EL PAÍS QUE EMPEZÓ A RESPIRAR POR TUBERÍAS
BITÁCORA INQUIETA
Gas natural, soberanía energética y la batalla silenciosa que ya se libra debajo de México
JESÚS OCTAVIO MILÁN GIL
Hay frases que parecen administrativas… hasta que el tiempo las convierte en profecías.
Sucede a veces en los países cansados.
Sucede cuando una nación habla de infraestructura, pero en realidad está hablando de miedo.
De futuro.
De dependencia.
De supervivencia.
Y quizá eso ocurrió cuando, en medio de la conferencia presidencial, alguien dijo casi con serenidad técnica:
—“Hoy vamos a hablar sobre los gasoductos, del plan para México de aquí a 2030”.
La frase pasó frente a millones de personas como pasan los anuncios que parecen hechos para ingenieros, economistas o funcionarios.
Pero debajo de aquellas palabras había algo más profundo.
Algo más peligroso.
Porque México ya no estaba hablando solamente de ductos.
Estaba hablando de cómo evitar apagarse.
Porque las civilizaciones modernas no mueren únicamente por guerras… también pueden colapsar por falta de energía.
Hubo un tiempo en que el país creyó que la soberanía nacía del petróleo.
Hubo varias etapas, pero el momento en que México convirtió al petróleo en símbolo central de la soberanía nacional ocurrió, sobre todo, el 18 de marzo de 1938, durante el gobierno de Lázaro Cárdenas del Río.
Ese día se decretó la histórica Expropiación Petrolera de México.
México expulsó el control de las compañías petroleras extranjeras —principalmente estadounidenses, británicas y neerlandesas— y nacionalizó la industria petrolera. Poco después nació PEMEX como empresa del Estado.
Pero la idea venía gestándose desde antes.
¿Por qué el petróleo se volvió “soberanía”?
Porque el petróleo dejó de ser solamente combustible y se convirtió en una declaración política:
México decía: “Nuestros recursos naturales no serán controlados desde el extranjero”.
En un país todavía marcado por la Revolución Mexicana, las invasiones extranjeras y la pérdida territorial del siglo XIX, aquello tuvo una carga emocional enorme.
La expropiación fue vista como:
* independencia económica,
* dignidad nacional,
* control estratégico del futuro,
* y resistencia frente a potencias extranjeras.
Por eso la soberanía petrolera terminó entrando al imaginario mexicano casi como una religión cívica del siglo XX.
El artículo 27: la raíz jurídica
La base ideológica nació incluso antes, con la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos de 1917.
El famoso artículo 27 estableció que:
* el subsuelo,
* los minerales,
* y los hidrocarburos
pertenecían originalmente a la nación.
Ahí nació jurídicamente la idea de que el petróleo era patrimonio colectivo y no simple mercancía.
El petróleo como identidad nacional
Durante décadas, especialmente entre 1940 y 1982:
* PEMEX fue símbolo de modernidad,
* el petróleo financió carreteras, escuelas y expansión estatal,
* y el nacionalismo energético se convirtió en discurso oficial permanente.
La narrativa era clara:
“México puede sostenerse por sí mismo porque tiene petróleo.”
Esa visión alcanzó su clímax en los años de José López Portillo, cuando el auge petrolero llevó a frases célebres como:
* “Hay que aprender a administrar la abundancia.”
Pero también ahí comenzó la otra cara:
* dependencia fiscal,
* endeudamiento,
* corrupción estructural,
* y vulnerabilidad energética.
Y quizá por eso hoy el país ya no habla únicamente de petróleo.
Ahora habla de:
* gas natural,
* redes eléctricas,
* litio,
* transición energética,
* y seguridad de suministro.
Porque la soberanía energética del siglo XXI ya no depende solo de lo que sale del subsuelo… sino de quién controla la energía que mantiene vivo al país.
El petróleo era patria líquida.
Era orgullo nacional.
Era el discurso encendido.
La expropiación convertida en mito fundacional.
Pero el mundo cambió sin pedir permiso.
Y un día la humanidad descubrió que ya no bastaba con tener petróleo.
Había que tener electricidad.
Y detrás de la electricidad moderna apareció el verdadero dueño silencioso del siglo XXI:
el gas natural.
Invisible.
Inodoro para la mayoría.
Sin romanticismo revolucionario.
Sin canciones patrióticas.
Pero sosteniendo hospitales, ciudades, fábricas, refrigeradores, semáforos, centros de datos y millones de aparatos que mantienen viva la rutina humana.
Porque mientras los discursos oficiales hablan de soberanía energética, la realidad avanza por debajo de la tierra con otra verdad menos cómoda:
México importa aproximadamente el 75% del gas natural que consume.
Y la mayor parte viene de Estados Unidos.
De Texas.
De ese territorio que para México ya no es solamente frontera, sino respiración energética.
Eso significa que la estabilidad eléctrica de millones de hogares mexicanos depende diariamente de decisiones tomadas fuera del país.
Una tormenta invernal en Texas puede convertirse en tarifas más caras en Monterrey.
Una crisis diplomática podría alterar cadenas industriales enteras.
Una falla en ductos estadounidenses puede sentirse en fábricas mexicanas que jamás han visto el desierto texano.
Y entonces uno comprende que la geopolítica moderna ya no entra con tanques.
Entra con suministro.
Con contratos.
Con válvulas.
