BITÁCORA INQUIETA
Sinaloa: cuando el poder descubre que la popularidad también tiene fecha de caducidad
JESÚS OCTAVIO MILÁN GIL
Las encuestas suelen leerse como fotografías.
Pero las mejores encuestas son radiografías.
No muestran únicamente quién va ganando.
Revelan qué tan profundo está el desgaste del poder, cuánto crédito político conserva una clase gobernante y qué tan cerca se encuentra una sociedad de buscar una alternativa.
La encuesta estatal de junio de 2026 elaborada por México Elige deja una conclusión difícil de ignorar:
Sinaloa atraviesa uno de los momentos de mayor desaprobación política de las últimas décadas.
Los números son más que números.
Son síntomas.
Y los síntomas hablan.
La presidenta Claudia Sheinbaum aparece con una aprobación de apenas 31 por ciento entre los sinaloenses encuestados, mientras que 57.1 por ciento la califica como “pésima”.
La gobernadora interina Yeraldine Bonilla registra una aprobación todavía menor: 27.8 por ciento.
Pero el dato verdaderamente devastador aparece cuando se observa la evaluación del gobernador con licencia Rubén Rocha Moya.
Su aprobación alcanza apenas 15.1 por ciento y más de tres cuartas partes de los encuestados lo califican negativamente.
En política existen derrotas electorales.
Y existen derrotas morales.
Las segundas suelen ser más difíciles de revertir.
Porque no implican perder una elección.
Implican perder la confianza.
Y cuando una sociedad pierde la confianza, comienza a buscar una salida.
La encuesta muestra precisamente eso.
No existe un liderazgo dominante.
No existe un proyecto claramente hegemónico.
No existe un candidato capaz de entusiasmar masivamente a la ciudadanía.
El dato más revelador no es quién encabeza los escenarios.
Es el gigantesco porcentaje de ciudadanos que responde “No sé”.
En diversos escenarios electorales el voto indeciso oscila entre 13 y más de 30 por ciento, e incluso supera el 50 por ciento cuando se plantean determinadas alianzas.
Eso significa algo profundo.
La elección todavía no tiene dueño.
Pero tampoco tiene rumbo.
Y ahí aparece la verdadera crisis.
Durante años los partidos políticos interpretaron la democracia como una competencia de estructuras, recursos y campañas.
Olvidaron algo esencial:
Las sociedades no votan únicamente por candidatos.
También votan contra decepciones.
Lo que hoy parece emerger en Sinaloa es un enorme voto de castigo en busca de vehículo.
Un voto huérfano.
Un voto cansado.
Un voto que todavía no encuentra representante.
Por eso resulta particularmente interesante el comportamiento de las candidaturas independientes.
El nombre de Manuel Clouthier aparece competitivo en varios escenarios y, en algunos de ellos, disputa directamente el liderazgo electoral.
No necesariamente porque exista una ola independiente consolidada.
Sino porque existe una ola de desencanto.
Y cuando los ciudadanos dejan de creer en los partidos tradicionales, comienzan a explorar cualquier alternativa que parezca distinta.
La historia política mundial está llena de ejemplos.
Los independientes no crecen porque sean invencibles.
Crecen porque los partidos dejan vacíos.
Y en Sinaloa esos vacíos son evidentes.
Sin embargo, existe un aspecto todavía más preocupante.
La encuesta revela que el problema central no parece ser electoral.
Parece ser de legitimidad.
Porque una sociedad puede tolerar gobiernos impopulares.
Lo que difícilmente tolera durante mucho tiempo es la percepción de que nadie está resolviendo los problemas fundamentales.
Seguridad.
Economía.
Servicios públicos.
Movilidad.
Empleo.
Calidad de vida.
Mientras esos temas permanezcan sin solución, ninguna campaña publicitaria podrá sustituir a la realidad.
La propaganda puede modificar percepciones.
La experiencia cotidiana termina modificando la propaganda.
Y la experiencia cotidiana de miles de sinaloenses sigue marcada por la incertidumbre.
La lección para todos los actores políticos debería ser evidente.
Para Morena, la encuesta representa una advertencia temprana.
Gobernar no garantiza ganar.
La marca partidista nunca es más fuerte que la percepción ciudadana.
Para la oposición, representa una oportunidad que todavía no sabe aprovechar.
Porque el desgaste del adversario no equivale automáticamente a construir una alternativa creíble.
Y para los ciudadanos deja una reflexión todavía más importante.
La democracia no consiste únicamente en elegir gobernantes.
Consiste también en recordarles que el poder es prestado.
Que los cargos son temporales.
Y que toda legitimidad tiene fecha de vencimiento cuando los resultados dejan de aparecer.
Sinaloa parece estar entrando precisamente en ese momento histórico.
El momento en que la sociedad comienza a preguntarse si quiere continuidad, corrección o ruptura.
Todavía falta tiempo para las urnas.
Pero las urnas suelen anunciarse mucho antes de abrir.
Y esta encuesta, más que una medición electoral, parece una advertencia política.
Porque cuando la desaprobación supera a la esperanza, el problema ya no es quién ganará la próxima elección.
El problema es que una parte creciente de la sociedad ha comenzado a perder la fe en quienes gobiernan.
Y ninguna encuesta es más peligrosa para el poder que aquella que mide el tamaño de la desilusión.
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