay recuerdos que no regresan: se quedan. Como si uno los siguiera viviendo sin darse cuenta.
El mío empieza en un salón de tercer grado, de la Escuela Primaria Gral. Antonio Rosales, en Costa Rica, Sinaloa, con un profesor que no enseñaba como los demás.
Se llamaba Nicéforo Morales. Pero para nosotros no era un nombre: era una forma de estar frente al mundo.
Aquel día no tenía nada de especial. O eso parecía.
El sol entraba como siempre por la ventana, los cuadernos abiertos, el murmullo leve de la clase intentando obedecer.
Entonces, sin anuncio, sin ceremonia, me lanzó la pregunta:
—¿Quieres participar en un monólogo para el homenaje del 5 de mayo?
No recuerdo haber pensado la respuesta. Solo sentí algo en el estómago… y dije que sí.
Porque hay invitaciones que no se entienden: se aceptan.
Después vino lo demás. El traje. El sombrero. Los lentes.
Pero no como lista… como historia.
Mi madre —que siempre encontraba la manera— consiguió el traje negro, apenas a la medida de lo posible.
El sombrero llegó por manos de la señora Tomasa, “la Güera de los sombreros”, como si el barrio también quisiera participar.
Y los lentes… los prestó “el primo”, el esposo de Tomasa, como se prestan las cosas importantes: sin pedirlas de vuelta.
Así se armó el personaje: “El abuelo”. No en una tienda, sino entre afectos.
Una tarde, el profesor me citó en su zapatería.
No en la escuela. Ahí, entre suelas, cajas y olor a cuero, donde la vida también enseñaba.
—Llévate un cuaderno y un lápiz —me dijo—, que la pluma es un lujo.
Y uno entendía… aunque no supiera explicarlo.
Llegué antes de la hora. Me senté. Esperé.
El profesor iba y venía, como si el tiempo no le alcanzara para todo lo que tenía que hacer.
Yo miraba en silencio. Aprendiendo… sin saber que estaba aprendiendo.
Cuando por fin se sentó frente a mí, no sacó ningún libro.
Sacó la memoria.
Y empezó a escribir.
Palabra tras palabra. Sin detenerse. Sin corregir. Como si lo que llevaba dentro ya estuviera dicho desde antes.
Las hojas del cuaderno “Polito” iban cayendo una tras otra. Yo apenas respiraba.
No entendía todo… pero sentía que aquello era importante.
Cuando terminó, me miró.
No era una mirada dura. Era una de esas miradas que te sostienen.
—Mañana vienes y te lo aprendes de memoria.
Así. Sin explicación.
Salí con el cuaderno en las manos y el mundo un poco más grande de lo que era antes.
Caminé hacia “Casa Milán”, la tienda de mi madre, donde todo parecía tener orden… aunque por dentro uno trajera un pequeño desorden nuevo.
Los días pasaron como pasan cuando uno espera algo: más lentos… y más intensos.
Ensayé. Me equivoqué. Volví a empezar.
Hasta que el papel dejó de ser papel y empezó a ser voz.
Llegó el 5 de mayo.
No como fecha… como escenario.
El traje apretaba. El sombrero se inclinaba apenas. Los lentes me cambiaban la cara.
Pero lo que de verdad me transformó fue el silencio antes de hablar.
Entonces empecé.
No como quien repite, sino como quien sostiene algo que no quiere dejar caer.
Hablé de Puebla. De 1862. Del Gral. Ignacio Zaragoza. De México, un país que resistía.
Pero no eran datos. Eran imágenes.
Hombres defendiendo lo suyo. Una tierra que no se rendía. Un orgullo que no cabía en las palabras.
Y en algún punto —sin darme cuenta— dejé de ser yo.
Fui el relato.
Fui la voz.
Fui, por primera vez, alguien capaz de sostener una historia frente a otros.
Cuando terminé, hubo aplausos.
Muchos. Fuertes.
Pero lo que más recuerdo no es el ruido.
Es lo que quedó después.
Cuando un maestro se va, el aula no queda vacía: queda llena de lo que ya no se puede repetir.
Ese fue mi primer monólogo.
Desde entonces, cada 5 de mayo no vuelve como fecha.
Vuelve como memoria.
Como ese niño que temblaba… pero no se bajó del escenario.
Como esa madre que siempre encontraba la forma.
Como ese maestro que nunca dejó de enseñar… ni siquiera cuando parecía que ya había terminado.
Porque hay maestros que dejan el aula… pero nunca terminan de irse.
La de aquellos maestros que todavía llamaban a sus alumnos por su nombre, con afecto verdadero, los que enseñaban disciplina sin humillar, que corregían sin destruir, que conocían el contexto familiar del alumno, que convertían el aula en refugio, no en trámite, la de quienes enseñaban más con el ejemplo que con los programas oficiales. La de quienes entendían que educar no era llenar formatos, sino tocar vidas.
Y tal vez ahí reside la diferencia entre un docente y un maestro.
El docente imparte clases. El maestro permanece.

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