José Luis Parra

 

El sistema de partidos en México no está en crisis: está en fase terminal. La diferencia no es menor. La crisis admite remedios; la agonía, apenas paliativos. Y lo que vemos hoy es a una clase política empeñada en administrar su propia decadencia, como si estirar la liga fuera lo mismo que fortalecerla. No lo es. La liga, cuando se rompe, no avisa.

Se rompió en la confianza, primero. Luego en la congruencia. Después en el bolsillo. Hoy los partidos son caros, desfachatados y —peor aún— previsibles. Se volvieron expertos en sobrevivir, no en representar. Y el ciudadano, que paga la factura, empieza a preguntarse por qué sigue financiando una estructura que no le devuelve ni resultados ni respeto.

Para que esto truene de verdad, no basta el enojo. Hace falta un movimiento de fondo. Uno de esos que no se anuncian, pero se sienten. Y ahí entra el viejo, incómodo, casi prohibido tema del Pacto Federal. Inequitativo, sí. Intocable, hasta ahora. Pero cada vez más cuestionado, sobre todo en el norte.

Porque hay algo que ya no cuadra. Estados que producen, exportan, generan empleo… y que reciben menos de lo que aportan. Y no es un reclamo nuevo, pero sí uno que empieza a tener dientes. Chihuahua puede ser la punta de lanza. Y si el poder ya decidió empujar la figura de Maru Campos hacia una precandidatura presidencial, entonces el tablero se mueve solo. O lo mueven.

La pregunta es si esa candidatura es consecuencia… o estrategia. Si es producto del momento o la jugada que lo explica todo. Porque mientras en el discurso se insiste en la centralización, en los hechos se incuban fuerzas que apuntan en sentido contrario. Nuevo León, Sonora, Baja California, Tamaulipas… no parecen muy cómodos financiando un esquema que los castiga por producir y premia la dependencia.

Claro, siempre está el argumento moral: hay que sostener al sur. Pero una cosa es solidaridad y otra, perpetuar el rezago. Cuando el equilibrio se rompe, deja de ser pacto y se convierte en carga.

En este escenario, hay un actor silencioso pero determinante: Estados Unidos. Su aparato de justicia, su capacidad de presión, su injerencia indirecta. Porque cuando aquí no pasa nada, allá suelen pasar cosas. Y esas cosas, tarde o temprano, terminan sacudiendo este lado de la frontera. La historia reciente no deja mentir.

Mientras tanto, el poder intenta lo de siempre: la caja china. Distracciones, cortinas de humo, narrativas diseñadas para ganar tiempo. Pero esta vez el truco viene fallando. La cortina ya no tapa: ahorca. Y en su desesperación por sostenerla, terminan exhibiendo el miedo que pretendían ocultar.

Tendrán que aflojar. Aunque sea un poco. Porque seguir tensando el sistema no lo fortalece, lo revienta. Y en ese intento, pueden terminar consolidando justo lo que no tenían previsto: una candidatura, un movimiento, o incluso una ruptura mayor.

El ambiente es raro. Denso. Como antes de una tormenta que nadie quiere nombrar pero todos sienten. Y cuando eso pasa en política, lo que sigue no suele ser gradual.

Tal vez estamos viendo los primeros síntomas de otra transformación. No la que se grita en discursos, sino la que se impone por necesidad. Una transformación menos cómoda, más incómoda. Más real.

Y esa, cuando llega, no pide permiso.

 

El sistema de partidos en México no está en crisis: está en fase terminal. La diferencia no es menor. La crisis admite remedios; la agonía, apenas paliativos. Y lo que vemos hoy es a una clase política empeñada en administrar su propia decadencia, como si estirar la liga fuera lo mismo que fortalecerla. No lo es. La liga, cuando se rompe, no avisa.

Se rompió en la confianza, primero. Luego en la congruencia. Después en el bolsillo. Hoy los partidos son caros, desfachatados y —peor aún— previsibles. Se volvieron expertos en sobrevivir, no en representar. Y el ciudadano, que paga la factura, empieza a preguntarse por qué sigue financiando una estructura que no le devuelve ni resultados ni respeto.

Para que esto truene de verdad, no basta el enojo. Hace falta un movimiento de fondo. Uno de esos que no se anuncian, pero se sienten. Y ahí entra el viejo, incómodo, casi prohibido tema del Pacto Federal. Inequitativo, sí. Intocable, hasta ahora. Pero cada vez más cuestionado, sobre todo en el norte.

Porque hay algo que ya no cuadra. Estados que producen, exportan, generan empleo… y que reciben menos de lo que aportan. Y no es un reclamo nuevo, pero sí uno que empieza a tener dientes. Chihuahua puede ser la punta de lanza. Y si el poder ya decidió empujar la figura de Maru Campos hacia una precandidatura presidencial, entonces el tablero se mueve solo. O lo mueven.

La pregunta es si esa candidatura es consecuencia… o estrategia. Si es producto del momento o la jugada que lo explica todo. Porque mientras en el discurso se insiste en la centralización, en los hechos se incuban fuerzas que apuntan en sentido contrario. Nuevo León, Sonora, Baja California, Tamaulipas… no parecen muy cómodos financiando un esquema que los castiga por producir y premia la dependencia.

Claro, siempre está el argumento moral: hay que sostener al sur. Pero una cosa es solidaridad y otra, perpetuar el rezago. Cuando el equilibrio se rompe, deja de ser pacto y se convierte en carga.

En este escenario, hay un actor silencioso pero determinante: Estados Unidos. Su aparato de justicia, su capacidad de presión, su injerencia indirecta. Porque cuando aquí no pasa nada, allá suelen pasar cosas. Y esas cosas, tarde o temprano, terminan sacudiendo este lado de la frontera. La historia reciente no deja mentir.

Mientras tanto, el poder intenta lo de siempre: la caja china. Distracciones, cortinas de humo, narrativas diseñadas para ganar tiempo. Pero esta vez el truco viene fallando. La cortina ya no tapa: ahorca. Y en su desesperación por sostenerla, terminan exhibiendo el miedo que pretendían ocultar.

Tendrán que aflojar. Aunque sea un poco. Porque seguir tensando el sistema no lo fortalece, lo revienta. Y en ese intento, pueden terminar consolidando justo lo que no tenían previsto: una candidatura, un movimiento, o incluso una ruptura mayor.

El ambiente es raro. Denso. Como antes de una tormenta que nadie quiere nombrar pero todos sienten. Y cuando eso pasa en política, lo que sigue no suele ser gradual.

Tal vez estamos viendo los primeros síntomas de otra transformación. No la que se grita en discursos, sino la que se impone por necesidad. Una transformación menos cómoda, más incómoda. Más real.

Y esa, cuando llega, no pide permiso.

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