UNA UNIVERSIDAD NACE DOS VECES
BITÁCORA INQUIETA
Primero cuando abre sus puertas; después, cuando aprende a honrar a quienes le entregaron la vida entera
JESÚS OCTAVIO MILÁN GIL
Hay universidades que se construyen con ladrillos.
Y hay universidades que se construyen con vidas.
La diferencia parece pequeña, pero no lo es.
Los edificios envejecen. Los laboratorios se modernizan. Los equipos se sustituyen. Los planes de estudio cambian. Las generaciones pasan.
Las vidas que se entregan a una institución, en cambio, permanecen.
Por eso, lo ocurrido en la Facultad de Ciencias Químico-Biológicas de la Universidad Autónoma de Sinaloa durante la entrega del Galardón a la Trascendencia FCQB “Ernesto Camacho Sánchez” al Dr. Jorge Milán Carrillo fue mucho más que una ceremonia protocolaria.
Fue un ejercicio de memoria.
Y toda universidad que conserva memoria conserva futuro.
En el marco de los 152 años de la enseñanza de las ciencias químico-biológicas en la UAS, el homenaje permitió mirar hacia atrás para comprender algo que con frecuencia olvidamos: detrás de cada avance científico existe una historia humana.
Detrás de cada investigador existe una familia.
Detrás de cada publicación existen sacrificios.
Detrás de cada laboratorio existe una vocación.
Y detrás de cada vocación existe una decisión que cambió para siempre el rumbo de una vida.
Discurso del Dr. Jorge Milán Carrillo
EL FACTOR HUMANO DETRÁS DE LA EVOLUCIÓN CIENTÍFICA
Saludo con profundo respeto y gratitud a las autoridades que hoy nos
acompañan. Agradezco profundamente la presencia de la Dra. Nidia Yuniba
Bru Corona, Secretaria General de nuestra Universidad Autónoma de
Sinaloa, quien nos honra con su representación en nombre de nuestro señor
Rector, Dr. Jesús Madueña Molina. Entendemos que por su apremiante
agenda institucional no le fue posible acompañarnos físicamente el día de
hoy, pero le enviamos desde aquí un cordial saludo y nuestro
agradecimiento. De igual manera, saludo afectuosamente al director de nuestra Facultad de Ciencias Químico-Biológicas, el Dr. Eusiel Rubio
Castro, así como a todos los invitados especiales, miembros del presídium,
colegas, estudiantes y amigos que se dan cita el día de hoy.
El filósofo Søren Kierkegaard escribió alguna vez que «La vida solo puede ser comprendida mirando hacia atrás, pero debe ser vivida mirando hacia adelante». Hoy, al recibir el Galardón a la Trascendencia FCQB ‘Ernesto
Camacho Sánchez’ en el marco de los 152 años de la enseñanza de las
ciencias químico-biológicas en nuestra Universidad Autónoma de Sinaloa,
esa frase cobra para mí un sentido absoluto.
Para mí, esta celebración tiene un eco muy personal e íntimo: este año
cumplo 50 años de labor ininterrumpida en nuestra Alma Mater. Medio siglo
de vida entregado a nuestra comunidad universitaria.
Dicen por ahí que ‘el hubiera no existe’, y mi llegada a la Facultad de Ciencias Químico-Biológicas de esta Universidad es la prueba perfecta de ello. Si miro hacia
atrás para comprender mi vida, veo que mi historia no comenzó con batas
blancas. En mis años de bachillerato, mi verdadera pasión era el fútbol
soccer. Como seleccionado juvenil de la UAS, fui llamado a representar a
Sinaloa en la categoría menor de 16 años. Durante ese torneo, fui elegido
junto con otros dos compañeros para concentrarnos por dos meses en la
Ciudad de México con el equipo nacional. Al terminar, fui seleccionado para
representar a México en un torneo en Francia. Sin embargo, por mi edad,
necesitaba el permiso de mi padre. Cuando regresé a Sinaloa a pedirle su
firma, su respuesta fue un rotundo ‘NO’. Me dijo que mi deber era estudiar y
que lo haría aquí, en Sinaloa. Ahí terminó mi prometedor futuro futbolístico, pero, viéndolo a la distancia, ahí también comenzó mi verdadera historia:
me quedé y continué mi carrera profesional en nuestra querida UAS.
Y qué bueno que me quedé, porque mi historia docente tuvo entonces un
origen muy peculiar, motivado por el corazón. Siendo apenas estudiante de
segundo año de Ingeniería Química, vivía en Costa Rica, Sinaloa. Ahí
iniciaba la preparatoria popular en turno vespertino y yo asistía todos los
días, no por afán académico, sino porque ahí estudiaba una muchacha muy
guapa e inteligente que me gustaba muchísimo.
