Fue sobrino de Roberto Yarahuán, propietario de los hoteles Valle Grande y Del Valle en Navolato, Sinaloa, y desde joven gozó de los privilegios que el dinero y el apellido le concedían.

Carlos Álvarez

En los archivos policiacos del Distrito Federal, entre expedientes amarillentos y fotos mudas de cuerpos sin vida, el nombre de Aureliano Rivera Yarahuán, quedó grabado en la memoria colectiva como el del más abominable secuestrador de los últimos tiempos.

La gente decía que era el peor de todos, un monstruo puro y simple, de esos que la noche vomita para asustar a los niños.

La verdad, siempre más sucia y triste, registró la crónica de un hombre que, a fuerza de tener el cuerpo y el alma rotos, se convirtió en aquello que más despreciaba.

Aureliano Rivera Yarahuán, originario de Navolato, Sinaloa, creció sin carecer penurias, sino con el dinero dispuesto a su alrededor, como una forma anticipada del destino. Sobrino de Roberto Yarahuán, dueño de hoteles y de una prosperidad que parecía no tener término, creció entre camiones, caballos de carrera y propiedades.

No necesitó nunca buscar demasiado, y sin embargo alrededor de los 30 años, tal vez motivado por el aburrimiento o alguna oscura necesidad de cambiar, entró a la Procuraduría de Justicia de Sinaloa, el 10 de enero de 1978, específicamente a la oficina de Servicios Generales.

El 31 de diciembre de 1980, el nuevo gobierno borró oficinas y redistribuyó hombres como si cambiara las piezas de un tablero. Aureliano llegó a dirigir entonces una sección de Investigaciones Políticas y parecía avanzar sin tropiezos, ya que lo describían como alguien capaz, decidido y amable en el trato.

Por eso, cuando se dio a conocer lo de los secuestros, nadie supo encontrarle una explicación. Juan Ramón Martínez Arpón recordaría el asombro de quienes lo conocían al preguntarse ¿para qué lo hizo, si tenía cuanto necesitaba?

En su familia, decía su propio padre, la rectitud no era una virtud sino una costumbre. Y, sin embargo, a veces las costumbres son apenas la máscara que uno aprende a llevar toda la vida.

No obstante, el destino, caprichoso y cruel, había preparado para Aureliano una prueba que transformó su vida para siempre.

El día que cambió su suerte

El 12 de abril del 78, en Los Mochis, Sinaloa, el entonces agente Aureliano Rivera Yarahuán demostró el valor que lo caracterizaba. Junto a su grupo, detectó una “casa de seguridad” ocupada por varios asaltabancos de la región.

Lo que siguió fue un enfrentamiento a balazos que definió el resto de su existencia.

Como los refuerzos no llegaban y había que entrar, Rivera lo hizo con esa audacia que, a veces, no es más que una forma de no pensar. Uno de los asaltabancos lo recibió con una .9 milímetros y lo atravesó diagonalmente con ocho disparos, desde el rostro y el hombro derecho hasta la pierna izquierda.

La banda criminal fue detenida, pero Aureliano pagó un precio elevado. Quedó tendido en el suelo en tanto que su sangre se mezclaba lentamente con el polvo de aquella casa y mientras llegaban los servicios de emergencia.

De acuerdo con lo que informaron los reporteros del Diario de las Mayorías, logró salvar la vida debido a que fue intervenido con urgencia, aunque los médicos tuvieron que “reemplazar” su fémur izquierdo con una placa de platino de 25 centímetros, sujeta con 13 tornillos.

Aquella prótesis quedó como símbolo de su intrepidez y vocación policiaca, pero también como un recordatorio permanente de que la valentía y la estupidez a veces parecen la misma cosa.

Quizá durante la rehabilitación se dio cuenta de que esa misma placa que debía devolverle la movilidad se convirtió en el preludio de su condena.

Los meses en el hospital con las heridas abiertas, una pierna inútil, la cadera convertida en un dolor persistente y el rostro cambiado por la impotencia y el rencor, lo transformaron profundamente.

Y sin embargo aquello no fue lo peor. Algo en las heridas -las balas, la suciedad, el azar- había alcanzado el hueso. La osteomielitis comenzó a devorarlo lentamente desde dentro.

