BITÁCORA INQUIETA
Dolores Gil Castro: la estrella fugaz que cruzó mi cielo y nunca terminó de irse
JESÚS OCTAVIO MILÁN GIL 
Hay presencias que parecen eternas porque uno las conoce antes de tener memoria.
Están ahí desde el principio, como el sol de la mañana, como el olor del café que despierta la casa, como el murmullo de la lluvia sobre los techos de lamina de la infancia.
Uno crece creyendo que esas cosas no pueden acabarse.
Que pertenecen al orden natural del universo.
Que siempre estarán aguardándonos al regreso, con la paciencia humilde de quienes han hecho del amor una costumbre.
Así son las madres.
Llegan a nuestra vida antes de que sepamos pronunciar su nombre y, sin pedir nada a cambio, comienzan a levantar alrededor de nosotros una fortaleza invisible hecha de desvelos, sacrificios y ternura.
Nos cargan cuando todavía no sabemos sostener la cabeza.
Nos alimentan antes de que podamos pedir.
Nos defienden incluso de los peligros que aún no existen.
Y nos miran con una fe tan absoluta que terminamos creyendo que, después de todo, quizá sí sea posible vencer al mundo.
Cuando somos niños, pensamos que una madre es simplemente una parte del paisaje.
Como la mesa donde comemos.
Como la ventana por donde entra la tarde.
Como el cielo mismo.
No imaginamos que también ellas se cansan.
Que también envejecen.
Que también conocen el miedo, la incertidumbre y el dolor.
Las vemos caminar por la casa con una naturalidad tan perfecta que olvidamos que, detrás de cada gesto, hay una mujer que ha ido dejando fragmentos de su vida para construir la nuestra.
Recuerdo a mi madre como se recuerdan los pueblos donde uno fue feliz: no por una sola imagen, sino por una sucesión de pequeñas escenas iluminadas por una luz antigua.
La veo inclinada sobre la cocina mientras el aroma de la comida anunciaba que el mundo seguía en orden.
La escucho llamándonos con esa voz que era al mismo tiempo mandato y caricia.
La siento acomodándonos la ropa, corrigiendo nuestros pasos, curando con sus manos lo que la vida comenzaba a lastimar.
Entonces no lo sabía, pero en aquellos actos aparentemente sencillos se encontraba escondida la arquitectura secreta del universo, mi madre Dolores Gil Castro.
Mi madre nació el 8 de noviembre de 1912, nació en un año en que el mundo descubría su fragilidad: cuando el océano se había tragado al barco más soberbio de su tiempo.
Nació cuando el mundo todavía no se recuperaba del hundimiento del Titanic apenas siete meses antes, el 15 de abril de 1912.
Nació cuando México seguía escribiendo su Revolución y Europa comenzaba a escuchar, a lo lejos, los primeros tambores de la guerra, de la primer guerra mundial. Llegó al mundo en una época convulsa, como si la historia quisiera recordarnos que las almas más luminosas suelen nacer precisamente cuando la humanidad más necesita esperanza.
Y quizá esa sea la coincidencia más hermosa: mientras el siglo XX se preparaba para mostrar su rostro más violento, también nacía una mujer destinada a demostrar que la ternura puede ser más poderosa que cualquier catástrofe.
Nació, cuando el siglo apenas comenzaba a ensayar sus grandezas y sus tragedias.
Y como tantas mujeres de su generación, no necesitó escribir libros ni ocupar cargos públicos para dejar una huella imborrable.
Le bastó con vivir.
Con resistir.
Con amar.
Con convertir el sacrificio cotidiano en una forma silenciosa de heroísmo.
Porque hay mujeres que no aparecen en los archivos de la historia, pero sostienen la historia completa desde la intimidad de sus hogares.
Mujeres que zurcen ropa y al mismo tiempo remiendan destinos.
Mujeres que reparten alimento y también esperanza.
Mujeres que, sin proponérselo, enseñan a sus hijos que la dignidad puede practicarse en voz baja.
Con el tiempo, los hijos abandonamos la casa como quien cree que el mundo apenas empieza.
Nos ocupan el trabajo, las urgencias, los proyectos y las distracciones.
Y damos por hecho que esa luz seguirá esperándonos al final del camino.
Pensamos que siempre habrá otra llamada.
Otro abrazo.
Otra conversación en la cocina.
Otro domingo.
Pero la vida, que es una novela escrita por un autor que nunca revela el último capítulo, termina recordándonos que hasta las estrellas más brillantes tienen un tiempo contado.
Entonces comprendemos que una madre es, en efecto, una estrella fugaz.
No porque su paso sea insignificante, sino porque su belleza es tan intensa y tan irrepetible que solo entendemos su magnitud cuando el cielo vuelve a oscurecerse.
Y cuando esa luz se apaga, el universo conserva la forma de su ausencia.
La casa sigue siendo la misma, pero algo esencial ha cambiado de sitio.
El silencio adquiere otro peso.
Las fotografías dejan de ser recuerdos y se convierten en conversaciones pendientes.
Y uno descubre, con una tristeza serena, que ha quedado definitivamente del lado de los huérfanos.
Sin embargo, las madres no desaparecen del todo.
Se mudan al territorio más persistente de la existencia: la memoria.
Viven en las palabras que repetimos sin saber que son suyas.
En los gestos que heredamos.
En la forma de preocuparnos por nuestros hijos.
En la costumbre de servir primero a los demás.
En la voz interior que todavía nos corrige cuando estamos a punto de equivocarnos.
Y así, aunque el cuerpo se haya ido, su amor continúa ejerciendo una silenciosa soberanía sobre nuestra vida.
La Escritura lo dijo con la sencillez de las verdades definitivas:
“Honra a tu padre y a tu madre, para que tus días se alarguen sobre la tierra que Jehová tu Dios te da.” — Éxodo 20:12
Honrar a una madre no consiste únicamente en recordarla.
Consiste en comprender, antes de que sea demasiado tarde, que el amor más puro que recibiremos en esta vida tuvo su rostro.
Si tu madre aún vive, detén por un instante la prisa del mundo.
Llámala.
Escúchala.
Abrázala con la conciencia de que estás tocando una parte irrepetible del universo.
Y si ya partió, levanta la vista al cielo.
Tal vez descubras que ciertas estrellas fugaces no desaparecen.
Solo cambian de lugar para seguir alumbrándonos desde adentro.
Porque una madre nunca deja realmente este mundo.
Se convierte en la luz secreta con la que seguimos caminando.
Y quizá eso sea, al final, la forma más exacta de la eternidad.
In memoriam de mi madre, Dolores Gil Castro (8 de noviembre de 1912), la estrella fugaz cuya luz continúa iluminando, con la misma ternura de siempre, los rincones más profundos de mi alma.

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