Como había una gran necesidad de maestros, un día mis amigos y maestros de aquella preparatoria, entre ellos Jesús Octavio Milán Gil, Jaime W. Espinoza Peña y Benjamín López Trapero, me acorralaron amistosamente y me dijeron: «Oye, si vienes todos los días, ¿por qué no nos das clases? No tenemos maestro de química ni de física para segundo año». Y fue así, por querer estar cerca de ella, que inicié mi labor frente a un pizarrón. Lo irónico es que al terminar el
semestre ella se fue a cursar el segundo grado a Culiacán y ya no pude
darle clases; pero en el proceso descubrí una vocación para toda la vida, y
aquella muchacha, Evelia, aquí presente, afortunadamente, hoy es mi
esposa.
Ese fue mi inicio, pero mi salto hacia la investigación tuvo su propia prueba
de fuego. En septiembre de 1992, busqué ingresar a la Maestría en Ciencia
y Tecnología de Alimentos. Para ingresar era necesario acreditar las
diversas materias del curso propedéutico.
Durante el desarrollo de dicho curso, un ciclón arrasó el centro de Sinaloa y nos dejó sin energía eléctrica durante dos largas semanas. Fue entonces cuando mi familia demostró ser mi verdadero motor:
conectamos la batería del carro para tener una iluminación mínima en casa
y así poder estudiar. Bajo esa luz tenue y acompañado de mi esposa y mis
hijas, logré ingresar al posgrado, cambiando para siempre el devenir de lo
que soy hoy.
En este proceso de formación, no caminé solo. Quiero expresar mi más
profundo agradecimiento a mis profesores de licenciatura, quienes me dieron las bases
fundamentales; a mis mentores de la maestría, destacando al M.C. Antelmo
Ríos Morgan, al Dr. César Avelino Ordorica Falomir y al Dr. Benigno Valdés
Torre, que me introdujeron a la investigación; y a mi guía en la maestría y
doctorado, el Dr. Cuauhtémoc Reyes Moreno, quien pulió mi visión científica.
Mi vocación también me llamó a servir desde la gestión institucional. Fui
funcionario universitario en varias etapas (2005-2011 y 2021-2025) y tuve el
enorme honor de dirigir esta Facultad de 2011 a 2021. Desde ahí, asumí el
reto de impulsar la calidad y la mejora continua de nuestra Universidad. En este camino, hice equipo con grandes líderes: mi recuerdo y gratitud al Ing.
David Moreno Lizárraga, al M.C. Héctor Melesio Cuén Ojeda (Q.E.P.D.)
durante su periodo rectoral de 2005 a 2009, al Dr. Víctor Antonio Corrales
Burgueño (2009-2011), y al Dr. Juan Eulogio Guerra Liera, con quien trabajé
estrechamente. Asimismo, extiendo mi más sincero agradecimiento a
nuestro actual rector por el invaluable respaldo brindado durante mi reciente
gestión. Hoy he dejado la función institucional para retomar mi gran pasión,
siendo nuevamente profesor investigador de tiempo completo.
A lo largo de 50 años, el contraste tecnológico que he presenciado es
asombroso. Jamás hubiéramos imaginado que terminaríamos en desarrollo
de alimentos funcionales y nutracéuticos a partir de bioprocesos. Sin
embargo, la verdadera maravilla no son los equipos, sino el ingenio de las
personas. Una anécdota lo ilustra perfecto: como equipo del Laboratorio 18
de la FCQB, logramos un premio nacional en una época de mínima infraestructura. ¿Cómo lo logramos? Durante un congreso nacional, en un espacio de convivencia académica, entablamos diálogo con investigadoras de diversas instituciones del país, entre ellas el IPN, la UNAM y la UNISON. De aquellas conversaciones surgieron vínculos de colaboración que nos permitieron acceder a equipos que no teníamos y articular el proyecto que posteriormente obtuvo el Premio Nacional de Ciencia y Tecnología en 1999. El célebre divulgador Carl Sagan decía que ‘la ciencia no es solo una disciplina de la razón, sino también de romance y
pasión’, y puedo asegurarles que fue esa misma pasión la que nos hizo
superar cualquier carencia y demostrar cómo se hace realmente la ciencia.
Por otro lado, el gran maestro Paulo Freire afirmaba que ‘la educación no
cambia al mundo, cambia a las personas que van a cambiar el mundo’. Y en
este medio siglo, mi mayor privilegio ha sido precisamente ese: ver madurar
a decenas de generaciones. Como docente e investigador, he participado
en la formación de Químico Farmacéutico Biólogo (QFB), Ingeniero Químico (IQ) e Ingeniero Bioquímico (IBQ), hasta llegar a la inmensa satisfacción de ser fundador de nuestra más reciente licenciatura: la Licenciado en Biotecnología Genómica (LBG). Este orgullo se extiende a nuestros egresados de los posgrados en Ciencia y Tecnología
de Alimentos y en Biotecnología, que hoy celebran sus 35 y 30 años de excelencia, respectivamente.