En Sinaloa no podían hacer mucho, por lo que Aureliano preguntó cuánto tiempo le quedaba. El médico, con esa tristeza inútil de quienes deben poner fecha a una desgracia, respondió que a lo mucho un año y “si acaso, un poco más”.

Pero la desgracia de quien sabe que va a morir no se minimiza con la promesa de prolongar un poco más el sufrimiento.

Aun así, la sentencia estaba dada. Apenas comenzaban los años 80 y Aureliano Rivera Yarahuán, policía valiente y hombre acostumbrado a los privilegios, descubrió que ni el dinero, ni el apellido, ni el coraje sirvieron para negociar con la muerte.

La transformación

El 18 de septiembre de 1981, Aureliano solicitó una licencia con goce de sueldo. Dos días después, el procurador general de Justicia del Estado, licenciado Jorge Chávez Castro, la autorizó.

El 1 de octubre, Aureliano se separó de su trabajo, pero lo que nadie supo era que lo hacía también de su identidad y de todo aquello que lo había definido hasta ese momento.

A sus familiares les pidió que rezaran por él. Acarició su inseparable placa de oro que colgaba de su cuello con la insignia de la Policía Judicial sinaloense y se fue al DF en un Dodge Dart azul marino del 80, equipado con radio de banda civil porque era radioaficionado.

Su contraseña al aire era “Procu”. También llevaba una torreta roja de uso oficial, un bote de gas lacrimógeno y sus credenciales que lo acreditaban como miembro de la corporación.

¿Qué ocurrió en aquel hombre para que terminara convertido en el secuestrador que tantos llegaron a odiar? Nadie pudo decirlo con certeza. Tal vez fue la enfermedad, el dolor sin descanso, la sospecha de que le quedaba poco tiempo y que cada día sería peor.

Vivía entre pastillas, muletas y heridas que no terminaban de cerrar. Sus 150 kilos y su 1.80 metros lo convertían en una prisión de sí mismo. Incapaz de moverse con facilidad, más bien condenado a quedar postrado. Y entonces, mientras la vida se le iba apagando por dentro, comenzó a imaginar el infierno tan temido.

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Aureliano Rivera Yarahuán pasó de ser agente de la Policía Judicial de Sinaloa a convertirse en uno de los secuestradores más temidos de los años 80. / Foto: Fototeca, Hemeroteca y Biblioteca “Mario Vázquez Raña” y La Prensa

Los crímenes

El 3 de noviembre de 1982, Cristela Cid Saraud y su novio, Valentín Barrera Torres, intercambiaban besos y caricias en la colonia Del Valle, sin darse cuenta de que la tragedia llegó en el Dart azul marino.

En él iba Aureliano Rivera Yarahuán, acompañado de un grupo de jovencitos, que se presentaron como “elementos de Patrulla Juvenil”. Sin perder el tiempo, plagiaron a la pareja sin que nadie en la calle pudiera hacer o decir algo.

Al principio, los enamorados pidieron la “cortesía” a los “patrulleros” para que los dejaran en libertad, pero Aureliano les dijo que “no se preocuparan”.

Entonces, todos subieron al Dart y el auto comenzó a recorrer Insurgentes. Pasó Indios Verdes y, en la caseta de cobro, Cristela estuvo a punto de pedir auxilio a los militares, pero se arrepintió al percibir la penetrante mirada del sinaloense.

En un paraje entre San Isidro y Pachuca, en el Estado de Hidalgo, Valentín fue esposado y asesinado por el jefe de los secuestradores. Y de regreso hacia el DF, Cristela fue atacada sexualmente por el corpulento individuo, quien sacó una Magnum calibre .357 y abrió fuego en cuatro ocasiones contra la joven.

Contra toda probabilidad de salvación, la chica sobrevivió a sus graves heridas gracias a la oportuna intervención de elementos de la Cruz Roja en Ecatepec. No obstante, aterrada por lo ocurrido y por el recuerdo grabado del rostro del secuestrador y violador, por varios días guardó un silencio monstruoso. Después, cuando finalmente se atrevió a hablar, su testimonio fue fundamental para identificar a La Hiena de Sonaloa.

