BITÁCORA INQUIETA 
El desperdicio energético de un país que quema su propio gas…  y la silenciosa pérdida de soberanía energética en México
JESÚS OCTAVIO MILÁN GIL 
Hay países que un día descubren que ya no respiran por sus pulmones… sino por tuberías de Texas.
Y quizá México empezó a descubrirlo demasiado tarde.
Porque hubo un tiempo en que la soberanía nacional olía a petróleo crudo, a expropiación petrolera, a discursos encendidos desde los balcones del poder y a trabajadores cubiertos de hollín creyendo que el subsuelo podía sostener el destino entero de una nación.
Pero el siglo XXI cambió las reglas sin pedir permiso.
Ya no gobierna únicamente quien tiene petróleo.
Gobierna quien controla el gas.
Quien controla las válvulas.
Quien decide si una ciudad enciende sus luces… o se apaga.
Y mientras millones de mexicanos siguen asociando la palabra “energía” con PEMEX y los viejos pozos petroleros, debajo del país comenzó a crecer otra nación invisible: la nación de los gasoductos.
Miles de kilómetros de acero enterrados bajo desiertos, montañas, carreteras y comunidades enteras.
Tuberías que no solo transportan combustible.
Transportan dependencia.
Porque sí: gran parte del gas que hoy mantiene encendido a México viene desde Texas.
Cruza la frontera como una corriente silenciosa que alimenta termoeléctricas, industrias, ciudades y sistemas completos de generación eléctrica.
Y quizá lo más inquietante no sea que llegue desde Estados Unidos.
Lo verdaderamente inquietante es que México ya no puede vivir sin él.
“Hoy el país importa aproximadamente entre el 70 y el 75 por ciento del gas natural que consume.”
La mayoría proviene de Texas, convertido en potencia energética global gracias al shale gas y al fracking, una revolución tecnológica que transformó a Estados Unidos en uno de los mayores productores del planeta.
Mientras eso ocurría, México envejecía energéticamente.
Las refinerías se deterioraban.
La infraestructura se rezagaba.
La producción nacional disminuía.
Y el país comenzó a conectarse a ductos extranjeros como un paciente conectado a oxígeno.
Sin escándalo.
Sin dramatismo.
Sin que la mayoría lo notara.
Porque las dependencias modernas no siempre llegan con invasiones militares.
A veces llegan enterradas bajo tierra.
En forma de tubería.
Y ahí aparece la gran paradoja mexicana.
Una de las más dolorosas de nuestra historia energética reciente.
México importa gas desesperadamente… mientras parte de su propio gas termina quemándose en refinerías y complejos petroleros.
Literalmente ardiendo hacia el cielo.
A eso se le conoce como flaring.
La quema controlada de gas asociado al petróleo cuando no existe infraestructura suficiente para capturarlo, procesarlo, almacenarlo o transportarlo adecuadamente.
El fuego aparece entonces como solución rápida.
Como escape técnico.
Como síntoma.
Llamas enormes iluminando la noche industrial del país mientras, al mismo tiempo, millones de dólares cruzan la frontera para comprar gas extranjero.
La imagen parece salida de una novela latinoamericana.
Pero no es ficción.
Es estructura.
Porque México no solo enfrenta un problema de producción energética.
Enfrenta un problema de planeación histórica.
México descubrió demasiado tarde que la dependencia también puede viajar por tuberías.
Durante años, la infraestructura nacional quedó atrapada entre corrupción, rezago tecnológico, improvisación política y decisiones energéticas de corto plazo.
Y el resultado terminó siendo brutal:
el país con petróleo comenzó a depender del gas ajeno para no apagarse.
La paradoja adquiere dimensiones todavía más delicadas cuando se entiende que buena parte de la electricidad nacional depende ya del gas natural.
Las plantas termoeléctricas lo necesitan.
La industria lo necesita.
Las ciudades lo necesitan.
Los sistemas de aire acondicionado durante las olas extremas de calor lo necesitan.
Los hospitales lo necesitan.
Las cadenas de producción lo necesitan.
México entero comenzó a respirar por ductos.
Y eso convierte cualquier tensión geopolítica, crisis climática, falla técnica o conflicto comercial en una amenaza potencial para la estabilidad nacional.
Porque el nuevo poder mundial ya no se mide únicamente en ejércitos.
Se mide en energía disponible.
En almacenamiento.
En control de suministro.
En autonomía estratégica.
El siglo XXI ya no discute solamente petróleo.
Discute vulnerabilidad energética.
Discute quién puede sobrevivir el día que falte electricidad.
Y quizá por eso los gasoductos dejaron de ser simple infraestructura.
Ahora son arterias geopolíticas.
Líneas de poder enterradas bajo el continente.
En Sinaloa, por ejemplo, muchos observan esos ductos como si fueran únicamente parte del paisaje industrial moderno.
Pero debajo de esa aparente normalidad circula algo mucho más profundo:
circula la dependencia energética de una nación entera.
Porque los ductos que cruzan el norte del país forman parte de una gigantesca red continental que conecta a México con el corazón energético texano.
Y ahí reside una verdad incómoda:
la soberanía ya no se pierde únicamente firmando tratados.
También puede perderse cuando un país deja de producir lo suficiente para sostener su propia respiración energética.
La tragedia moderna es silenciosa.
No llega con tanques.
Llega con apagones.
Con calor extremo.
Con tarifas eléctricas.
Con industrias detenidas.
Con ciudades enteras rezando para que las válvulas sigan abiertas.
Y quizá el debate verdadero ni siquiera sea ideológico.
Tal vez sea civilizatorio.
Porque el problema ya no consiste solamente en producir energía.
Consiste en aprender a no desperdiciarla.
En construir infraestructura.
En invertir con visión de décadas.
En entender que las naciones modernas no colapsan únicamente por guerras…
también pueden colapsar porque olvidaron cómo sostener la energía que las mantenía vivas.
Y mientras el país sigue discutiendo el pasado petrolero, debajo de México continúa creciendo el verdadero mapa del poder contemporáneo:
el de los ductos invisibles.
El de las válvulas silenciosas.
El del gas que llega desde Texas para impedir que el país se apague.
Porque quizá el verdadero dueño del siglo XXI no será quien tenga más petróleo… sino quien pueda sobrevivir el día que alguien decida cerrar la válvula.
Y México ya empezó a depender de manos ajenas para seguir respirando.

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