Con ductos.
México depende hoy del gas natural para producir cerca del 60% de su electricidad.
Sesenta por ciento.
Más de la mitad del país iluminado por un combustible que casi nadie ve.
Y quizá ahí empieza la tragedia moderna:
dependemos más de lo invisible que de lo visible.
Porque ningún país descubre su dependencia energética en tiempos de calma.
La descubre cuando otro país controla la válvula.
Por eso el llamado “Plan México 2030” no es solamente un programa técnico.
Es un mapa de ansiedad nacional.
Y entonces aparecieron las cifras, frías y metálicas, como suelen aparecer las decisiones que terminan modificando el destino de los países.
El gobierno federal anunció una inversión de 140 mil 904 millones de pesos para expandir en 8.2% la red nacional de gasoductos hacia 2030.
La meta: pasar de los actuales 21 mil 149 kilómetros a 23 mil 289 kilómetros de extensión mediante la construcción de 11 nuevos tramos operados por la CFE y el Cenagas, además de 1,750 kilómetros adicionales y labores de mantenimiento estratégico.
Dicho de otro modo: México no solamente está construyendo ductos; está rediseñando la anatomía energética con la que intentará sobrevivir al siglo XXI.
Y detrás de cada kilómetro de acero enterrado parece esconderse la misma pregunta:
¿Qué tan libre puede ser un país que depende energéticamente de otro?
Porque los ductos modernos se parecen mucho a las antiguas rutas imperiales.
Solo que ahora el poder no viaja en barcos.
Viaja en moléculas.
El nuevo petróleo del siglo XXI no siempre se almacena en barriles: a veces circula en silencio bajo nuestros pies.
A veces el siglo XXI parece una enorme contradicción caminando sobre sí misma.
La humanidad habla de energías limpias mientras sigue necesitando combustibles fósiles para sobrevivir.
Los gobiernos prometen transición energética mientras construyen nuevas centrales alimentadas por gas natural.
Las conferencias internacionales hablan de descarbonización mientras el planeta entero continúa aumentando su demanda eléctrica.
Y México no escapa de esa paradoja.
Porque el país quiere crecer.
Industrializarse.
Digitalizarse.
Climatizar ciudades enteras bajo temperaturas cada vez más insoportables.
Pero todo eso necesita energía.
Mucha energía.
Y por ahora el gas natural sigue siendo el combustible capaz de sostener esa transición imperfecta.
Ahí reaparece el fantasma que divide científicos, ambientalistas, empresarios y políticos:
el fracking.
La fractura hidráulica vuelve a rondar discretamente el debate nacional como una tentación energética y al mismo tiempo como una amenaza ambiental.
Porque debajo de México podría existir una enorme riqueza gasífera.
Pero también un riesgo ecológico gigantesco.
Y entonces el país entra en una discusión moral disfrazada de discusión técnica:
¿Cuánto territorio está dispuesto a herir una nación para mantener encendida la luz?
Porque toda transición energética tiene algo de dilema moral: nadie quiere contaminar el futuro… pero todos quieren electricidad inmediata.
Tal vez el problema más grave sea que la mayoría de las personas todavía cree que la energía es un asunto lejano.
Algo de especialistas.
De oficinas.
De tecnócratas.
Hasta que llega el apagón.
Hasta que sube el recibo.
Hasta que el calor convierte las ciudades en hornos.
Hasta que una fábrica detiene producción.
Hasta que colapsa el aire acondicionado en un hospital.
Entonces entendemos que la energía no es solamente economía.
Es estabilidad emocional colectiva.
Es gobernabilidad.
Es vida cotidiana.
Europa ya descubrió su fragilidad energética con la Guerra ruso-ucraniana.
Cuba vive apagones que parecen escenas de otro siglo.
California teme cada verano que sus redes eléctricas no resistan el calor.
Y México sabe —aunque pocas veces lo diga en voz alta— que el verdadero desafío rumbo a 2030 no será solamente crecer.
Será mantenerse encendido.
Porque quizá el siglo XXI no será recordado como el siglo de las ideologías.
Ni siquiera como el siglo de la inteligencia artificial.
Tal vez será recordado como el siglo de la energía.
Del control energético.
De los ductos.
De las redes eléctricas.
De la disputa silenciosa por garantizar suministro suficiente para sostener sociedades cada vez más dependientes de la electricidad.
Y mientras el mundo discute discursos, elecciones y polarizaciones, debajo de la tierra continúa avanzando otra batalla menos visible y mucho más decisiva.
La batalla por el derecho de un país a no apagarse.
Y quizá la verdadera soberanía del futuro no será militar ni ideológica.
Será energética.
Colofón
Tal vez dentro de algunos años alguien vuelva a escuchar aquella frase sobre los gasoductos pronunciada en una conferencia cualquiera y entienda que no era un anuncio técnico.
Era una advertencia histórica.
Porque las grandes crisis modernas ya no empiezan cuando faltan discursos.
Empiezan cuando falta energía.
Y quizá por eso el futuro de México ya no se está escribiendo solamente en los palacios, los congresos o las campañas.
Se está escribiendo debajo de la tierra.
Dentro de ductos.
En el flujo silencioso de un gas invisible del que depende, cada vez más, la respiración entera del país.
Porque las naciones modernas quizá ya no se conquistan ocupando territorios.
Se dominan controlando la energía que les permite seguir respirando.
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