El 16 de noviembre de 1982, los jóvenes Margarita Ramírez García y Juan Carlos Granados Sosa acordaron asistir a una fiesta en un colegio de la colonia Las Águilas, al sur de la capital.

Esa ocasión, los secuestradores utilizaron un Ford Galaxie blanco, modelo 1980. Eran varios adultos, no había ningún muchacho entre ellos. Aprovecharon que la pareja no pudo entrar al Anglo-Mexicano porque no les alcanzó el dinero.

Margarita Ramírez García fue encontrada sin vida el 21 de noviembre por campesinos, a la altura del kilómetro 110 de la carretera federal Irapuato-La Piedad, muy cerca de un balneario conocido como La Caldera.

La chica presentaba cuatro balazos calibre .357 Magnum. Había sido atacada sexualmente. Uno de los proyectiles le vació el ojo izquierdo. Fue llevada al anfiteatro de Abasolo, Guanajuato. Y como nadie la identificaba, se le trasladó a una fosa común en el panteón municipal.

Por su parte, Juan Carlos Granados Sosa fue descubierto el 20 de noviembre en el kilómetro 9 de la carretera San Juan del Río a Tequisquiapan. Fue llevado al hospital civil de Querétaro, pero no pudo ser identificado oportunamente y falleció por la gravedad de una herida de bala calibre .45 en la cabeza, y aparentemente, un automóvil le pasó encima. Fue enviado a la fosa común del panteón municipal de Querétaro, donde su padre lo identificó al paso del tiempo.

Los secuestradores habían cobrado dos millones de pesos por su rescate.

Tres jóvenes muertos y una gravemente herida. Tal era el saldo del grupo organizado por el perturbado sinaloense.

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Una balacera en Los Mochis, Sinaloa, en 1978, le dejó ocho impactos de bala y una grave lesión que marcó el resto de su vida. / Foto: Fototeca, Hemeroteca y Biblioteca “Mario Vázquez Raña” y La Prensa

El niño

Durante casi todo el mes de diciembre de 1982, los plagios y asesinatos quedaron sumidos en el misterio. Nadie los había relacionado. No obstante, la indignación estalló por fin cuando el pequeño Miguel Ángel Arizmendi Flores, de 11 años, fue víctima de la barbarie.

El domingo 19 de diciembre, Miguel Ángel volvió de Oaxtepec con los boy scouts. Le gustaban los peces de acuario y los barcos pequeños que armaba con paciencia. Lo dejaron al caer la tarde en el Parque España.

Una testigo que pidió guardar su nombre en el anonimato declararía después, en una carta La Prensa, que Miguel Ángel sí conocía a sus plagiarios. Según su relato, cuando el niño vio venir a los secuestradores, corrió hacia ellos confiado, diciendo: “Ya me voy, ya vienen por mí”.

Aquellos hombres lo subieron al vehículo y fueron varios niños y personas los que lo vieron irse así, por última vez.

El pequeño Miguel Ángel nunca volvió a su domicilio de Luz Saviñón 401, donde era esperado por sus familiares. El martes se aceptó pagar el rescate de 340 mil pesos que debían entregarse al día siguiente en un conocido restaurante cerca de la Columna de la Independencia.

Un ayudante de Aureliano, Genaro Vargas, recibiría el efectivo con la promesa de entregar al niño en dos horas, pero Genaro se equivocó al dar la contraseña cuando le iban pagar el rescate.

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Los médicos le diagnosticaron osteomielitis y le advirtieron que le quedaba poco tiempo de vida. / Foto: Fototeca, Hemeroteca y Biblioteca “Mario Vázquez Raña” y La Prensa

Primero dijo “Mario”, y cuando no obtuvo respuesta, Aureliano, que lo vigilaba desde un automóvil estacionado frente a la glorieta, se molestó mucho y le hizo saber que el niño se llamaba Miguel Ángel.

Genaro regresó, mencionó ese nombre, y recibió el dinero.

