BITÁCORA INQUIETA
Para mis nietas María José y Mariana, que cuentan los años hacia adelante mientras yo he aprendido a contarlos también hacia atrás
Jesús Octavio Milán Gil
Hay tardes en que miro a mis nietas  y tengo la extraña impresión de que el tiempo se ha sentado con nosotros a la mesa.
Ellas no lo saben.
Para ellas, el tiempo todavía es una promesa. Un cumpleaños que viene, unas vacaciones que faltan, un grado escolar que todavía no comienza, una Navidad demasiado lejana. A cierta edad, un año parece una eternidad y cinco minutos pueden convertirse en una tragedia si uno está esperando algo que desea.
Para mí, en cambio, el tiempo ha adquirido otras costumbres.
Ya no llega únicamente desde adelante.
También regresa.
A veces basta el olor de una comida, una fotografía olvidada, una canción escuchada por accidente o una pregunta de mis nietas para que se abra una puerta que yo creía cerrada y aparezca, intacto, un niño que alguna vez fui.
Entonces ocurre el milagro.
El abuelo desaparece.
Y durante unos segundos regreso a tener siete años.
Quizá por eso los abuelos somos una especie de contrabandistas del tiempo. Cruzamos de una época a otra llevando pequeñas mercancías que ninguna aduana podría registrar: nombres, historias, sabores, dichos, fotografías, silencios, maneras de mirar el mundo.
Transportamos muertos hacia el territorio de los vivos.
Y llevamos a los vivos hasta casas que ya no existen.
María José y Mariana pertenecen a un mundo que mis padres jamás pudieron imaginar.
Y mis padres pertenecieron a otro que ellas solamente podrán conocer a través de las palabras.
Entre esos dos territorios estoy yo.
Un puente.
Eso, quizá, sea un abuelo.
Un puente entre personas que nunca podrán estrecharse la mano.
De un lado están quienes estuvieron antes que nosotros: nuestros padres, nuestros abuelos, las voces que alguna vez llenaron una casa y que un día comenzaron a callarse.
Del otro lado están los nietos.
Ellos avanzan hacia un futuro que nosotros apenas alcanzamos a imaginar.
Y en medio permanecemos los abuelos, sosteniendo ambas orillas con una sustancia mucho más frágil que el acero y, sin embargo, sorprendentemente resistente:
la memoria.
-•o•-
Durante poco más de cuarenta años fui maestro.
Uno adquiere ciertas malas costumbres después de pasar tanto tiempo frente a un grupo.
Por ejemplo, creer que sabe algunas cosas.
Un profesor explica, pregunta, corrige, vuelve a explicar. Se acostumbra a entrar al salón con respuestas preparadas.
Pero la vida posee un sentido del humor bastante refinado.
Después de décadas enseñando, llegaron mis nietas.
Y comenzaron a examinarme ellas a mí.
Una tarde María José me hizo una pregunta que ya no recuerdo exactamente. Lo que sí recuerdo fue mi respuesta:
—No sé.
Después de tantos años como maestro, aquellas dos palabras me parecieron extrañas en la boca. Ella siguió jugando como si nada hubiera ocurrido.
Yo, en cambio, comprendí que acababa de recibir una clase.
Los niños tienen una especialidad pedagógica que ninguna universidad ha conseguido perfeccionar: hacen preguntas para las cuales los adultos no tenemos respuesta.
¿Por qué se muere la gente?
¿Dónde estaba yo antes de nacer?
¿Por qué hay personas malas?
¿Hasta dónde llega el cielo?
¿Tú también fuiste niño?
Esta última pregunta debería ser declarada patrimonio universal de los abuelos.
Y hay una que me parece especialmente poderosa cuando viene de un nieto:
«Abuelo, cuando tú ya no estés, ¿cómo voy a saber que todavía te acuerdas de mí?»
Esa pregunta no se responde bien con astronomía, química, filosofía ni religión. Quizá la respuesta de un abuelo sea mucho más sencilla: hay preguntas que no necesitan resolverse; necesitan convertirse en historias que los nietos puedan recordar.
Porque los nietos sospechan que uno nació así: con cabello blanco, fotografías antiguas y la inexplicable costumbre de decir que antes las cosas eran diferentes.
Pero no.
Los abuelos no nacimos viejos.
También corrimos.
También tuvimos miedo.
También nos enamoramos.
También cometimos tonterías monumentales convencidos de que estábamos tomando decisiones extraordinariamente inteligentes.
También tuvimos un primer día de escuela.
También desobedecimos.
También soñamos.