Este viaje en la investigación jamás habría sido posible sin el apoyo del
grupo de investigación al que pertenezco, encabezado por el Dr. Cuauhtémoc Reyes Moreno e integrado también por el Dr. Roberto Gutiérrez Dorado, la Dra. Edith Oliva Cuevas Rodríguez y la Dra. Saraid Mora Rochín. Juntos hemos
consolidado proyectos en la LGAC de Alimentos Funcionales y Bioprocesos,
así como la creación del futuro Centro de Investigación para la Agrosalud de
Sinaloa (CIAS-UAS).
Pero todo este camino, con sus largas jornadas, desvelos, éxitos y encrucijadas, habría sido completamente imposible sin mi mayor fortaleza,
mi refugio y mi paz: mi familia. A ellos quiero expresarles hoy mi más profunda e infinita gratitud. La trascendencia académica de la que hoy se habla no es un logro individual; es el resultado directo de su apoyo incondicional, de su paciencia generosa y de una solidaridad silenciosa pero poderosa que me sostuvo en cada momento de estos 50 años.
Dedico este momento con infinito amor a mi madre, Doña Eva, origen de mis valores y de mi perseverancia; y a mis hermanos: José Rodolfo, José
Arturo, José Ignacio, Leticia, Enrique, Mirna Emilia y Francisco, por su hermandad y su respaldo a lo largo de toda la vida.
Principalmente, mi reconocimiento más profundo y mi corazón entero son para aquella muchacha de la preparatoria que inspiró mi primera clase, la misma que años después, demostrando una solidaridad inquebrantable,
me acompañó bajo la luz tenue de una batería de carro para que yo pudiera
estudiar y construir un futuro. Gracias, mi esposa Evelia, por ser mi pilar y mi compañera de vida. A mis tres hijas: Ada Keila, Evelia María y Sylvia Arely, que son mi mayor orgullo, mi inspiración diaria y la razón de cada uno
de mis esfuerzos. A mis yernos, Álvaro e Iván, por sumar cariño, respeto y alegría a nuestro hogar; y a mis cuatro nietos: Ivanna Lizzete, Jorge Andreu, Iván Nicolás y Álvaro, quienes son la luz de mis días y la más hermosa promesa del futuro. Este galardón no me pertenece a mí solo, es enteramente de ustedes, porque su amor es el verdadero premio de mi vida.
Victor Hugo nos dejó una reflexión que conserva plena vigencia: «El futuro tiene muchos
nombres. Para los débiles es lo inalcanzable. Para los temerosos, lo
desconocido. Para los valientes es la oportunidad».

Al mirar hacia el mañana, no puedo dejar de reflexionar sobre la universidad
pública del futuro y, muy en especial, sobre nuestra Universidad Autónoma
de Sinaloa. El presente nos exige ser una institución resiliente, innovadora
y profundamente conectada con las necesidades de nuestra sociedad. El
futuro que todos los universitarios deseamos para la UAS es uno donde se
mantenga inquebrantable su autonomía, su carácter humanista y su excelencia académica. Soñamos y trabajamos para una universidad que siga
siendo el gran igualador social, un faro de conocimiento abierto a todos,
capaz de competir a nivel global sin perder su esencia local. Una universidad
que, así como me dio a mí la oportunidad de cambiar una cancha de fútbol
por un laboratorio y una vida como docente e investigador, siga
transformando los destinos de miles de jóvenes sinaloenses.
Cómo escribió Gabriel García Márquez «la vida no es la que
uno vivió, sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla». Y
hoy, al contemplar este medio siglo de trayectoria, mi memoria está colmada
de una profunda satisfacción. La ciencia y la tecnología avanzan, y los
cargos son temporales, pero el amor de la familia, el espíritu de nuestra
comunidad universitaria y la vocación de enseñar son los pilares que
permanecen intactos. La determinación de mi padre al encauzar mis pasos hacia el estudio trazó el camino definitivo hacia la vida académica, científica y familiar que hoy celebro con profunda gratitud ante todos ustedes.
Y si algo he aprendido en estos cincuenta años es que la ciencia avanza gracias al conocimiento, pero trasciende gracias a las personas. Los laboratorios cambian, las tecnologías evolucionan y los cargos son pasajeros; sin embargo, la vocación de servir, la gratitud hacia quienes nos formaron y el amor de la familia permanecen como las fuerzas que verdaderamente transforman una vida.
Por ello, recibo este galardón no como una meta alcanzada, sino como un compromiso renovado para seguir contribuyendo, desde la docencia, la investigación y el ejemplo, a la construcción de una Universidad Autónoma de Sinaloa cada vez más fuerte, más humana y más trascendente.
¡Larga vida a la Facultad de Ciencias Químico-Biológicas!
¡Larga vida a nuestra Universidad Autónoma de Sinaloa!
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