El ingeniero Carlos Arizmendi Aguilar y una de sus hijas esperaron. Pasaron las horas, los días y no llegó. Después vino el ruego de los padres, una de esas súplicas que ya no buscan justicia sino apenas una última forma de esperanza: “Nuestro hijo es inocente y todo bondad y tememos que le pase algo fatal. Por favor, pónganlo en libertad o díganos dónde se encuentra el cadáver, si es que decidieron manchar aún más su alma”.

La Navidad llegó sin noticias. Los regalos quedaron bajo el árbol, intactos, mientras la familia esperaba. Hasta que el 29 de diciembre encontraron a Miguel Ángel en un paraje de Michoacán, enterrado cerca de Maravatío, Michoacán, en los alrededores de la carretera Toluca-Morelia.

Tenía tres heridas de bala en el tórax, probablemente lo habían matado durante la madrugada del 20, horas después del plagio en el Parque España. Los familiares, acongojados, recuperaron el cuerpecito y, en sepelio privado, lo dejaron en Jardines del Recuerdo, Tlalnepantla, Estado de México.

La declaración

La procuradora Victoria Adatto se sumó al sentimiento de indignación que recorría a toda la ciudadanía. Pero la masacre continuaba y alguien debía detenerla.

Con gran visión, el Cronista de las Prisiones de México, David García Salinas, escribió en su columna “Crujía H”, que publicada en La Prensa, que entre no pocos presidiarios capitalinos había furor y sed de venganza contra los cobardes secuestradores y asesinos del niño Miguel Ángel. “Estamos seguros de que los propios familiares serán quienes los denuncien, para no convertirse en cómplices de tan nefastos malhechores”, indicó.

Así sucedió. Los ayudantes jóvenes de Aureliano Rivera Yarahuán, aunque estaban amenazados de muerte en caso de que “abrieran la boca”, se arrepintieron profundamente de su imprudente colaboración.

Ricardo Vera, Bernardo Antonio Rivera, Genaro Vargas y Roberto Díaz Curcko, todos menores de edad, confesaron su complicidad. Bernardo Antonio, sobrino de Aureliano, había sido amenazado con matar a sus padres, hermanos y a él mismo si no colaboraba.

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En 1981 dejó su trabajo y se trasladó al Distrito Federal, llevando consigo sus credenciales y objetos que lo identificaban como policía. / Foto: Fototeca, Hemeroteca y Biblioteca “Mario Vázquez Raña” y La Prensa

Genaro Vargas, el muchacho que había cobrado el rescate de Miguel Ángel, dijo que Aureliano tomaba pastillas para los nervios y que esas mismas se las hacía tragar a los niños para drogarlos y que se durmieran sin presentar resistencia.

Bernardo Antonio, el sobrino, reveló que su tío le había comentado que había realizado alrededor de 53 secuestros, en los cuales durante el primer día de cautiverio mató a sus víctimas, porque como estaba lisiado, fácilmente lo podían reconocer.

Los jóvenes detenidos delataron al chacal ante el teniente Jorge Rivera Yarahuán, hermano de Aureliano. Jorge, como todo hombre de honor, reflexionó durante las horas más amargas de su vida, en pleno fin de año de 1982 y principios de 1983.

El responsable de la matanza era su propio hermano. Increíble, pero cierto.

Por fin, tras varias noches sin dormir, Jorge Rivera Yarahuán hizo lo que le aconsejaba su conciencia. Llegó a un acuerdo con el general Ramón Mota Sánchez, entonces jefe de la Policía, para impedir más muertes y secuestros. El compromiso implicaba respeto para la vida del desquiciado Aureliano y su consignación inmediata a un hospital psiquiátrico de alta seguridad, como el campestre Samuel Ramírez Moreno.

Jueces y verdugos

Pero los agentes secretos decidieron convertirse en jueces y verdugos. Sin importarles el prestigio que les hubiera acarreado la detención de Aureliano Rivera Yarahuán, se ocultaron en las cercanías del Hotel Xola, en el kilómetro 21 de la carretera vieja México-Cuernavaca.

La versión oficial, contenida en un escueto boletín de la Dirección General de Policía y Tránsito, informó que a las 0:50 horas del 8 de enero de 1983, elementos de la División de Investigadores para la Prevención de la Delincuencia (DIPD) detectaron el vehículo Dodge 1980 color azul. Se produjo un enfrentamiento con sus ocupantes, y resultaron muertos Aureliano Rivera Yarahuán y su esposa, Carmen Salcido de Rivera, de 17 años.

