BITÁCORA INQUIETA
Mientras Ottawa convirtió la presión comercial de Donald Trump en una defensa colectiva de su soberanía, México enfrenta el desafío de proteger sus intereses sin confundir prudencia diplomática con resignación nacional
Jesús Octavio Milán Gil
Las banderas canadienses parecían más rojas aquella mañana.
Detrás del primer ministro Mark Carney, las hojas de arce formaban una muralla silenciosa. No ondeaban porque se encontraban dentro de un salón de Ottawa, pero transmitían la impresión de que todo un país había decidido levantar la voz sin necesidad de gritar.
Afuera persistían las diferencias entre provincias, partidos políticos, empresarios y sindicatos. Quebec continuaba siendo Quebec; Alberta no había renunciado a sus desacuerdos con el gobierno federal; la oposición tampoco había firmado un cheque en blanco a favor del primer ministro.
Sin embargo, ante la presión comercial de Donald Trump, Canadá hizo algo que las naciones políticamente fracturadas suelen olvidar: distinguió entre las disputas que pueden esperar y los intereses que deben defenderse juntos.
La escena fue descrita por Le Monde en su edición del 25 de agosto de 2026.
Canadá había rechazado firmar un acuerdo comercial con Washington porque consideró inaceptables algunas de sus condiciones. Estados Unidos respondió con nuevos aranceles. Ottawa anunció represalias equivalentes sobre productos estadounidenses y presentó la confrontación como una defensa de su capacidad para decidir su propio destino económico.
Lo verdaderamente significativo no ocurrió en las aduanas.
Sucedió dentro del país.
Las provincias, los partidos de oposición y diversos sectores productivos respaldaron la posición del gobierno federal. No desaparecieron sus diferencias ni se suspendió la crítica democrática. Se construyó, sencillamente, un acuerdo nacional mínimo frente a una amenaza externa.
Trump quiso presionar a Canadá y, al menos por un momento, terminó uniéndolo.
Desde México, aquella fotografía obliga a formular una pregunta incómoda:
¿Qué ocurriría si la presión de Washington alcanzara aquí una intensidad semejante? ¿Responderíamos como país o volveríamos a dividirnos entre quienes acusan al gobierno de entreguismo y quienes consideran una traición cualquier crítica a la estrategia presidencial?
México no puede copiar mecánicamente la respuesta canadiense.
Aunque los tres países comparten la geografía de América del Norte y están unidos por el Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá, sus condiciones son diferentes. Ottawa posee mayores márgenes fiscales, una relación migratoria menos conflictiva con Washington y una estructura política capaz de articular, con relativa eficacia, los intereses de sus provincias.
Eso no significa que Canadá carezca de fracturas, desigualdades o dependencias. También vende a Estados Unidos la mayor parte de sus exportaciones y enfrenta tensiones regionales profundas. Su unidad no es natural ni permanente: es una construcción política que necesita renovarse ante cada crisis.
México, en cambio, comparte con la potencia del norte más de tres mil kilómetros de frontera, millones de historias familiares y una relación económica tan profunda que ya resulta difícil distinguir dónde termina una fábrica mexicana y dónde comienza una cadena productiva estadounidense.
En mayo de 2026, Estados Unidos volvió a ser, con enorme diferencia, el principal destino de las exportaciones mexicanas. Según Data México, de la Secretaría de Economía, recibió mercancías por más de 58 mil millones de dólares durante ese mes. Canadá ocupó el segundo lugar, con aproximadamente 2 mil 146 millones de dólares.
La distancia entre ambas cifras permite comprender que México no comercia simplemente con Estados Unidos: respira dentro de una economía norteamericana construida durante décadas.
La integración atraviesa los automóviles, las autopartes, los dispositivos médicos, los productos agroalimentarios, los equipos electrónicos, los ferrocarriles, las carreteras y los cruces fronterizos. También alcanza el empleo, la inversión, las remesas y la energía.
El gas natural estadounidense alimenta buena parte de la industria y las centrales eléctricas de México. De acuerdo con la Administración de Información Energética de Estados Unidos, los envíos por gasoducto hacia nuestro país promediaron 6 mil 400 millones de pies cúbicos diarios durante 2024 y alcanzaron un récord mensual de 7 mil 500 millones en mayo de 2025.
Por esas tuberías no circula solamente combustible.
También viaja una advertencia: quien depende del exterior para encender sus fábricas y producir electricidad debe medir cuidadosamente cada palabra pronunciada frente al proveedor.
A esa dependencia energética se suma la importancia económica de las remesas. México recibió 30 mil 759 millones de dólares durante el primer semestre de 2026, según el Banco de México. Detrás de esa cantidad hay alimentos, medicamentos, colegiaturas, techos reparados y pequeñas economías familiares sostenidas con dinero ganado lejos del país.
Por eso México no puede responder a Washington con frases de cantina, amenazas improvisadas ni discursos patrióticos fabricados para recibir aplausos.
Pero tampoco puede permitir que la prudencia se transforme en silencio permanente.
La presidenta Claudia Sheinbaum ha resumido su estrategia frente a Trump en dos principios: mantener la cabeza fría y defender una relación de cooperación sin subordinación. La fórmula es sensata. Ningún gobierno responsable debería convertir cada provocación del mandatario estadounidense en una crisis diplomática.
La cabeza fría, sin embargo, no significa inclinarla.
La cooperación exige reciprocidad; el diálogo necesita límites; y la cautela solamente funciona cuando detrás de ella existe una estrategia capaz de resistir las presiones.