También hubo una época en que nuestros padres nos parecían eternos.
Hasta que un día descubrimos que no lo eran.
-•o•-
Algún día, mis nietas encontrarán una fotografía mía de cuando era joven.
Quizá la miren con curiosidad.
Tal vez se pregunten quién es ese muchacho.
Y alguien tendrá que explicarles:
—Es tu abuelo.
Espero que entonces se sorprendan.
Porque significará que habrán comprendido algo importante: dentro de cada anciano continúa escondido el niño que fue.
El cuerpo envejece.
El calendario avanza.
Pero la memoria tiene sus propias leyes.
A veces cierro los ojos y regreso a lugares desaparecidos.
Escucho voces que ya no existen.
Veo rostros que solamente sobreviven dentro de mí.
Y durante unos segundos comprendo que la memoria es la única máquina del tiempo que la humanidad consiguió construir sin darse cuenta.
No necesita electricidad.
Funciona con una canción.
Con un aroma.
Con una fotografía.
Con una palabra.
O con una nieta preguntando:
—Abuelo, ¿cómo era cuando tú eras niño?
Entonces comienza el viaje.
-•o•-
He vivido lo suficiente para saber que una vida no se construye solamente con aciertos.
También se construye con errores.
He acertado algunas veces.
Me he equivocado otras.
He conocido alegrías que todavía iluminan mis recuerdos y pérdidas que dejaron habitaciones interiores donde uno aprende a entrar despacio.
He amado.
He discutido.
He perdonado.
Me han perdonado.
He enseñado muchas cosas y he descubierto, con los años, que todavía me faltaban muchas más por aprender.
Eso también quisiera dejarles a mis nietas.
No la imagen de un abuelo perfecto.
Sería una herencia demasiado pesada.
Quisiera que algún día comprendieran que los seres humanos somos una mezcla complicada de decisiones correctas, errores, contradicciones, valentías y temores.
Y que la dignidad no consiste en no equivocarse.
Consiste en aprender a reconocer cuándo nos hemos equivocado.
-•o•-
Existe una pregunta que llega inevitablemente con los nietos:
¿Qué puede dejarles un abuelo?
La respuesta inmediata suele buscarse en las cosas.
Una casa.
Un terreno.
Dinero.
Libros.
Fotografías.
Algún reloj, anillo, medalla que pasó de una generación a otra.
Todo eso puede tener valor.
Pero cada vez estoy más convencido de que las herencias verdaderamente importantes no caben en un testamento.
Quisiera dejarles curiosidad.
Que nunca pierdan la costumbre de preguntar por qué.
Quisiera dejarles amor por el conocimiento.
No para presumir títulos, sino para que nadie pueda engañarlas fácilmente.
Quisiera dejarles dignidad.
Que sepan decir sí cuando quieran decir sí y, sobre todo, que aprendan a decir no cuando sea necesario.
Quisiera dejarles compasión.
Porque se puede ser inteligente y profundamente miserable.
Quisiera dejarles sentido del humor.
Les hará falta.
El mundo es demasiado absurdo para enfrentarlo siempre con solemnidad.
Quisiera dejarles libertad.
Libertad incluso para no pensar como yo.
Especialmente para eso.
María José y Mariana, ustedes no tienen ninguna obligación de parecerse a su abuelo.
No quiero discípulas.
Quiero mujeres libres.
No quiero que repitan mis respuestas.
Quiero que aprendan a formular sus propias preguntas.
Si algún día descubren que yo estaba equivocado en algo, no me defiendan solamente porque me quieren.
Corríjanme.
Aunque para entonces yo ya no pueda responderles.
Tal vez esa sea una de las formas más hermosas de continuar una conversación entre generaciones.
-•o•-
Los abuelos tenemos una ventaja que los padres todavía no poseen.
Sabemos que todo pasa demasiado rápido.
Cuando uno es padre, está ocupado resolviendo la vida.
Hay que trabajar.
Hay que pagar.
Hay que educar.
Hay que corregir.
Hay que llegar a tiempo.
Cuando uno se convierte en abuelo comprende algo que quizá debió saber desde el principio:
que muchas cosas podían esperar.
Pero los niños no.
A veces alguna de las dos toma mi mano para cruzar una calle. Ellas creen que soy yo quien las protege de los automóviles.
No saben que, mientras sus pequeños dedos aprietan los míos, ocurre exactamente lo contrario:
son ellas quienes me están sosteniendo.
Los niños crecen mientras uno está distraído.
Un día piden que los carguen.
Y poco después caminan delante de nosotros.
Luego empiezan a tomar decisiones.
