EL DÍA QUE CHIAPAS DECIDIÓ MIRAR HACIA MÉXICO
BITÁCORA INQUIETA
Hace 202 años, Chiapas quedó frente a una decisión extraordinaria: México o Centroamérica. Eligió federarse a México. Dos siglos después, la historia nos devuelve una pregunta: ¿México ha sabido mirar hacia Chiapas?
Jesús Octavio Milán Gil
Imagino aquella mañana de septiembre de 1824. No había una línea gruesa trazada sobre un mapa que dijera: México termina aquí. Tampoco otra que anunciara: aquí comienza Guatemala. Había montañas, selva, caminos, pueblos y familias. Comerciantes que miraban hacia Guatemala y otros que comenzaban a mirar hacia México. Y en medio de todo aquello, una pregunta enorme: ¿a qué país queremos pertenecer?
Hoy observamos el mapa de México y Chiapas nos parece inevitable. Allí está, en el extremo sur, como si hubiera nacido pegado para siempre al territorio nacional. Pero los mapas también tienen historia. Y hubo un momento en que Chiapas pudo no ser mexicano.
Antes de la Independencia, la provincia de Chiapas formaba parte de la Capitanía General de Guatemala. Sus relaciones administrativas, económicas y políticas estaban vinculadas históricamente con Centroamérica. Entonces llegó 1821. México rompió con España. Centroamérica también. Las antiguas estructuras coloniales comenzaron a desmoronarse y, entre sus ruinas, aparecieron países que todavía no sabían exactamente dónde comenzaban ni dónde terminaban. Chiapas quedó en medio.
Pero Chiapas no llegó pasivamente a aquella encrucijada. El 28 de agosto de 1821, Comitán proclamó su independencia de la Corona española, y en los días siguientes el movimiento alcanzó otras poblaciones de la provincia. Era un tiempo extraordinario: el viejo orden colonial se derrumbaba mientras las nuevas naciones todavía no terminaban de existir. Chiapas había pertenecido durante siglos al ámbito guatemalteco y, desde finales del siglo XVIII, a la Capitanía General de Guatemala; sin embargo, sus vínculos económicos y políticos también comenzaban a orientarse hacia la Nueva España y, después, hacia el México independiente. Así comenzó a construirse una decisión que no ocurrió de un día para otro: antes de preguntarse si sería mexicana o centroamericana, Chiapas tuvo que preguntarse primero qué quería ser después de España.
Primero se vinculó al naciente Imperio Mexicano de Agustín de Iturbide. Pero aquel imperio duró poco. Cuando Iturbide cayó en 1823, las provincias centroamericanas siguieron su propio camino y Chiapas volvió a quedar frente a la pregunta que parecía perseguirla: ¿México o Centroamérica?
Y hay un detalle que ayuda a comprender la dimensión de aquel momento: México todavía no tenía presidente de la República. Después de la caída de Iturbide gobernaba provisionalmente un Supremo Poder Ejecutivo mientras el país discutía incluso qué clase de nación quería ser. Chiapas proclamó su federación a México el 14 de septiembre de 1824; la primera Constitución federal sería promulgada apenas veinte días después, el 4 de octubre, y Guadalupe Victoria asumiría como primer presidente constitucional el día 10. Dicho de otra manera: mientras Chiapas decidía si quería ser mexicana, México todavía estaba terminando de decidir qué significaba ser México.
Durante muchos años nos enseñaron una respuesta sencilla: Chiapas decidió pertenecer a México. Punto. La historia, sin embargo, casi nunca termina donde colocamos el punto.
En 1824 se desarrolló un proceso de consulta entre los pueblos y partidos de la provincia para definir su futuro político. No debemos imaginar una elección como las actuales. No fue una elección individual como las que conocemos hoy. Las decisiones de pueblos y partidos se contabilizaron conforme a su población. El acta de recuento del 12 de septiembre registró una provincia de 172,953 habitantes distribuidos en 104 pueblos.
El resultado oficial fue contundente: 96,829 habitantes quedaron computados a favor de la federación con México; 60,400, a favor de Guatemala; y 15,724 correspondieron a poblaciones consideradas indiferentes, es decir, que no se habían pronunciado por ninguna de las dos opciones. Dos días después, el 14 de septiembre de 1824, Chiapas proclamó solemnemente su federación a la República Mexicana.
Detengámonos en una palabra: federación. Porque las palabras también cuentan la historia.
Con frecuencia decimos que cada 14 de septiembre conmemoramos la “anexión de Chiapas a México”. No es necesariamente falso, pero sí insuficiente. El documento de aquel día habla de federación a México, y la legislación mexicana actual denomina oficialmente esta efeméride “Incorporación del estado de Chiapas al Pacto Federal, en 1824”.
Anexión, incorporación, federación. Tres palabras que parecen describir lo mismo, pero no significan exactamente lo mismo. “Anexión” puede sugerir que un territorio simplemente fue agregado por otro. “Federación” pone el acento en la decisión política de incorporarse a una república federal. Y detrás de ambas palabras existe una realidad todavía más compleja: intereses regionales, autoridades locales, relaciones comerciales, disputas políticas y poblaciones que no pensaban necesariamente de la misma manera.
