José Luis Parra

 

Traición a la patria. Pocas expresiones han sido tan manoseadas por la Cuarta Transformación como esa. La convirtieron en un insulto de uso cotidiano, en una etiqueta para descalificar al adversario y en un garrote para intimidar a quien se atreviera a cuestionar al régimen.

Traidor era quien votara contra una reforma presidencial. Traidor quien denunciara en el extranjero el deterioro de la democracia mexicana.

Traidor quien exhibiera la violencia, los abrazos a los criminales o la incapacidad del Estado para recuperar el control del territorio.

El mensaje siempre fue el mismo: los problemas de México no se cuentan afuera. La ropa sucia se lava en casa. Y quien rompiera ese pacto de silencio merecía el linchamiento político.

Hasta que apareció Morena frente al espejo.

La gobernadora de Baja California, Marina del Pilar Ávila, no sólo reconoció la autenticidad de los audios difundidos. También confirmó que sostuvo reuniones con personas que se presentaron como intermediarios de autoridades estadounidenses para tratar el tema de la cancelación de su visa.

Y ahí está lo verdaderamente grave.

No porque dialogue con funcionarios de otro país. Eso ocurre todos los días entre gobiernos.

Lo delicado es que, según el contenido de la conversación, ofrece compartir información obtenida en las Mesas de Seguridad a cambio de resolver un problema estrictamente personal.

“Yo puedo decir lo que he escuchado en las mesas de seguridad”.

Así de sencillo.

Las Mesas de Seguridad no son una sobremesa entre amigos. Ahí se comparte inteligencia militar, investigaciones en curso, objetivos prioritarios, estrategias operativas, información del Centro Nacional de Inteligencia, movimientos de fuerzas federales y diagnósticos sobre el crimen organizado.

En pocas palabras: el corazón de la seguridad de un estado.

Si ese material se utiliza como moneda de cambio para negociar beneficios personales, ya no estamos hablando de cooperación institucional.

Estamos hablando de otra cosa.

Resulta inevitable preguntarse qué habría ocurrido si ese audio hubiera tenido como protagonista a un gobernador del PAN, del PRI o de Movimiento Ciudadano.

Morena ya estaría exigiendo desafuero, juicio político, cárcel y conferencias mañaneras durante un mes completo.

Pero cuando el involucrado pertenece al movimiento, las palabras cambian de significado.

Lo que ayer era traición, hoy se llama cooperación.

Lo que antes era espionaje, ahora es coordinación institucional.

Lo que antes ameritaba cárcel, hoy merece comprensión.

Así funciona la justicia cuando depende del color de la camiseta.

Hace apenas unos días Claudia Sheinbaum desestimó la versión publicada por medios estadounidenses sobre políticos mexicanos buscando negociar información a cambio de beneficios legales.

La realidad volvió a llegar más rápido que el discurso oficial.

Porque cuando alguien ofrece información sensible del Estado para protegerse a sí mismo, ya no está defendiendo a México.

Está negociando su propio futuro.

Y eso sí se parece mucho más a la definición de traición que durante años repartieron con tanta facilidad.

Al final, la historia suele tener un extraño sentido del humor.

El delito que Morena inventó para perseguir a sus adversarios podría terminar persiguiendo a los suyos.

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