La dignidad nacional no consiste en golpear la mesa hasta derramar los vasos. Consiste en llegar a ella con información, aliados, capacidad productiva y alternativas suficientes para que levantarse no signifique quedarse sin comer.
Desde Sinaloa, esta disputa no puede observarse como un pleito distante entre oficinas gubernamentales.
Cada amenaza arancelaria puede viajar hasta los campos donde se cultivan tomates, pepinos y pimientos destinados al mercado estadounidense. Puede llegar a los empaques, los transportistas, las aduanas y los jornaleros. Puede retrasar embarques, reducir precios, aumentar costos o convertir una cosecha en pérdida antes de que el producto cruce la frontera.
En una entidad golpeada por la violencia, la incertidumbre y las dificultades que enfrenta el campo, un conflicto comercial añadiría otra capa de fragilidad.
Cuando Washington modifica una tarifa, la decisión puede parecer una cifra escrita en un documento oficial. En Sinaloa puede significar una caja que no se vende, un camión detenido y una familia que vuelve a casa con menos dinero.
Por eso la relación con Estados Unidos no puede quedar exclusivamente en manos de la Presidencia, de un partido o de unas cuantas cúpulas empresariales.
La revisión del T-MEC debería convocar a gobernadores, legisladores, universidades, sindicatos, productores agrícolas, pequeñas empresas, especialistas, organizaciones sociales y representantes de los mexicanos residentes en Estados Unidos.
No para fabricar una fotografía ceremonial de unidad, sino para acordar qué puede negociar el país, qué debe proteger y cuáles son las concesiones que jamás debería presentar como victorias.
México suele convertir cada presión exterior en munición política interna.
Si el gobierno responde con firmeza, la oposición lo acusa de poner en riesgo la economía. Si actúa con cautela, lo acusa de arrodillarse. Si negocia en privado, se sospecha que existe una concesión oculta. Si informa públicamente, cada palabra se interpreta como propaganda electoral.
Mientras discutimos quién obtiene ventaja en la conversación nacional, Washington negocia con un Estado mexicano dividido por sus propias sospechas.
La unidad no significa cerrar filas ciegamente en torno a la Presidencia. Tampoco exige silenciar a la oposición o convertir la crítica en delito moral. Canadá demuestra precisamente lo contrario: los partidos pueden cuestionar al gobierno y, al mismo tiempo, reconocer que existen asuntos que pertenecen a todos.
La firmeza tampoco puede reducirse a responder arancel por arancel.
México debe preguntarse qué ocurriría si una disputa interrumpiera durante varios días el flujo de gas, frenara la llegada de componentes industriales, encareciera los alimentos o detuviera mercancías en la frontera.
La respuesta no puede improvisarse el día de la crisis: debe construirse mucho antes de que esta comience.
Diversificar mercados, producir insumos estratégicos, invertir en ciencia y tecnología, fortalecer la infraestructura energética y formar especialistas son actos concretos de independencia.
También lo son combatir la extorsión, garantizar la seguridad en las carreteras, modernizar las aduanas y ofrecer certeza jurídica a quienes producen e invierten.
Un país que no puede asegurar el tránsito de una mercancía dentro de su propio territorio llega debilitado a cualquier negociación internacional.
México necesita recordar, además, que la relación económica no favorece únicamente a nuestro país. Millones de empleos estadounidenses dependen de las cadenas productivas regionales. Una misma pieza puede cruzar varias veces la frontera antes de convertirse en automóvil. El agricultor mexicano, el transportista estadounidense y el fabricante canadiense pueden formar parte del mismo producto.
Washington puede presionar a México, pero tampoco puede separarse de él sin pagar un costo considerable.
Nuestra mejor defensa no consiste en fingir que la interdependencia no existe, sino en comprenderla con precisión y utilizarla con inteligencia.
Hay una frase que debería escribirse en la antesala de toda negociación:
Un país dividido puede soportar la presión exterior; solamente un país unido puede negociarla.
La lección canadiense no consiste en que México deba imitar cada represalia de Ottawa. Es más profunda: cuando un gobierno explica con claridad qué está en juego y la sociedad comprende que el interés nacional se encuentra por encima de la siguiente elección, la amenaza exterior puede convertirse en cohesión interna.
México necesita aprender esa lección antes de que la presión alcance su punto de ruptura.
Porque la dignidad no se demuestra solamente cuando una presidenta pronuncia una respuesta firme. Se demuestra cuando el país ha construido las capacidades necesarias para sostenerla al día siguiente.
América del Norte seguirá siendo una mesa compartida.
Estados Unidos, Canadá y México continuarán sentándose alrededor de ella, incluso después de las amenazas, los aranceles, las campañas electorales y los discursos destinados al consumo interno.
Pero no todos llegarán en las mismas condiciones.
Quien acuda sin estrategia aceptará el lugar que le asignen. Quien llegue dividido descubrirá que sus interlocutores ya conocen sus fracturas. Quien dependa demasiado de un solo proveedor negociará con el temor de que alguien cierre la llave.
Y quien no tenga claro qué desea defender terminará celebrando como victoria aquello que apenas consiguió conservar.
Canadá se sentó a la mesa con sus provincias cerrando filas.
México todavía está a tiempo de presentarse como una nación.
De lo contrario, el vecino más poderoso no solamente decidirá dónde nos sentamos.
También terminará escogiendo el contenido del menú.

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