Sin embargo, los reporteros de La Prensa, Sergio Mora Flores y Javier Rodríguez Lozano, quienes dieron seguimiento puntual al caso, estaban en condiciones de afirmar que había ciertas inexactitudes en la versión oficial.

En una de las fotografías proporcionadas a los medios, se apreciaban contusiones en ambos párpados de los ojos de Aureliano, lo que cobraba fuerza a la versión de que los plagiarios ya habían sido detenidos antes.

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En noviembre de 1982 comenzaron a relacionarlo con una serie de secuestros, asesinatos y ataques contra jóvenes. / Foto: Fototeca, Hemeroteca y Biblioteca “Mario Vázquez Raña” y La Prensa

La tesis era que Aureliano Rivera Yarahuán y su cónyuge fueron muertos a golpes durante los interrogatorios, y después colocados en el automóvil, donde sus cadáveres fueron blanco de una lluvia de balas para simular un enfrentamiento.

La inspección ocular de los reporteros en el vehículo arrojó conclusiones inquietantes. Había 14 orificios de bala, la mayor parte penetró por el parabrisas. En el centro del mismo apareció un agrupamiento de cuatro orificios y a escasos centímetros, uno más, lo que evidenciaba que fueron producidos por una pistola automática y estando parado el vehículo, ya que la distancia entre uno y otro orificios era demasiado cercana. Además, los vidrios de las puertas delanteras se encontraban bajados y no presentaban daño alguno, lo que era incompatible con un fuego cruzado.

El plagiario y su esposa ya habían sido detenidos y su muerte posiblemente sobrevino durante el transcurso del viernes 7 de enero, cuyos hechos habían trascendido como rumores en los ámbitos policiacos.

Ningún vocero oficial aceptó que así hubiera sido.

Los tatuajes de pólvora en la cabeza de Aureliano revelaron que algunos de los disparos fueron hechos a corta distancia, entre 30 y 50 centímetros. La necropsia confirmó que los tres impactos en la cabeza eran mortales de necesidad. Ocho balazos había recibido en heroica acción contra los asaltabancos hacía tiempo; y otros ocho recibió a traición el minusválido al morir.

El desenlace

Los cuerpos de Aureliano Rivera Yarahuán y Carmen Salcido de Rivera quedaron en el Servicio Médico Forense.

Durante ocho días, nadie reclamó el cadáver del secuestrador. Una misteriosa mujer preguntó por el cuerpo de Carmen, pero no lo reclamó. La primera esposa de Aureliano, quien lo había abandonado dos años antes llevándose a los dos hijos de ambos, se presentó al forense a identificar el cadáver de su exmarido, pero no reclamó el cuerpo porque, además, no tenía dinero para darle sepultura.

El castigo de la ley divina, según algunos, había sido que ninguno de sus familiares se interesara por recuperar los cuerpos. Sin embargo, el señor Aureliano Rivera Urías, padre del secuestrador, habló a la televisión desde Navolato, Sinaloa, y expresó su sorpresa por el fin de la vida de su hijo:

“Por los hechos que se le imputan, seguramente las autoridades investigaron bien. Si mi hijo realizó estos actos, de seguro influyeron realmente en él haciéndole partícipe de que los cometiera, o lo drogaron. Esos hechos inclasificables, nosotros no los justificamos”.

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Entre sus víctimas estuvo Miguel Ángel Arizmendi Flores, un niño de 11 años cuyo secuestro provocó una fuerte indignación pública. / Foto: Fototeca, Hemeroteca y Biblioteca “Mario Vázquez Raña” y La Prensa

Finalmente, el padre de Aureliano reclamó el cuerpo de su hijo. El 15 de enero de 1983, una carroza café de la agencia funeraria América llegó al Servicio Médico Forense. Alrededor de las 16:30 horas, el transporte fúnebre arribó al Panteón de San Lorenzo Tezonco, en Iztapalapa; 15 minutos después se realizó la inhumación donde alrededor, 10 o 15 personas estuvieron hasta las 17:00 horas cuando todo concluyó. La documentación correspondiente fue firmada por un empleado de la funeraria.