Por eso sería un error convertir aquella historia en una postal patriótica perfecta. También lo sería convertirla, sin más, en la historia de una conquista. Fue un proceso político de su tiempo, con sus reglas, sus intereses, sus contradicciones y con una mayoría oficial favorable a México.
Existe, además, una pieza que rompe cualquier intento de contar esta historia demasiado rápido: el Soconusco.
el Soconusco no quedó incorporado de manera pacífica y definitiva en ese mismo acto.
La región, cuya cabecera histórica era Tapachula, quedó durante años en una situación disputada entre México y Guatemala.
En términos muy resumidos, la secuencia histórica es esta:
1821: Chiapas y el Soconusco entran en el proceso de ruptura con España.
1824: la mayoría de Chiapas opta por federarse a México, pero el Soconusco mantiene una situación política particular y controvertida.
1825: México y la República Federal de Centroamérica acuerdan mantener al Soconusco en una condición neutral mientras se resolvía la disputa.
1842: el gobierno de Antonio López de Santa Anna decreta la incorporación del Soconusco a Chiapas y, por tanto, a México.
1882: el Tratado de Límites entre México y Guatemala, firmado durante el gobierno de Manuel González, establece finalmente la frontera internacional y Guatemala renuncia a sus reclamaciones sobre Chiapas y el Soconusco.
Mientras buena parte de Chiapas quedó incorporada a México en 1824, aquella región siguió durante años una trayectoria distinta y permaneció en medio de la disputa territorial entre México y Guatemala. Su incorporación efectiva a México llegaría hasta 1842, dieciocho años después. Los mapas, insisto, también tienen historia. La frontera sur de México todavía tardaría años en terminar de definirse.
Pero esta mañana, al recordar lo ocurrido hace 202 años, hay algo que me interesa incluso más que discutir cómo debemos llamar aquel acontecimiento. Me interesa preguntarme qué ocurrió después. Porque una nación no termina de incorporar un territorio cuando lo dibuja dentro de sus fronteras; lo incorpora verdaderamente cuando quienes viven allí participan también de sus oportunidades. Y es precisamente allí donde la historia comienza a incomodarnos.
En 2024, 66 de cada cien habitantes de Chiapas se encontraban en situación de pobreza multidimensional: más de 3.8 millones de personas. Y 27.1 por ciento de la población estaba en pobreza extrema. Pero hay cifras que quizá dicen todavía más: 34 por ciento presentaba rezago educativo; 63.3 por ciento, carencia por acceso a los servicios de salud; 76.4 por ciento, carencia por acceso a la seguridad social; y casi la mitad de la población, 48.6 por ciento, carecía de servicios básicos adecuados en la vivienda.
Doscientos años después de discutir a qué nación pertenecer, millones de chiapanecos siguen esperando que pertenecer a México signifique también participar plenamente de aquello que México promete.
No son cifras para negar los avances que han existido. La pobreza en Chiapas ha disminuido respecto de mediciones anteriores. Pero tampoco son números que debamos esconder detrás de una bandera. Son precisamente las cifras que una nación debe mirar cuando celebra su historia.
Porque pertenecer a un país debería significar algo más que aparecer dentro de sus fronteras. Debería significar escuela, hospital, agua, camino, trabajo, seguridad social, oportunidad y futuro.
Chiapas es uno de los territorios culturalmente más extraordinarios de México. Es tierra de pueblos originarios y lenguas que sobrevivieron a imperios, fronteras y gobiernos. Es selva, montaña, café, cacao, agua, arqueología y biodiversidad. Y también es uno de los espejos donde México puede observar con mayor crudeza sus desigualdades.
Por eso el 14 de septiembre merece algo más que una efeméride. Merece una pregunta.
Hace 202 años hubo pueblos chiapanecos que miraban hacia Guatemala. Otros miraban hacia México. Otros no se pronunciaron. Finalmente, la balanza oficial se inclinó hacia nuestro país.
Aquellos hombres y mujeres no podían imaginar el México del siglo XXI. No conocieron nuestras carreteras, nuestros aviones, nuestros hospitales modernos, internet, teléfonos celulares ni inteligencia artificial. Pero entendían algo que nosotros corremos el riesgo de olvidar: pertenecer a una nación significa compartir un destino. Y compartir un destino también significa compartir responsabilidades.
Por eso este 14 de septiembre no quiero mirar solamente un mapa antiguo. Quiero mirar el Chiapas de hoy: sus comunidades, sus escuelas, sus hospitales, sus caminos, sus pueblos indígenas, sus niños y sus oportunidades.
Y entonces la celebración adquiere otro significado. Porque quizá la verdadera incorporación de un territorio nunca termina. Se construye todos los días con derechos, oportunidades, justicia, presencia y dignidad.
Hace 202 años, Chiapas tuvo que decidir hacia dónde mirar. La historia dice que miró hacia México.
Hoy corresponde invertir la pregunta:
¿México ha sabido mirar hacia Chiapas?

