REDES SOCIALES Y SU REPERCUSIÓN EN LA SALUD DE LA INFANCIA
Salud Pública en Perspectiva
Dr. Víctor Ruiz
dr.victor.ruiz.ruelas@gmail.com
El 17 de julio, la presidenta Claudia Sheinbaum anunció que, tras el Mundial, su gobierno abriría un debate nacional sobre el impacto de las plataformas digitales en la salud mental de la infancia, aclarando que “no tiene que ver con censura” sino con generar evidencia y regulación.
El representante de la UNESCO en México, Andrés Morales, aportó cifras que explican la urgencia: una de cada tres personas conectadas a internet es un niño o adolescente, 83% de los padres está preocupado por el tiempo que sus hijos pasan en pantallas, y dos terceras partes no sabe cómo controlarlo.
México llega tarde a esta discusión, pero no está solo. Francia se convirtió este año en el primer país de la Unión Europea en prohibir el acceso a redes sociales a menores de 15 años; Australia lo hizo para menores de 16 años desde finales de 2025. Pero un estudio de la Universidad de Newcastle publicado en la revista médica británica British Medical Journal (BMJ, por sus siglas en inglés) encontró que la prohibición apenas ha reducido el uso real entre adolescentes australianos: muchos siguen accediendo con cuentas de adultos, perfiles falsos o navegación privada.
Prohibir, sin más, no está funcionando como se esperaba.
En Estados Unidos la vía ha sido otra: el Centro Legal para Víctimas de las Redes Sociales demandó esta semana a Meta, TikTok, Snapchat y YouTube por la muerte de cuatro adolescentes, alegando que las plataformas conocían los riesgos y no ajustaron sus algoritmos. Solo este trimestre, Meta reportó 2,400 millones de dólares en gastos legales por este tipo de litigios.
¿Qué dice la evidencia científica de fondo, más allá de las políticas? Aquí conviene ser precisos, porque no toda la ciencia apunta en la misma dirección.
Un análisis de la Universidad Griffith, con casi 100 mil personas y 71 estudios, encontró que quienes consumen más video corto (TikTok, Reels, Shorts) tienden a mostrar peor atención y menor capacidad para controlar impulsos, junto con niveles algo más altos de estrés y ansiedad —sin relación clara con la autoestima o la imagen corporal—. Dicho con honestidad: la asociación es moderada, no contundente, y los propios autores advierten que no demuestra que el video corto cause estos problemas; solo que ambos suelen presentarse juntos.
Un estudio mucho más grande, publicado en mayo de 2026 en la revista JAMA Pediatrics —con 153 investigaciones y 363 mil niños y adolescentes de 2 a 19 años seguidos a lo largo del tiempo—, sí encontró una relación más consistente con depresión, ansiedad y autolesiones, sobre todo entre los 12 y 15 años, una edad en la que el cerebro adolescente es especialmente vulnerable a este tipo de influencias.
Y un estudio de la Universidad de California en San Francisco, publicado en julio de este año, que dio seguimiento durante cinco años a más de 11 mil adolescentes estadounidenses, encontró que el uso adictivo de redes sociales antecede a un aumento de síntomas de falta de atención e hiperactividad, un patrón que apareció en los varones, pero no de forma clara en las mujeres.
Pero hay un contrapunto que vale la pena conocer: un estudio de la Universidad de Edimburgo, con más de 3 mil jóvenes británicos, encontró que usar redes sociales de forma baja o moderada a los 11 y 14 años no predijo depresión, ansiedad ni autolesiones a los 17 años. La conclusión no es que las redes sociales sean inofensivas, sino que importa más cómo se usan que cuánto tiempo se usan —un matiz que ninguna prohibición total puede resolver por sí sola.
En Sinaloa, el Congreso del Estado ya se adelantó a la discusión nacional: el 30 de julio aprobó, con respaldo de todas las fuerzas políticas, reformas a la Ley de Educación y a la Ley de los Derechos de Niñas, Niños y Adolescentes, para que los celulares solo se usen en las escuelas con fines pedagógicos o en emergencias, con supervisión docente. Sinaloa se suma así a 17 entidades del país con medidas similares.
El mensaje para las familias, más allá del debate legislativo, es este: la evidencia no dice “nada de pantallas”, dice que el problema no es el tiempo en sí, sino el uso compulsivo, la incapacidad de desconectarse y el tipo de contenido consumido.
La problemática no se aborda mediante la implementación de una legislación susceptible a ser eludida mediante la creación de perfiles falsos. La solución reside en guiar a la infancia en el desarrollo de una relación consciente con la tecnología, un objetivo que ninguna reforma legislativa puede alcanzar de manera independiente.

