José Luis Parra

 

Otra vez el dinero levanta la voz. Y cuando el dinero habla en inglés… en México se escucha más fuerte.

No es menor que más de 300 multinacionales estadounidenses —de esas que no mandan cartas, mandan señales— acusen al SAT de acoso. No es un berrinche empresarial ni una pataleta fiscal: es una advertencia. Y de las que suelen venir acompañadas de decisiones.

Porque aquí el punto no es si pagan o no impuestos. Ese debate es viejo y hasta ocioso. El fondo es otro: la certeza jurídica. Ese concepto que en el discurso político suena sólido, pero en la práctica parece gelatina.

Las empresas hablan de auditorías agresivas, de obstáculos para apelar, de cargas “sin precedentes”. Traducido al español de la calle: te cobro, te presiono y luego vemos si tienes con quién defenderte.

Y ahí está el detalle.

México, en su nueva etapa de reformas profundas —judiciales, fiscales, estructurales— empieza a proyectar algo que en los mercados no gusta: incertidumbre. Ya lo advertían algunos análisis recientes: cuando el tablero cambia demasiado rápido, el capital no se queda a ver cómo termina la partida. Se levanta y se va.

El SAT, en este contexto, deja de ser un recaudador y se convierte en actor político. Uno incómodo. Uno que, según los denunciantes, juega rudo… y sin árbitro visible.

Porque la otra queja no es menor: la reforma judicial de 2024. Las multinacionales dicen, sin rodeos, que hoy tienen menos herramientas para defenderse. Menos tribunales confiables, menos rutas claras, menos garantías.

Menos Estado de Derecho.

Y eso sí espanta.

Mientras tanto, del lado mexicano, silencio selectivo. La Secretaría de Hacienda habla de cooperación bilateral, de combate al narcotráfico, de lavado de dinero. Todo muy correcto. Todo muy diplomático.

Pero del elefante en la sala —el SAT—, ni pío.

Curioso: se habla de combatir flujos ilícitos, pero se ignoran las señales de quienes traen inversión lícita.

El secretario Édgar Amador pisa Washington en estos días. Buen momento para reuniones, fotos y discursos. Falta saber si también habrá espacio para escuchar.

Porque esto no es solo una queja empresarial. Es un termómetro.

Y la temperatura está subiendo.

México se encuentra, otra vez, en esa delgada línea donde debe decidir si quiere ser atractivo para la inversión… o simplemente eficiente para la recaudación.

Ambas cosas no siempre son compatibles cuando se ejecutan mal.

Al final, la historia suele ser implacable con estos episodios. Primero llegan las cartas. Luego las advertencias. Después, las decisiones.

Y cuando el capital se va, no manda otra carta.

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