Tres días después, el 18 de enero de 1983, el padre de Carmen Julia Salcido Retamosa, un humilde jornalero de 60 años, llegó al Semefo con la ropa humilde y el sombrero que lo caracterizaban.

Cuando le pidieron identificar el cadáver de su hija, con palabras entrecortadas y lágrimas en los ojos dijo: “Sí, ella es mi hija… Ella es…”. La historia de Carmen, nacida en el ejido conocido como La Higuera, cerca de Culiacán, era la de una joven de familia pobre que había sido cortejada por un hombre poderoso y enfermo, y cuyo final había sido tan trágico como inesperado.

La depuración

El 13 de enero de 1983, el presidente Miguel de la Madrid Hurtado ordenó la reestructuración de los cuerpos policiacos y determinó la desaparición de la DIPD, para garantizar la seguridad de los ciudadanos, la protección de sus vidas y propiedades y el respeto a sus derechos.

La Policía Judicial de Sinaloa reestructuró su organismo y depuró sus cuadros, desapareciendo también la oficina de Investigaciones Políticas, para evitar que alguien siguiera los pasos de La Hiena de Sinaloa.

Los cuatro jóvenes cómplices, presentados ante la prensa el 8 de enero, desaparecieron misteriosamente. Ricardo Vera, Bernardo Rivera, Genaro Vargas y Roberto Díaz Curcko, menores de edad, se “volvieron ojo de hormiga”, según la crónica de La Prensa.

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Los propios jóvenes que colaboraban con Aureliano terminaron delatándolo ante las autoridades, revelando detalles sobre la organización criminal. / Foto: Fototeca, Hemeroteca y Biblioteca “Mario Vázquez Raña” y La Prensa

Nadie supo nunca su paradero. La procuraduría informó que todas las actuaciones del caso fueron concentradas en el sector central, pero los menores inculpados eran un misterio. Se dijo que por orden superior no se podía tener detenidas a personas menores de edad, pero lo cierto es que nunca más se supo de ellos.

Un cómplice adulto, Agustín San Luis, alias “El Torino”, se entregó a la policía el 14 de enero de 1983, por miedo a que lo incriminaran de secuestros, violaciones y asesinatos. Confesó haber participado en tres asaltos con Aureliano, pero negó los crímenes más graves.

Aceptó que robó y amenazó, pero aseguró que nunca lastimó ni hirió a nadie. Dijo que Aureliano era un ser violento, sumamente violento, que incluso lo amenazó con matar a sus sobrinos o hijos.

“Aureliano utilizaba un bastón siempre para desplazarse con dificultad, debido a las heridas cuando fue baleado, y en Culiacán se decía que le gustaban los jovencitos de los que siempre se hizo acompañar”, afirmó “El Torino”.

Otros dos cómplices adultos, apodados “El Negro” y “El Chaparro”, nunca fueron capturados. En la banda juvenil que Aureliano encabezaba bajo amenazas de muerte, también se mencionaba a “El Torino”. Y había cuando menos otra banda, formada por exagentes de la Policía Judicial sinaloense, que trabajaba para La Hiena.

La sombra de la duda

Pero el caso de La Hiena de Sinaloa dejó preguntas sin respuesta. La testigo, cuyo nombre fue omitido que había declarado a La Prensa que el niño Miguel Ángel Arizmendi sí conocía a sus plagiarios, y que corrió hacia ellos confiado, planteaba de algún modo el móvil de que ese secuestro pudo haber sido por venganza y no por dinero.

Además, el cadáver de un joven desconocido fue hallado en Guanajuato el 10 de diciembre de 1982, y sepultado en una fosa común el 13 de diciembre. Se creía que podría ser otra víctima de la banda de Aureliano, pero la negligencia de las autoridades impidió su identificación.

Los reporteros de La Prensa, Sergio Mora Flores y Javier Rodríguez Lozano, concluyeron su cobertura con una reflexión: “Como quiera que haya sido, aunque haya evidente desinformación oficial en torno a los hechos, ha sido un brillante triunfo policiaco al liberar a la sociedad de un peligroso criminal delincuente que prácticamente había aterrorizado a varios estados de la República”.

