Eduardo Sadot

 

El marxismo nació como una explicación del capitalismo industrial del siglo XIX. Desde entonces el mundo cambió radicalmente. Sin embargo, buena parte de las izquierdas latinoamericanas continúa interpretando la realidad con categorías concebidas hace más de ciento cincuenta años. Si Karl Marx hubiera conocido la evolución económica, tecnológica y social del siglo XX y del XXI, probablemente habría replanteado muchas de sus conclusiones o, al menos, advertido sobre los riesgos de convertir su obra en un dogma.

Muchas interpretaciones contemporáneas del marxismo han privilegiado el discurso del conflicto permanente entre clases. En Latinoamérica, y particularmente en México, esa visión no constituye la excepción sino, con frecuencia, la regla. El resultado ha sido privilegiar el enfrentamiento político, el clientelismo y la administración de la pobreza antes que la generación de riqueza y oportunidades, llegando a la aberración de declarar “Humanismo mexicano” basado en la lucha de clases una incongruencia “lucha, violencia y humanismo” vaya contradicción les faltó conocer a Gandhi, nunca leyeron de Marx, Vogt ni la “Crítica de la economía política” les doy el título incompleto para los que acaso sí las leyeron, las identifican y quizás, si leyeron sin entender e interpretaron mal.

Frente a esa visión surgieron modelos que evolucionaron con resultados muy distintos.

La Teoría Z, inspirada en el modelo japonés, rechaza la confrontación abierta entre capital y trabajo. Promovió estabilidad laboral prolongada, decisiones por consenso, fuerte cultura corporativa y la empresa entendida como una comunidad de intereses. El empresario deja de ser únicamente el propietario del capital para convertirse en un líder integrador. No obstante, este modelo también mostró limitaciones: la elevada presión psicológica, el control emocional y la extrema dedicación al trabajo dieron origen al fenómeno del karoshi, la muerte por exceso de trabajo.

El modelo occidental, particularmente el estadounidense, privilegió la flexibilidad laboral, la innovación permanente, la competencia y la recompensa al mérito individual. Su principal fortaleza ha sido la extraordinaria capacidad para generar desarrollo científico, tecnológico y empresarial, aunque también ha producido mayores niveles de desigualdad e inestabilidad laboral.

Los países nórdicos, como Suecia, Dinamarca y Noruega, desarrollaron quizás el equilibrio más exitoso. Combinan mercados competitivos con una sólida protección social, salarios elevados, instituciones confiables y un adecuado equilibrio entre vida personal y trabajo. Han demostrado que es posible alcanzar altos niveles de productividad, innovación y bienestar sin los extremos del modelo japonés ni las desigualdades del modelo estadounidense.

Por su parte, China construyó un modelo profundamente pragmático que combina un férreo control político con mecanismos de mercado. Ha obtenido resultados económicos extraordinarios, aunque con elevados costos en libertades, derechos laborales, control político e inhumana calidad de vida laboral. Su experiencia demuestra que el crecimiento económico no necesariamente implica mayores espacios de libertad y confort en el espacio laboral como lo plantea la teoría “Z”.

Mientras buena parte del mundo fue ajustando sus modelos económicos conforme cambiaban las circunstancias, muchas izquierdas latinoamericanas permanecieron ancladas en interpretaciones ideológicas concebidas para otra época, la de Marx en otro tiempo en otro continente y para otra idiosincrasia.

Y entonces surge la pregunta inevitable: ¿dónde queda México?

Más allá de las consignas, resulta indispensable preguntarnos cuál es el verdadero proyecto nacional. ¿Dónde está el diagnóstico grave del país? ¿Dónde los estudios prospectivos? ¿Dónde la planeación a largo plazo? Gobernar mediante ocurrencias, improvisaciones y decisiones de corto plazo tiene costos enormes para una nación. Cuando además la inseguridad continúa cobrando vidas humanas, la ausencia de un rumbo estratégico deja de ser una diferencia ideológica para convertirse en un problema de Estado.

México necesita discutir cómo generar riqueza, elevar la productividad, fortalecer sus instituciones y ofrecer mejores oportunidades para todos, no seguir atrapado en debates ideológicos del siglo XIX mientras el resto del mundo compite en inteligencia artificial, innovación, educación, ciencia y desarrollo tecnológico.

De lo contrario, seguiremos formando generaciones de gaznápiros y mangurriones, incapaces de competir en un mundo que hace mucho atrás dejaron las viejas trincheras ideológicas.

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