Oswaldo Villaseñor
La invitación la giró el Senador Morenista por Baja California,  Juan Melendres. Visitar las instalaciones del Senado y constatar cómo se discute el rumbo del país y de los mexicanos en vivo y a todo color. Es una experiencia para vivirla y más para los periodistas de provincia.
Es tener la información en tiempo real. Es tener la oportunidad de informar a sus lectores primero que nadie de lo que ahí se discute y se acuerda y qué impacta en el destino de la República.
Sin invitación o acreditación no se puede entrar a la casa del pueblo  de la República.
Llegué al edificio del Senado de la República bajo el cielo medio nublado de la Ciudad de México. El nacionalismo se respira por todos lados. Los festejos del grito de independencia ya se viven en todo su esplendor.
El complejo se alza sobre Paseo de la Reforma: líneas modernas, concreto, cristal y acero que contrastan con el tráfico y los árboles del bulevar más famoso y emblemático de la CDMX.
Desde la calle ya se percibe el peso institucional. Ya huele a poder.
Minutos antes, recibí el oficio de visita firmado por el Licenciado Martín Cota Ochoa, jefe de la oficina y enlace legislativo del Senador Juan Meléndrez.
Pasé el primer control de seguridad en la entrada: identificación, revisión de pertenencias, detector de metales y la credencial temporal de visitante colgada al cuello. El aire acondicionado recibía con un frescor casi impersonal. Olor a piso recién trapeado, a café de oficina y a ese silencio contenido de los lugares donde se discuten leyes que afectan a todo el país.
Personal del equipo del Senador Juan Melendrez, me orientó hacia el área de su oficina. Los pasillos son amplios, iluminados con luz artificial constante, paredes claras y señales discretas que indican comisiones, salones de juntas y el salón de sesiones. Retratos de antiguos legisladores y escudos de los estados de la República acompañan el recorrido. Se oyen pasos apresurados, el roce de carpetas y, de vez en cuando, el eco de una conversación en voz baja sobre “la minuta que viene de San Lázaro” o “el dictamen de la Comisión de Hacienda”.

A la llegada a la oficina, me anuncié. Ya me esperaban. Me recibió el licenciado Martín Cota y de inmediato me pasó a la oficina del Senador Melendrez. “Nada más pasa una votación y el Senador vendrá a saludarlo”, refirió.
Unos minutos después, llegó el Senador Melendrez. Pasaron unos 20 minutos de conversación sobre el rumbo del país y los temas candentes que concentran la conversación pública.
Momentos después, hace una nueva lnvitación. Que vayamos al salón de sesiones.
El hemiciclo con sus escaños dispuestos en semicírculo, la mesa directiva al frente, las pantallas y el sistema de votación electrónica. La bandera nacional y el escudo presidían el espacio. Los senadores se movían de un escaño al otro pero a la hora de la votación todos iban a ocupar sus lugares.
Algunos seguían conversando con sus compañeros cercanos. Otros revisaban documentos en tabletas o cuadernos. Había trajes formales, guayaberas en algunos casos, y ese aire de familiaridad entre quienes se ven casi a diario. Reconocí rostros que aparecen en noticieros, pero aquí se veían más cercanos. Otros eran conocidos. A lo lejos vi sentado en su escaño al Senador Enrique Inzunza y la Senadora Paloma Sánchez. Ambos Senadores por Sinaloa. El Senador Melendrez se percató a quien buscaba mi mirada y atinó a decir. “Allá están sus paisanos”.
La sesión continuaba con la formalidad acostumbrada. El presidente de la Mesa Directiva dio la palabra. Un senador del grupo mayoritario expuso los argumentos a favor de una iniciativa relacionada con la doble nacionalidad. Después otra con un tema de recursos federales y coordinación con los estados.
Poco después intervino una Senadora de la oposición. La respuesta fue más directa: criticó la falta de consulta previa, señaló posibles afectaciones a ciertas entidades y habló de “centralismo disfrazado”.
Paloma Sánchez habló de la realidad trágica que vive Sinaloa y demandó mayor atención y castigo para los responsables.
Durante un receso salimos por el  pasillo principal. Allí se produjo el encuentro más cercano. Manuel Añorve y otros senadores daban una conferencia de prensa acompañando a un grupo de productores agrícolas.
El Senador Melendrez decía. Aquí viene gente de todo el país y a todos sw les atiende. A unos por algún senador en especial y a otros por otros, pero todos son atendidos.
“¿Es la Primera vez en el Senado?”, preguntó.
La respuesta fue negativa. “Ya van muchas veces que vengo invitado por algún amigo senador, así como usted”.
El Senador Melendrez, me habló del edificio —“moderno, pero el trabajo sigue siendo el mismo de siempre”— y de la particularidad de la Cámara Alta: “Aquí representamos a los estados. A veces el debate es más pausado que en Diputados, pero las decisiones pesan igual o más”. Me invitó a tomarnos fotos frente a los escudos de su Estado Baja California y Sinaloa.
No hubo discursos grandilocuentes. Solo la sensación de estar escuchando a personas que viven entre dictámenes, plazos legislativos y la conciencia de que lo que aprueban impacta en treinta y dos entidades y millones de personas.
Volvimos a la tribuna para el tramo final. El debate se centró en un punto de la agenda relacionado con seguridad y coordinación interinstitucional. Argumentos jurídicos, datos de incidencia delictiva, referencias a convenios con los gobiernos estatales.
Cuando llegó el momento de votar, las luces del sistema electrónico se encendieron. El resultado se anunció con la frialdad de un procedimiento. Quienes apoyaron la propuesta no celebraron en voz alta. Quienes se opusieron guardaron silencio o intercambiaron miradas.
Al salir, el ruido de Reforma —cláxones, voces, el ir y venir constante de la ciudad— contrastó con la quietud relativa que dejaba atrás. Me llevé la imagen de aquellos pasillos amplios, de las voces medidas y de los rostros concentrados frente a las pantallas y los documentos. El Senado mexicano no es un escenario de espectáculo permanente. Es un espacio donde el poder legislativo se ejerce con formalidad, donde las discusiones se ajustan al reglamento y donde un visitante, por unas horas, puede percibir el peso silencioso de las decisiones que se toman entre concreto, cristal y palabras precisas.
Así fue aquella mañana. Y así, probablemente, transcurren muchas otras en el corazón legislativo de la República.

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