Y un día, sin pedir permiso, se convierten en adultos.
Por eso observo a mis nietas con una atención distinta.
Sé algo que ellas todavía no saben:
este momento desaparecerá.
No mañana.
No la próxima semana.
Pero desaparecerá.
Y precisamente porque desaparecerá es precioso.
-•o•-
Algún día ellas tendrán su propia vida.
Tomarán decisiones que yo no conoceré.
Viajarán quizá por lugares donde nunca estuve.
Amarán personas que hoy ni siquiera existen en nuestro horizonte.
Conocerán triunfos.
También decepciones.
Alguna vez llorarán por algo que ahora sería imposible explicarles.
Y seguramente habrá momentos en que desearía estar allí para decirles alguna palabra.
Pero ningún abuelo recibe permiso para acompañar todos los capítulos.
Ésa es una de las cláusulas silenciosas de la vida.
Llegamos antes.
Nos vamos antes.
No hay injusticia en ello.
Hay continuidad.
Porque tal vez un abuelo no necesita permanecer físicamente para seguir acompañando.
A veces basta una frase.
Una costumbre.
Una fotografía.
Una manera de preparar algún alimento.
Una historia repetida tantas veces que todos aseguraban estar cansados de escucharla.
Hasta que un día ya no está quien la contaba.
Y entonces daríamos cualquier cosa por escucharla una vez más.
Quizá alguna tarde, dentro de muchos años, mis nietas estén conversando con alguien y, sin haberlo planeado, digan:
—Mi abuelo decía…
No importa demasiado lo que venga después.
Ese día habré regresado durante unos segundos.
-•o•-
Queridas nietas
No sé cómo será el mundo cuando ustedes tengan mi edad.
Probablemente habrá cosas que hoy parecerían ciencia ficción.
Pero sospecho que las preguntas fundamentales seguirán siendo las mismas.
A quién amar.
En quién confiar.
Qué defender.
Qué perdonar.
Cuándo marcharse.
Cuándo permanecer.
Qué hacer con el tiempo que nos toca.
Por eso quisiera pedirles unas pocas cosas.
Lean.
Pregunten.
Duden.
Estudien.
Viajen cuando puedan.
Escuchen a quienes piensan diferente.
No confundan popularidad con razón.
Ni riqueza con grandeza.
Ni poder con autoridad moral.
No permitan que nadie piense por ustedes.
Sean buenas personas, pero no ingenuas.
Defiendan su dignidad sin perder la ternura.
Equivóquense.
Nadie aprende a vivir sin hacerlo.
Y cuando se equivoquen, vuelvan a comenzar.
La vida tiene una extraordinaria tolerancia hacia quienes saben empezar de nuevo.
Amen.
Mucho.
Porque al final casi todo lo demás resulta sorprendentemente secundario.
-•o•-
Ahora vuelvo a mirarlas.
Ellas siguen caminando hacia adelante.
Yo continúo avanzando también, aunque cada vez llevo conmigo más recuerdos que proyectos.
Y comprendo finalmente para qué sirve el puente.
No para obligar a quienes vienen detrás a regresar al pasado.
Sino para que sepan de dónde vienen antes de decidir hacia dónde quieren ir.
Yo pertenezco durante un instante a las dos orillas.
Detrás de mí están quienes me trajeron hasta aquí.
Delante están mis nietas.
Algún día el puente ya no estará.
Pero ellas habrán cruzado.
Y llevarán consigo algunas palabras, algunas historias, quizá algún gesto que ni siquiera sabrán de dónde aprendieron.
Eso será suficiente.
Porque ahora comprendo algo que nadie me explicó cuando me convertí en abuelo.
Pensé que mi tarea consistiría en enseñarles el mundo.
Me equivoqué.
Fueron ellas quienes me concedieron algo mucho más extraordinario:
volver a mirarlo por primera vez.
Y si algún día, María José y Mariana, cuando hayan pasado muchos años, sienten deseos de buscar a su abuelo, no miren solamente las fotografías.
No busquen únicamente hacia atrás.
Mírense también ustedes.
Busquen en una pregunta que se atrevan a hacer.
En un libro que decidan abrir.
En una injusticia frente a la cual no guarden silencio.
En la mano que tiendan a alguien.
En la libertad con que construyan sus propias vidas.
Porque si algo bueno de mí consiguió seguir caminando dentro de ustedes, entonces habré descubierto la única manera que conozco de vencer al tiempo:
haberlas amado lo suficiente para seguir acompañándolas cuando yo ya sea solamente un recuerdo.

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