José Luis Parra

 

La pregunta no es nueva, pero hoy pesa distinto: ¿Claudia Sheinbaum se la jugará con los suyos o con México? El dilema no es retórico, es quirúrgico. Y como todo corte fino, exige pulso firme, no consignas.

La presidenta llegó a este punto por una suma de errores: algunos propios, otros heredados, varios internacionales que nadie quiso leer a tiempo. La política exterior, esa que suele tratarse como sobremesa ideológica, hoy presenta la cuenta. Y la política doméstica, siempre tan confiada en la disciplina interna, ahora exhibe fisuras. El resultado es una mandataria frente a su primera gran prueba de autonomía real.

No será hoy. No todavía. Habrá maniobras para enfriar el ambiente, mensajes cifrados, silencios estratégicos. El manual clásico del poder. Pero el desenlace es inevitable: tendrá que decidir. Y decidir, en política, es siempre excluir.

El antecedente es revelador. Cuando aparecieron las primeras acusaciones contra Rubén Rocha Moya, con Andrés Manuel López Obrador aún en Palacio, la respuesta fue inmediata: una muralla de respaldos. Gobernadores, partido, candidata… todos alineados. Hoy, en cambio, domina el vacío. Un silencio que no es prudente: es elocuente. La pregunta es si ese respaldo volverá o si, como suele ocurrir, el poder también sabe soltar lastre.

En paralelo, Adán Augusto López Hernández se mueve. Opera, dicen. Intenta desmarcarse de una narrativa que comienza a tomar forma: la de haber contribuido al malestar en Washington que terminó por estallar en la crisis política de esta semana. La acusación desde Nueva York contra Rocha no es menor; es un misil con coordenadas claras.

La incomodidad del tabasqueño no es gratuita. En el Senado permitió —o al menos no contuvo— que Enrique Inzunza y Javier Corral tensaran la cuerda contra Maru Campos por el caso de los agentes asesinados en Chihuahua. A la ecuación se sumó Ignacio Mier, siempre dispuesto a empujar cuando la línea lo permite… o cuando cree que la línea no existe.

Para algunos dentro de Morena, la ofensiva contra Rocha tiene aroma a represalia. Y si esa hipótesis prende, el nombre de Adán Augusto aparece como el culpable ideal: visible, ambicioso y, sobre todo, operativo.

La tesis es venenosa: en su intento por posicionar a Andrea Chávez rumbo a 2027, el senador habría estirado la liga más de la cuenta. Resultado: una reacción desproporcionada desde Washington. Geopolítica por cálculo interno. Nada nuevo, salvo el costo.

El propio Adán Augusto ya ensaya otra explicación: desvincular el caso Rocha de Chihuahua y atribuirlo, en cambio, al viaje de Sheinbaum a Barcelona, donde participó en un foro progresista particularmente crítico de Donald Trump. Argumento útil, sí, pero poco convincente. En política, las casualidades suelen ser excusas con buena prensa.

De fondo, el episodio deja otra evidencia: el control del Senado no está donde oficialmente se dice. Mier coordina, pero no manda. Y cuando las decisiones importan, es Adán Augusto quien marca el ritmo. Lo que ocurre —y lo que se omite— pasa por su filtro.

Así, el tablero se ordena con rapidez incómoda. Una presidenta que debe definirse. Un gobernador bajo fuego. Un operador tratando de reescribir la narrativa. Y un sistema que, por primera vez en mucho tiempo, no responde al unísono.

La pregunta inicial vuelve, más afilada: ¿los suyos o México? Porque en política, cuando llega el momento de escoger, no hay punto medio. Y la historia —esa que nunca olvida— toma nota.

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