La carta, los halcones y el fantasma
José Luis Parra
Vaya, vaya, vaya.
A veces una carta dice exactamente lo que está escrita. Y otras veces dice mucho más.
La reciente misiva de Andrés Manuel López Obrador, supuestamente dirigida a Donald Trump y a los halcones que sobrevuelan Washington, está provocando lecturas cada vez más inquietantes. Algunas voces sostienen que el verdadero destinatario no está en Estados Unidos. Que el mensaje viaja en otra dirección. Hacia dentro.
Y cuando en política comienzan las interpretaciones entre líneas, es porque alguien decidió escribir precisamente entre líneas.
La hipótesis más atrevida ya circula en ciertos círculos de análisis: que la carta intenta cerrar el paso a cualquier intento de desestabilización institucional. Algunos incluso utilizan una expresión mayor: golpe de Estado.
Palabras mayores.
Y también peligrosas.
Porque si realmente ese fuera el mensaje oculto, el efecto podría resultar exactamente el contrario al buscado. Alimentar sospechas. Dar argumentos. Encender focos rojos donde antes apenas existían dudas.
Los halcones no necesitan demasiados pretextos para desplegar sus alas.
Por eso llama la atención que López Obrador haya regresado al expediente Cienfuegos.
No era indispensable.
No era necesario para hablar de Trump.
No era obligatorio para defender la soberanía nacional.
Sin embargo apareció.
Y apareció acompañado de una defensa abierta de las Fuerzas Armadas.
La pregunta no es si existe una amenaza real contra el Ejército mexicano. Tampoco si hay evidencias de conspiraciones nacionales o extranjeras. La carta no presenta pruebas de nada.
La pregunta es otra.
¿Por qué sintió la necesidad de recordar un episodio que parecía archivado políticamente?
Quizá porque el presidente entiende algo que muchos prefieren ignorar: en tiempos de tensión, las instituciones armadas se convierten en pieza estratégica de cualquier tablero político.
Y el tablero se está calentando.
Desde Washington arrecian las presiones. Desde México aumentan las confrontaciones. Desde los mercados llegan señales de incertidumbre. Desde la oposición continúan las acusaciones. Y desde el oficialismo responden con la misma intensidad.
Todos hablan.
Pocos negocian.
Nadie parece dispuesto a bajar el volumen.
Lo preocupante es que México se acerca a una etapa particularmente delicada. No sólo por la relación bilateral con Estados Unidos. También porque el país se prepara para ser una de las vitrinas mundiales del futbol.
Un país sede de una Copa del Mundo necesita estabilidad.
Necesita confianza.
Necesita certidumbre.
No necesita fantasmas.
Mucho menos fantasmas de golpes de Estado.
Por eso quizá la discusión no debería centrarse en Trump, ni en la DEA, ni siquiera en Cienfuegos.
La discusión debería enfocarse en algo más urgente.
¿Quién está construyendo puentes?
Porque hasta ahora los liderazgos del régimen parecen empeñados en responder cada tormenta con otra tormenta.
Y cuando todos gritan, nadie escucha.
México necesita una voz menos apasionada y más estratégica.
Menos propaganda y más diplomacia.
Menos épica y más prudencia.
Urge la aparición de un interlocutor con temple, templanza y capacidad para enfriar los ánimos.