El final de la historia

Aureliano Rivera Yarahuán, La Hiena de Sinaloa, pasó a la triste celebridad como el secuestrador más odiado por la sociedad de los últimos tiempos. Pero su historia fue la de un hombre que, al saber que le quedaban pocos meses de vida, se lanzó a una carrera criminal que sembró el terror en la capital del país.

No delinquió por necesidad económica; su familia era gente de dinero y él tenía muchas propiedades. Los médicos le habían dado alrededor de ocho meses de vida por la osteomielitis avanzada que padecía, y quizá -de acuerdo con las versiones de la época que no se sustentaban en una base científica como ahora- la certeza de la muerte fue lo que, al parecer, desató el viraje tan violento que sufrió su mente.

En la guantera de su Dodge Dart quedó una novela policiaca titulada El Emisario del Infierno. Bajo el asiento delantero, del lado derecho, donde iba sentada Carmen Salcido de Rivera, había otra novela con el título El Altar Sagrado.

Sus zapatos color beige con filo dorado y un par de cepillos para pelo, corrientes, fueron los últimos objetos que quedaron de aquella noche en que la policía decidió impartir justicia por su propia mano.

Aureliano pagó con su vida, pero lo que dejó atrás fue un reguero de preguntas sin respuesta y de víctimas inocentes que nunca volverían. La pregunta que muchos se hicieron, y que aún resuena en los archivos policiacos, es la misma que se planteó La Prensa en aquel enero de 1983: ¿Por qué un hombre inmensamente rico, afortunado y no tan tonto tenía que convertirse en el verdugo de tantos inocentes?

Quizá la respuesta yace en la oscuridad de la enfermedad y la certeza de la muerte, que transforman a los hombres en lo que menos desean ser.

Las autoridades, por su parte, buscaron cerrar el capítulo con la muerte de Aureliano y la reestructuración de los cuerpos policiacos. Pero la sombra de la duda quedó flotando sobre el caso: ¿fue realmente un enfrentamiento o una ejecución extrajudicial?

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Aureliano Rivera Yarahuán murió junto con su esposa en enero de 1983, en un hecho presentado oficialmente como un enfrentamiento con la policía. / Foto: Fototeca, Hemeroteca y Biblioteca “Mario Vázquez Raña” y La Prensa

Los tatuajes de pólvora, el agrupamiento de los impactos en el parabrisas, los hematomas en los cuerpos, todo apuntaba a que la justicia había sido administrada con las manos sucias de la venganza, y no con la ecuanimidad de la ley.

Y así, entre el misterio y la certeza, entre la condena social y la duda razonable, la historia de La Hiena de Sinaloa quedó grabada en la memoria colectiva como una de las más truculentas de la crónica policiaca mexicana.

Un recordatorio de que, a veces, los monstruos no nacen, sino que se hacen en el crisol del dolor y la desesperación, y de que la línea entre el héroe y el villano es más delgada de lo que nos gustaría creer.

La Prensa, que siguió el caso con la tenacidad que caracteriza a la prensa de nota roja, publicó la historia en sus páginas entre el 9 y el 24 de enero de 1983. Los reporteros Sergio Mora Flores y Javier Rodríguez Lozano escribieron, con pluma sensible y aguda, la crónica de un crimen que conmocionó a la opinión pública y que puso en evidencia la fragilidad de las instituciones encargadas de administrar justicia.

Porque al final, como bien lo escribió algún poeta, todos llevamos dentro un monstruo que espera el momento oportuno para salir a la luz. El monstruo de Aureliano Rivera Yarahuán fue la enfermedad; el monstruo de la policía fue la impunidad; y el monstruo de la sociedad, quizá, fue la complicidad silenciosa que permite que estas historias se repitan una y otra vez.

La historia de La Hiena de Sinaloa es, al fin y al cabo, la historia de un hombre que, herido de muerte, quiso llevarse consigo a cuantos más pudiera; una historia de horror, dolor, muerte y silencio que, como todas las grandes tragedias, no ofrece consuelo ni redención, sino solo la certeza amarga de que el mal, a veces, no tiene explicación.

Con información de La Prensa

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