José Luis Parra

 

La política internacional tiene una curiosa costumbre: cuando parece estar ocurriendo muy lejos, termina tocando la puerta de la casa.

Durante semanas, la atención del mundo estuvo concentrada en Medio Oriente. Misiles, amenazas, declaraciones altisonantes y análisis de expertos intentando descifrar el siguiente movimiento de Washington y Teherán. Pero, como suele suceder con Donald Trump, detrás del ruido siempre aparece el mismo principio rector: primero los negocios.

Si el conflicto con Irán entra en una fase de entendimiento o de control, Estados Unidos liberará tiempo, recursos y atención política. Y cuando eso ocurra, la mirada inevitablemente volverá hacia el sur.

Hacia México.

Por eso sorprende observar a ciertos sectores de la llamada Cuarta Transformación celebrando cada tropiezo real o imaginario de la Casa Blanca. Hay quienes interpretan los episodios recientes en Medio Oriente como una derrota estratégica de Trump y concluyen que México debería endurecer su discurso frente a Washington.

La tesis suena atractiva en las conferencias mañaneras. El problema es que la geografía sigue siendo la misma.

México no comparte frontera con China.

México no comparte frontera con los BRICS.

México comparte más de tres mil kilómetros de frontera con Estados Unidos.

Mientras algunos sueñan con reemplazar inversiones norteamericanas por capitales llegados desde otras latitudes, los sectores más pragmáticos del gobierno entienden una realidad elemental: el crecimiento económico, el comercio, la seguridad, la inteligencia y la estabilidad financiera siguen dependiendo en buena medida de la relación con Norteamérica.

Esa es la verdadera discusión que atraviesa actualmente al régimen.

Por un lado, quienes creen que el futuro está en una mayor distancia respecto a Washington. Por el otro, quienes saben que la ratificación del T-MEC será indispensable para evitar que la economía mexicana continúe avanzando con el freno de mano puesto.

Claudia Sheinbaum parece caminar entre ambos mundos.

A veces envía señales de cercanía con los grandes intereses económicos internacionales. Otras veces regresa al discurso político que exige distancia y confrontación. Es una gimnasia complicada porque ambos caminos terminan chocando tarde o temprano.

Pero donde los matices comienzan a desaparecer es en materia de seguridad.

La cooperación entre autoridades mexicanas y estadounidenses sigue creciendo. Los intercambios de información son cada vez más profundos y las investigaciones avanzan en terrenos donde antes predominaba la prudencia diplomática.

Por eso conviene observar lo que viene.

Si Washington ya no tiene a Irán ocupando todos los espacios de su agenda, buscará nuevos frentes de negociación. Y en una negociación con Trump siempre existe una pregunta central:

¿Qué está dispuesto a entregar el otro lado de la mesa?Análisis político México

La respuesta podría involucrar comercio.

Podría involucrar migración.

Podría involucrar seguridad.

Y también podría involucrar nombres.

Por eso sería ingenuo pensar que las filtraciones periodísticas, los expedientes incómodos o las acusaciones contra personajes mexicanos surgirán por generación espontánea. La política internacional rara vez funciona así.

La soberanía, palabra tan repetida en el discurso oficial, pronto podría enfrentar una prueba menos retórica y mucho más práctica.

Porque defender la soberanía desde un atril es relativamente sencillo.

Defenderla cuando está en juego una negociación estratégica con Estados Unidos es otra historia.

Y esa historia apenas comienza.

El conflicto con Irán parece acercarse a su desenlace.

El siguiente expediente podría tener sello mexicano.

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